Las milicias, exaltadas en julio por los mandos militares, fueron acusadas ahora de cobardía y traición, de huir a la menor contrariedad, arrojando las armas que sólo un mes antes habían simbolizado el triunfo de la revolución.

Los militares están de acuerdo en sus críticas: las milicias no sirven para hacer la guerra, y como de una guerra es de lo que efectivamente se trata, si se quiere salvar Madrid y a la República es preciso transformarlas de tal modo que, en realidad, si se les escucha, habría que crear un ejército regular. Pero no se les escucha o, al menos, no hasta la caída de Talavera de la Reina.

Es una ironía de esta historia que, el dirigente sindical más opuesto a la reconstrucción de un ejército regular, Largo Caballero, fuera el mismo que, a partir de los primeros días de septiembre, tarde ya para asegurar el éxito, asuma la responsabilidad de la empresa, ante el inminente peligro que se cierne sobre la capital.

Recibido con alivio, el nuevo gobierno, en el que se sentaban ya representantes de los partidos obreros - socialista y comunista - y de la UGT, perdió rápidamente el crédito que le concedía estar presidido por el más importante de los dirigentes sindicales.

Madrid, en verdad, seguía sin gobierno, sólo que ahora esa sensación ya no se acompañaba de la alegría revolucionaria. El sentimiento colectivo de inquietud, por la cercanía de los rebeldes, se convirtió en sensación de impotencia, abandono e indefensión.

Ante la evidencia de que ni siquiera un gobierno presidido por un dirigente sindical - que había vestido el mono y las alpargatas de miliciano - era capaz de detener a los rebeldes, muchos madrileños optaron por tomar la carretera de Valencia. Del gobierno sólo se llegó a esperar o a temer, mediado octubre y con los rebeldes acampados a quince kilómetros de la capital, que abandonase Madrid a su suerte.

¿Cómo fue posible la indefensión de una ciudad que había aplastado sin titubeo la rebelión tres meses antes?.

La respuesta es clara desde el punto de vista militar. Franco avanzó hacia los arrabales de Madrid moviendo el único ejército experimentado que actuó durante aquellos meses, el de Africa. Serán ellos quienes primero vadeen el Manzanares, por las ruinas del puente de los Franceses, provocando, como siempre, la desbandada de los defensores.

A ese ejército sólo se opuso el entusiasmo efímero de las milicias: unas fortificaciones elementales y unas contraofensivas, precipitadamente montadas desde la capital y pregonadas a los cuatro vientos, para mejor conocimiento de propios y extraños.

Pero hay, además de la militar, una razón política. El gobierno presidido por Largo Caballero careció de voluntad para coordinar, eficazmente, los recursos necesarios a la defensa.

El gobierno, llegó a creer que la capital de la República no era una plaza defendible y llegó a decir que, "la única defensa posible de Madrid habría de hacerse fuera de Madrid". Naturalmente, esa falta de voluntad política de defender Madrid en Madrid fue resultado de la manifiesta incapacidad para organizar, con eficacia, su defensa.

Nada prueba mejor el escaso poder de que disponía el gobierno que su actuación en la propia capital. El 28 de septiembre, por un decreto que no llegó a publicarse de forma oficial, creó un organismo unitario cuya finalidad era defender Madrid.

Esta primera Junta de Defensa estaría compuesta por representantes de todos los partidos y sindicatos y por delegados de las Juventudes, la Diputación, el Ayuntamiento y la Inspección Nacional de Milicias. Pero la amplitud de su representación se acompañó de una total carencia de atribuciones y de recursos para llevar a la práctica sus múltiples llamamientos.

Fue así como Madrid contempló el avance del ejército rebelde, sin que existiera ningún organismo político o militar capaz de elaborar un plan de defensa y hacerlo cumplir.

No acometió la tarea el comité del Frente Popular, organismo meramente auxiliar del gobierno y de enlace entre partidos; tampoco la Junta de Defensa, que carecía de competencias ejecutivas; ni, en fin, el propio gobierno, cuyos ministros daban por seguro, y así lo decían a quien quisiera escucharles, que Franco pasearía en sólo unos días por la Puerta del Sol y hablaban ya, por hablar de algo, de la necesidad de organizar la reconquista de Madrid, a la que todos daban por perdida.

La diversidad de comités, escasamente estructurados, sin competencias definidas, con pocos medios para hacerse obedecer, expresaba ciertamente una voluntad popular de resistir, pero también, y no menos dramáticamente, una impotencia.

En tales circunstancias, la ampliación del gobierno de la República en los primeros días de noviembre, con la incorporación de varios dirigentes de la CNT y su inmediata salida de Madrid en dirección a Valencia el día 6, no pudo ser sentida por los madrileños sino como un abandono, como una huida.

Sorprendentemente, sin embargo, el hecho de sentirse de tal forma abandonada por el gobierno y los dirigentes sindicales y políticos, sabiéndose indefensa ante los bombardeos de la artillería y aviación, que habían abierto ya grandes boquetes en su suelo y se habían cobrado la vida de cientos de niños y mujeres sorprendidos en sus juegos y en sus colas, no produjo en la ciudad pánico colectivo, ni la presumible desbandada de la capital.

Al contrario, quizá la salida del gobierno y de los estados mayores de los partidos y sindicatos, al simplificar la dirección política y militar y al dejar ante los madrileños un solo organismo, con poder político y militar en sus manos - la nueva Junta de Defensa presidida por el general Miaja dispuesto a resistir -, fue lo que cambió el signo de la guerra o, más exactamente, lo que convirtió la conquista de Madrid de elemento de un golpe de Estado triunfante en provincias en objetivo final de una larga guerra de desgaste.

Nada, en efecto, de lo hasta entonces sucedido, permitía esperar que la suerte de la capital fuera distinta a la de tantas ciudades y pueblos, que habían resistido en un primer momento, para sucumbir enseguida, ante la superioridad del ejército expedicionario. En Madrid, sin embargo, la marcha del gobierno galvanizó todas las energías que, por primera vez, se dirigieron a un solo fin: resistir.

Con aquellos milicianos anónimos que, desde el 7 de noviembre se comportaron ya como soldados, Madrid aguantó el primer envite y, con la ayuda del armamento soviético y de las Brigadas Internacionales, rechazó los siguientes, a pesar del duro castigo de la artillería y de los bombardeos que, sin defensas aéreas, debió soportar cada día, deteniendo así el fulgurante avance de las columnas de Franco.

Del "pueblo en armas" que recordaba y reproducía la pauta de las tradicionales revoluciones populares madrileñas, espontáneas, generosas, despilfarradoras de todas las energías, Madrid se convirtió, con la Junta de Defensa a su frente y cuando nadie daba ya nada por ella, en la capital del "no pasarán" que Machado cantó como rompeolas de todas las Españas.

Pero pasaron; tardaron en pasar, pero pasaron. Las "huestes reconquistadoras" evocadas por Giménez Caballero entraron por fin en la ciudad y la encontraron "reducida a aduar africano, a villa berberisca y oriental". Al presidente de la Republica, que la había visitado en noviembre de 1937, Madrid le pareció, cuando entraba de noche por las Ventas y la calle de Goya, sin una luz, sin un alma viviente, "transferida a la tiniebla eterna".

"Qué es de Madrid - se pregunta - ¿dónde está?. ¿Duerme, o lo finge? ¡Qué drama en cada hogar, qué pesadumbres!. ¡Esta quietud tenebrosa, que parece olvido, indiferencia o desdén por el destino declara la actitud de aguardar, minuto por minuto, la visita de la muerte!".

Y bien que la había visitado ya durante todo el año, la muerte. Cuando al día siguiente, se dirija con su comitiva a Palacio, pasado el Ministerio de Hacienda, aparecieron ya ante su mirada los solares producidos por el bombardeo. De algunas casas, nada queda en pie; de otras, las paredes maestras agujereadas. El Palacio ha sufrido mucho.

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