La dislocación y atomización del poder político se acompañó de una subversión del orden social, la única conocida en Madrid desde 1834. ¡Los patronos ya no existen! anunciaban los milicianos. Por supuesto, en los primeros días nadie trabajaba, como ya había ocurrido también en abril de 1931.

Muchos, como los obreros de la construcción de la CNT porque todavía estaban en huelga; otros, porque querían empuñar las armas y subir a la sierra; otros, en fin, porque entre la rebelión militar y la respuesta popular, se habían esfumado muchos patronos cerrando sus negocios. Deberán pasar varios días para que el trabajo se reemprenda en los pequeños talleres y comercios, en algunas fábricas, en los servicios públicos.

El sindicato único de la construcción, de la CNT, tendrá que emitir el 25 de julio un comunicado en el que autoriza la construcción de sepulturas "mientras duren las actuales circunstancias", mientras el de artes blancas da permiso a los afiliados para que acudan a su trabajo, con el objeto de que la ciudad no quede totalmente desabastecida de pan y los milicianos dispongan de bocadillos que llevar al frente.

Pero si se vuelve al trabajo, no será de la misma manera. Como en otras zonas leales a la República, también en Madrid, donde eran fuertes los sindicatos, se produce la incautación e intervención de empresas. En la capital no se habla, o se habla menos, de colectivización, palabra que adopta, sobre todo en Cataluña, lo que con más propiedad habría que llamar sindicalización de la economía.

La pequeña propiedad subsiste. Tenderos, artesanos, maestros de taller siguen al frente de sus pequeños negocios, pero las grandes empresas que en Madrid son, en buena medida, públicas, quedan incautadas por los sindicatos, que pasan a dirigirlas. Era este otro de los tradicionales contenidos de la cultura obrera, que la revolución social consistía en que los trabajadores, organizados sindicalmente, pasaban a administrar la industria y los servicios, a dirigir toda la producción y distribución de bienes.

Y esto es lo que ocurre en Madrid cuando, tras las llamadas que emanan de los dirigentes sindicales, los obreros vuelven al trabajo. Para entonces, sus empresas han sido incautadas e intervenidas y a su frente hay comités sindicales. La incautación fue, en no pocas ocasiones, mera sustitución de los directivos o encargados que, temiendo por sus vidas, habían huido o buscado refugio.

Todas las empresas periodísticas y los talleres de prensa de la derecha monárquica y católica pasaron a manos de los sindicatos obreros y los partidos de la izquierda. Idéntico cambio de orientación ideológica se verificó también en los centros de enseñanza - abandonados por las órdenes religiosas - y ocupados por voluntarios que introdujeron en ellos, a veces con gran escándalo de su joven alumnado, las líneas pedagógicas impulsadas por los reformadores republicanos.

Una maestra voluntaria, María Soler, explicaba a Ronald Fraser la conmoción provocada entre las alumnas de un centro regentado por religiosas, "... por la coeducación o la introdución de medidas, como la ducha sin ropa alguna en el cuerpo".

La ocupación de la ciudad por el pueblo alcanzó también a los reductos aristocráticos del centro y a los lugares en que discurría apacible, en épocas anteriores, el ocio de la clase media. Palacios y palacetes de la nobleza y conventos y residencias de religiosos abrieron sus puertas a nuevos y sorprendentes inquilinos.

Según las notas y recuerdos de Cela, "… las milicias avilesinas se instalaron en el palacio del marqués de la Eliseda, el parque móvil de Asalto ocupó el del marqués de Larios, las Obreras del Hogar, de la CNT y UGT, hacían guardia con el mosquetón al hombro en el palacio de la marquesa de Elduayen, mientras el Ayuntamiento se trasladaba al palacio del marqués de Amboage; el colegio que los Escolapios tenían en la calle de Hortaleza se convirtió en la prisión de San Antón, mientras que la cárcel de Porlier ocupaba el colegio Calasancio".

Agustín de Foxá, que había definido la llegada de la República como una invasión del centro por el arrabal, describe ahora un Madrid desolado, diferente, pues de haberse atrevido a llegar al centro, los obreros, convertidos en horda, habían pasado a acampar en la Gran Vía, en la calle de Alcalá, ofreciendo una visión de las barriadas extremas de Cuatro Caminos y Vallecas entre los suntuosos palacetes de la Castellana o bajo los rascacielos de Conde de Peñalver.

Foxá se escandalizaba de ver cómo los milicianos, con las pistolas al cinto, entraban en la cafetería Granja El Henar, célebre como sede de tertulias político literarias y hasta en el más aristocrático Chicote y pedían cañas de cerveza y cócteles, presumiendo de señoritos.

La parálisis de la administración pública, la incautación de los servicios públicos por sociedades sindicales, la falta de coordinación en el cumplimiento de tareas elementales para el normal desenvolvimiento de la ciudad, la multiplicación de comités y el tremendo calor que sufrió Madrid aquel verano, dejaron como herencia un estado de ánimo en el que la confusión e incertidumbre comenzaron a dominar sobre la exaltación revolucionaria.

El golpe se había producido y había sido derrotado, lo que además de liberar energías acumuladas durante al menos dos años, abrió expectativas de nuevas y más hondas conquistas sociales. Pero aún, no se había realizado lo que, en teoría, debía acompañar a esos hechos, la conquista del poder. Se había vivido una honda revolución social sin que nadie se hubiera atrevido a llevar a término la revolución política.

Ciertamente, la República del 14 de abril había sucumbido, pero sus ruinas seguían ahí humeando e impidiendo la formación de un gobierno que representara los intereses de la mayoría de los combatientes. Para colmo, no en toda España se habia ahogado la rebelión con la misma contundencia que en Madrid.

Los madrileños comenzaron a saber, entrado el mes de agosto, lo que muy pocos quisieron creer en julio: que los rebeldes, con una base territorial consolidada en el norte y en el sur y ocupando, sin resistencia, el oeste, habían iniciado una guerra en toda regla, cuyo principal objetivo consistía ahora en concentrar todas las fuerzas posibles para el definitivo asalto a la capital. Madrid, que había triunfado sobre la rebelión, se había convertido en meta de los insurrectos.

Las semanas siguientes no despejaron la confusa situación. Madrid, a duras penas podía volver a lo que la prensa daba ya como adquirido: el desarrollo normal de las actividades ciudadanas. Durante el mes de agosto, las patrullas que vigilaban las calles de la ciudad tendieron a convertirse, cada vez más, en grupos fuera de todo control.

La profusión de llamamientos de partidos y sindicatos, para que cesaran las indiscriminadas acciones represoras, prueba bien que no controlaban la situación. A esta creciente sensación de inseguridad interna se añadía la inquietud, procedente del exterior.

Por mucha censura de prensa que hubiera y por mucho que los periódicos dieran cada día como seguro que la República no cosechaba más que triunfos y que el enemigo huía en todos los frentes, se multiplicaban los rumores de la irresistible subida, en dirección a Madrid, del ejército al mando del general Franco. De ciudad exultante por el triunfo sobre la rebelión, Madrid comenzó a adoptar el gesto de la ciudad amenazada por un enemigo al que nadie parecía capaz de contener.

La posibilidad de poner algo de orden dentro de la ciudad y trazar una eficaz línea de defensa en su exterior dependía, de que se clarificara la compleja situación política creada por un gobierno, que no representaba los intereses y las aspiraciones de la mayoría de quienes combatían a la rebelión.

En Madrid actuaban demasiados organismos - comités de frente popular, comités sindicales, comités mixtos de sindicatos y partidos, grupos armados sin conexión real con ningún comité - que desempeñaban las funciones propias de organismos oficiales que, por su parte, no habían dejado de existir: tenencias de alcaldías, concejalías, dependencias del gobierno.

Había además, para aumentar la confusión, no pocas personas que por su notoriedad o por haber ocupado cargos de responsabilidad habían entrado en los ministerios para ayudar y se habían acostumbrado a dar órdenes y disponer por su cuenta. Era urgente encontrar alguna fórmula que integrara todos los esfuerzos de una acción eficaz y pusiera remedio a la confusión, que originaba mayor inseguridad e indefensión.

Lo inaplazable de esta decisión se puso trágicamente de manifiesto cuando, en los primeros días de septiembre, el ejército de Africa desplegó sus efectivos ante Talavera de la Reina y se dispuso a tomar este vital nudo de carreteras, para situarse en posición de avanzar, sin obstáculo alguno, hasta Madrid.

La defensa de Talavera, a cargo de oficiales incapaces de hacerse obedecer, milicias mal estructuradas y sin conocimientos tácticos y unidades de las fuerzas de seguridad y algunos soldados desplazados desde Madrid, no duró más de tres días.

Los guardias civiles y de asalto, llegados para reforzar a los milicianos, no podían detener con armamento ligero el avance de un ejército regular. Y, como había sido norma desde que comenzaron las batallas en campo abierto, las milicias, presas de pánico, huían, abandonando en su carrera importantes cantidades de material.

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