En todo caso, la rápida marginación de este grupo de falangistas y su fracaso político-intelectual, dejó todo el espacio del poder cultural en manos de la Iglesia y de los católicos, que entraron como en tierra de misión en las instituciones antes dirigidas por republicanos y liberales: depurándolas y haciéndose con ellas.

Sobre aquella ciudad arruinada, destrozada por las bombas, sin potencia económica para emprender un plan de reconstrucción, hambrienta, habitada por un millón de cadáveres, se construyó toda una teoría que la elevaba a centro del territorio de un imperio ordenado y jerarquizado.

En su proyecto urbanístico más delirante - tal vez elaborado por Antonio Palacios - Madrid debía ser sometida a una radical intervención quirúrgica que arrasara la Puerta del Sol y sus contornos, para elevar allí una "sinfonía heroica de quince millones de metros cúbicos de edificaciones monumentales, complementadas con una vía elíptica y con intervenciones imperiales de la envergadura de la Gran Vía Area ", una calzada de 85 metros de ancho que discurriría desde el cerro de Garabitas a la montaña de Príncipe Pío, salvando el Manzanares.

Sin llegar a semejantes ensueños - que pocos podían tomar en serio en un Madrid depauperado - la Junta de Reconstrucción, creada al finalizar la guerra, atribuía a Madrid la misión de denotar la idea de capitalidad nacional y la del imperio, ideas que asomarán, también, en los discursos pronunciados en la I Asamblea de Arquitectura, celebrada en Madrid en Junio de 1939.

Al liquidar un siglo de liberalismo urbano, era preciso volver a la concepción organicista de la ciudad, con sus tres núcleos claramente diferenciados, representativo de la capitalidad, central y satélites, relacionados entre sí jerárquicamente, y con las tres funciones de representación simbólica, dirección política y económica y exaltación de los valores tradicionales que toda capital debía cumplir.

El Plan General de Ordenación, presentado en 1941 por Bigador desde la dirección de la Oficina Técnica que le había encomendado Muguruza, recogía estas ideas para ordenarlas en doce apartados que estudiaban la función de capitalidad.

Estos doce apartados comprendían las conexiones ferroviarias, los accesos por vías rápidas de comunicación, la zonificación del espacio urbano, las reformas en el casco antiguo, la terminación de los ensanches tratando de introducir parques y jardines, la prolongación de la Castellana con reserva de suelo para usos comerciales que descongestionaran el centro, la ordenación de los núcleos del extrarradio y de los suburbios, la delimitación de un recinto urbano entre el Manzanares, la vía del Abroñigal y el arroyo de los Pinos cerrado por anillos verdes, la previsión de zonas para la industria y los nuevos poblados satélites.

Como se ve, idénticas preocupaciones que en los años veinte y treinta, con la misma propuesta de crecimiento hacia el norte, por la Castellana, aunque con una mayor previsión de espacios destinados al comercio y a la industria y una nueva percepción de lo que podría significar la vía del Abroñigal como nuevo eje de crecimiento, a la par que de cierre, de la ciudad.

Si se exceptúa la exaltación ideológica propia del momento, pocos elementos originales existen en el urbanismo del gran Madrid elaborado por los arquitectos que trabajan en la Dirección General de Arquitectura y en la Oficina Técnica, al finalizar la Guerra Civil.

La mayor novedad consistía, si acaso, en que la representación simbólica de la capitalidad les inducía a revalorizar no tanto la Castellana como la llamada fachada imperial del siglo XVII, donde los Austrias levantaron el Alcázar. Allí, deberían aparecer en perfecta comunión la religión, la patria y la jerarquía, simbolizadas a lo largo de la cornisa sobre el Manzanares por la catedral, el palacio y la casa del partido.

La capitalidad exigía, además, un perfecto sistema de entradas representativas, bautizadas como Vía de la Victoria, - que enlazaría la fachada imperial con El Escorial y el proyectado monumento a los Caídos -; Vía de Europa, - que serviría de acceso al tráfico procedente de Francia -; y Vía del Imperio, - que desviaría la carretera de Andalucía para alcanzar Atocha sin pasar por el paseo de las Delicias -.

Todo esto no era más que retórica fascista para camuflar una idea racionalista.

Sobre la función de capitalidad y sus exigencias de representación simbólica y de centro de la política y la cultura había construido también Secundino Zuazo y la generación de 1914 su idea del gran Madrid, que permitiría cumplir a Madrid su función como centro de su región y de la Península.

Sin duda, el tono está ahora alejado de la sobriedad característica del racionalismo de preguerra y el gusto arquitectónico es claramente fascista o pretendidamente imperial, aunque matizado por el intento casticista de integrar elementos tan característicos del Madrid de los Austrias como el ladrillo y la pizarra, la cornisa y el chapitel, de las que Gutiérrez Soto hará generoso uso en el edificio más representativo de la época, el Ministerio del Aire.

Los capítulos del Plan General y las preocupaciones por el tráfico, los accesos, la falta de solares, la vivienda insana, la anarquía de las construcciones y, en fin, el tono general de pueblo que hoy tiene Madrid son idénticos a los que, desde 1929, aparecen en los planes y las reflexiones de Secundino Zuazo.

La diferencia más notable con el pasado radica en que la necesidad de segmentar funcionalmente el espacio urbano se tiñe entre los arquitectos falangistas de un más acuciante temor a los suburbios y se refuerza con el propósito de negar aquellos años recientes, en que las masas populares podían acceder fácilmente al centro de la ciudad, ocuparlo y manifestar en él los contenidos de su protesta.

Podría reconstruirse el discurso urbanista predominante en los años cuarenta a partir de la preocupación por el crecimiento de una población que aglomera su miseria en el cinturón suburbano, "donde el marxismo y toda clase de odios regresivos tienen su natural medio de incubación" que después explotan en la mismísima Puerta del Sol "zoco de maleantes en que el marxismo circula desahogadamente", como se escribía poco después de terminada la guerra.

En todas las intervenciones de los nuevos planificadores de la ciudad, la voz "suburbio" equivale siempre a cinturón y a miseria. Se diría que los arquitectos madrileños sienten la ciudad asfixiada por un cinturón que la aprieta, que no la deja crecer a gusto y la amenaza.

La visualización de la ciudad como fortaleza sitiada responde a la sensación que entonces producía la entrada en Madrid: "... yo he sentido siempre la tristeza al entrar en Madrid - decía Francisco Franco -, de contemplar esos suburbios miserables, esas barriadas que le rodean, esas casas de latas".

En los años cuarenta, la capital aparece más que nunca rodeada de hambre y de miseria y penetrada de frío. Se produjo así un significativo desplazamiento semántico de la más neutra voz "extrarradio", en la que antes se designaba a los núcleos de población surgidos más allá del ensanche, hacia la voz "cinturón" con la que ahora se define esa misma zona.

Se comienza a formar ya un "cinturón" que llega a absorber a los antiguos pueblos limítrofes, anexionados a Madrid a partir de 1948 (Chamartín, Carabanchel Bajo y Alto, Canillas, Canillejas, Hortaleza, Barajas, Vallecas, El Pardo, Vicálvaro, Fuencarral y Aravaca y, en 1954, Villaverde).

El mismo, incrementó en 330.229 habitantes y en 538,67 kilómetros cuadrados la población y la extensión del municipio hasta completar, al término de este proceso, una población de poco más de millón y medio de personas para una superficie de 607 kilómetros cuadrados.

Desde los núcleos miserables, pero aislados, de los arrabales que pateó Baroja, hasta las barriadas de Cuatro Caminos y Tetuán de las Victorias, que con su luminosidad deslumbraron a Sender, Madrid aparecía abrazado por una franja continua de miseria.

Frente a esta situación, ampliada por los destrozos de la guerra y el descenso de la actividad económica con su secuela de enfermedad y hambre que antes se denominaba "el magno problema del extrarradio", los arquitectos del nuevo régimen formularon una propuesta.

La misma, acabará de redondear el círculo ya anunciado en los primeros proyectos del gran Madrid, aunque con un complemento significativo: "aislar, por medio de un anillo verde el núcleo central de la ciudad, de toda esa franja suburbial de chabolas surgidas en sus bordes".

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