Salen, y al salir por la calle de Bailén y la Plaza de España, entran en el barrio de Argüelles, que parece haber padecido un terremoto. A la izquierda de la calle Princesa se ven manzanas enteras derruidas. "En general - escribe - circula por Madrid un reguero parduzco y desaliñado, como un residuo de las privaciones terribles y del cataclismo económico y social, desencadenado por la guerra. Y uno mira, se admira, recuerda y se entristece".

Escritas en noviembre de 1937, exactamente un año después de su heroica resistencia, estas palabras ofrecen una imagen de Madrid bien distinta a la generosidad y entrega de la vida al sacrificio que el mismo presidente evocara en los primeros días de la guerra.

Desde que los invasores fueron detenidos en ese arco sobre el Manzanares que iba desde Pozuelo hasta las cercanías de Vallecas, Madrid dejó de ser frente activo de la guerra, dejó de ser la ciudad del "no pasarán", aunque no faltasen carteles y colgaduras que así lo proclamaran, para convertirse en ciudad de las privaciones terribles y del cataclismo económico y social, desencadenado por la guerra.

Privaciones, porque las fuentes de su abastecimiento quedaron parcial pero sustancialmente cegadas al cortarse el comercio con toda España meridional y permanecer abierto, únicamente, el corredor de Levante, y porque la población, disminuida a principios de 1937 por las evacuaciones, aumentó después con los refugiados.

La escasez disparó los precios oficiales de los alimentos básicos, incluso el de las lentejas, que llegaron a ser conocidas como las píldoras del doctor Negrín, y volvió prohibitivos para la mayoría de la población el que la carne, los huevos, el pescado o la leche alcanzaban en el mercado negro.

Cataclismo económico y social durante la guerra, que será también cataclismos moral y político con la derrota de la República.

El hambre, las privaciones, la llegada de refugiados, las noticias siempre adversas de los frentes de guerra tuvieron que hacer mella en una población que si había salido masivamente en defensa de la República en las jornadas de julio y había defendido la ciudad en las de noviembre, estaba obligada a reconstruir los marcos de su vida cotidiana, en un clima de escasez y de miseria, y sin ninguna perspectiva real de triunfo, ni de una paz negociada.

No se trata tanto de que una poderosa y bien organizada "quinta columna", con infiltraciones en las embajadas y hasta en los ministerios, fuera socavando el espíritu de resistencia, sino que las mismas condiciones políticas en las que Madrid debió presenciar, ahora como testigo mudo, sin ejercer funciones activas de capital, el derrumbe de los frentes republicanos, provocaron un cansancio insoportable en el ánimo de sus gentes al cabo de los dos años de guerra.

Sobre todo, porque era una guerra comenzada en la convicción exultante del triunfo y continuada durante meses sin fin, contra toda razonable esperanza de victoria.

Al final, la República, o lo que de ella quedaba en las condiciones creadas por la guerra, sucumbió en Madrid, no porque fuera tomada desde el exterior, que lo habría sido en todo caso, sino por un nuevo golpe militar dado desde su interior, con el beneplácito y hasta el explícito apoyo de socialistas y anarco sindicalistas, desvinculados ya de su fidelidad al gobierno de Negrín.

La resistencia que ofrecieron algunas unidades, dirigidas por los mandos comunistas, dio lugar a nuevos combates en las calles de Madrid, con varias jornadas en las que nadie sabía bajo control de quién se encontraba su zona, y que se saldaron con la muerte, en enfrentamientos callejeros o por fusilamientos, de más de doscientos de los antiguos defensores de la ciudad, ante la indiferencia o más bien el cansancio de la mayoría de la población, que se mantuvo ajena a las postreras luchas de poder.

El golpe de Estado, dirigido por el coronel Casado y la resistencia de las unidades comunistas, puso de manifiesto, por si quedaban dudas, otra cosa: que las divisiones entre los propios defensores de la Repúblicas eran hondas y no se habían salvado, sino más bien enconado, con el transcurso de la guerra.

El pueblo en armas, imagen idealizada de la unidad de un agente colectivo contra los enemigos de la libertad, la democracia, o cualquier otro valor de progreso, se hizo trizas ante la realidad de actores políticos y sindicales enfrentados, no sólo por cuestiones de táctica, sino de objetivos finales.

La guerra fue también, y más notoriamente en las retaguardias alejadas durante años de los frentes, lucha por el poder entre partidos y sindicatos, lo que contribuyó, con las privaciones, a la desmoralización del amplio sector de la población que no militaba en ningún partido o no era afiliado convencido de ningún sindicato y que, sencillamente, no podía entender las pugnas entre quienes se habían levantado para aniquilar la insurrección.

La derrota de la República no fue, por tanto, lineal y única, sino compleja y doble. Entre el 5 y el 12 de marzo de 1939, la República sufrió en Madrid una primera derrota interior, infligida entre ellos mismos, por anarco sindicalistas, socialistas y comunistas, con la marginación casi completa de republicanos, seguida dos semanas después por la rendición incondicional que sellaba su derrota ante las huestes reconquistadoras.

El Madrid hambriento, cansado de privaciones, penetrado por el hambre y la tuberculosis, recibió a esas huestes con un sentimiento de resignación, si no de alivio, que se mantuvo en un plano privado ante la euforia y entusiasmo tan evidentes en "los muchos y grandes grupos que avanzan hacia nosotros - como escribió en su diario el coronel Losas, que recibía, el 28 de marzo, la rendición incondicional del "Ejército Rojo" - y en esas muchedumbres desfilando por la calle con banderas, pancartas e himnos".

Como en otras grandes ocasiones, jóvenes señoritas, ataviadas esta vez a la usanza falangista, dejaron ver su sonrisa y entusiasmo, colgadas en los estribos de coches y camionetas.

¡La calle y Madrid entero eran, por fin, suyos!.

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