El estado miserable que ofrecía Madrid en noviembre de 1937 al presidente de la República encarrilaba su imaginación "hacia todo lo que se ha ideado de útil o provechoso para el engrandecimiento de la villa y su mejora". No faltaba quien pensase que las destrucciones mismas allanaban el camino de la reforma porque eliminaban algunos problemas.

Del mismo modo que hacía un siglo, las demoliciones y derrumbes infligidos entonces con el propósito de incrementar la riqueza, se consideraron paso previo a las grandes reformas. También ahora creían algunos que de aquellos destrozos podría derivarse provecho para Madrid. Azaña, sin embargo, no era tan optimista.

Por una parte, la potencia económica de Madrid era muy limitada, insuficiente no ya para impulsar con vigor el crecimiento de la villa, sino para acompañarlo por lento que fuese. En este punto, poco se había cambiado desde hacía un siglo: ¡Madrid era más rápido en derruir que en construir!.

Así, con los conventos y palacios cuando la gran operación desamortizadora; con los proyectos de capital de la nación acariciados por la generación revolucionaria del 68; con la Gran Vía, que tardó veinte años en iniciarse y más de treinta en llegar a su destino; con el ensanche, aunque en este caso no hubiera necesidad de derribos, sólo de desmontes.

Ahora, las destrucciones no significaban, como en esos casos, "traslado o nueva repartición de riqueza, sino pérdida seca, escombros, humo". Y el Estado poco podrá hacer, sin que se levante el enojo de otras capitales, por reponer cada piedra en su sitio. "El porvenir de la capital depende, vitalmente, del sistema político que en ella presida", concluye Azaña, sin percibir cabalmente la implicación final de su diagnóstico.

Este sistema político que acabará presidiendo en Madrid, año y pico después de que Azaña se entregara a estas tristes reflexiones, será al que deba la capital su inmediato porvenir, y no a las bases para el desarrollo del Plan Regional que el Comité de Reforma, Reconstrucción y Saneamiento, muy activo bajo la presidencia de Julián Besteiro, había publicado pocas semanas antes de la caída de la ciudad en manos de las huestes reconquistadoras.

El nuevo sistema político decidió, ante todo, que Madrid debía purgar sus culpas. Era preciso borrar un siglo de "liberalismo urbano" y rescatar a la ciudad abandonada a la "injuria de las hordas", en manos de los "estratos ínfimos del pueblo" que la habían convertido en un "emporio de pavorosa suciedad".

Limpiar las calles de proletarios, limpiar las cabezas de ideas, borrar de la ciudad los recuerdos de su pasado inmediato, - a la vez que se reprimía con la brutalidad característica de quienes se habían negado a firmar una paz honorable con los últimos defensores de Madrid y no quisieron hablar más que de victoria -, se arrojaba de nuevo a las turbas a las afueras y se encendían hogueras con los libros que habían extraviado a los madrileños.

De nuevo el terror, diseminado ahora por los vencedores, arrastrará a cientos de madrileños - 2.800 según las estimaciones más benignas - hasta las tapias de los cementerios para recibir allí la descarga de los fusiles.

Terror que no sabe de edades - 60 jóvenes fueron fusilados el día 5 de agosto en el cementerio del Este - ni se limita a los cuerpos: "en Madrid, - recuerda Cela, nada sospechoso de hostilidad hacia los conquistadores -, se queman las bibliotecas".

Terror que se extiende a las ideas y que pretende ampliarse también a los lugares de la memoria popular para acabar, en palabras de Serrano Suñer, con "la españolería trágica del Madrid decadente y castizo, aunque haya de desaparecer la Puerta del Sol y ese edificio de Gobernación, que es un caldo de cultivo de los peores gérmenes políticos".

No hay mejor manera de expresar los verdaderos propósitos de los vencedores: arrasar, por la muerte, la hoguera y el derribo, cualquier recuerdo de lo que había sido el Madrid proletario, profesional y republicano de los años anteriores. "Sin fuerzas, abúlico, degenerado, seguiste tu vida de toros, cafés, motines, pronunciamientos, chistes y golfería". Y así pasó lo que tenía que pasar: la ruina absoluta de España.

Ese Madrid que los franquistas llamaban liberal y socialista, y que han conquistado al final de una larga guerra, aparecía otra vez culpable, no ya de la decadencia de Castilla, sino de la ruina de España y de la pérdida de su imperio.

Otra vez la mitología de la capital que ha perdido el curso de la historia, que ha renunciado a su tarea, prefiriendo sestear y amotinarse antes que cumplir la misión que, desde los grandes siglos de España se le habían encomendado. ¡Madrid debía purgar su culpa si quería reconquistar una capitalidad para la que carecía de merecimientos!.

A punto estuvo de que, por ejemplar castigo para el resto de las ciudades, se le arrebatara su capitalidad y se trasladara la capital de la Nueva España a alguna otra de mayor fidelidad.

Al final, se impuso la historia y Madrid fue confirmado como capital de España, no sin que se le exigiera dolor de corazón por sus culpas pasadas y un manifiesto propósito de la enmienda, que debía consistir en dejar de mirarse en París, en el futuro, y contemplarse en Toledo y en El Escorial, en el pasado.

"Hoy te decimos, señalando el horizonte: allí está Toledo, el del Alcázar de Carlos V y Moscardó. Allá, El Escorial cesáreo y católico, donde vigila místicamente Primo de Rivera. Toledo, significa unidad española; El Escorial, el imperio español".

¡Y yo te anuncio y te proclamo que si sirves al Alcázar y El Escorial recobrarás tu destino, Madrid!. ¡Serás grande, cesáreo, madre de nuevas naciones. Y el mundo será otra vez tuyo; y la maldición que sobre tu sino gravita será ahuyentada para siempre!.

Madrid no podía seguir contemplándose a sí misma, satisfecha de su propia imagen, sino que olvidándose de sí, de su historia y de lo que había llegado a ser, tenía que mirar a Toledo para, imitándola, elevarse a la categoría de capital de España; y a El Escorial, para recobrar su calidad de capital imperial.

Madrid, por fin capital de España, será también capital imperial. El futuro de Madrid consiste en retornar a Felipe II.

Es la retórica fascista que encuentra en Giménez Caballero su exponente más extremo, pero que, más allá de esas fantasías históricas, impregna una mirada sobre Madrid que se abrirá paso en los organismos oficiales y en los congresos y asambleas de arquitectos.

Ciertamente, incluso entre los fascistas no todo fue exaltación y propósito de exterminio.

La vida intelectual madrileña, penosamente reanudada en algunas tertulias y refugiada en el Café Gijón, presenció desde noviembre de 1940 el animoso intento dirigido por Ridruejo, Laín, Rosales y Marichalar de tender algún puente entre un sector de Falange y los intelectuales que, desperdigados y abatidos por la guerra, permanecieron sin embargo en Madrid.

La revista "Escorial" fue el resultado de esa diferente mirada hacia el pasado y del interés por recuperar lo que quedaba de una clase intelectual, que en su mayor parte, cuando logró librarse de la cárcel o de la muerte, tuvo que emprender el camino del exilio.

Con Rosales, Tovar, Ridruejo o Laín aparecieron en la revista las firmas de Dámaso Alonso, Azorín, Baroja o Menéndez Pidal. Restos de las generaciones que habían fraguado para Madrid una edad de plata, incapaces ahora de salvar algo más que su propia obra y, sobre todo, insuficientes para devolver a la ciudad un proyecto de futuro.

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