Nada de extraño que funcionaran como los propios sindicatos, sin fuertes conexiones internas, sin más jerarquías que las admitidas por sus propios afiliados y con no pocos "incontrolables" a su alrededor. Un jefe hoy, podía convertirse mañana, en un traidor.

La milicia fue la forma organizativa adoptada por sindicatos y partidos para aplastar por las armas la rebelión militar en la capital, para detener en la sierra, en Guadarrama y Somosierra, el avance del ejército del Norte y para venir, en ayuda de los leales, en ciudades cercanas como Toledo, Cuenca o Guadalajara.

Al mando, o en compañía de militares profesionales y con la intervención de las fuerzas de seguridad liquidaron, en dos o tres días, los focos de rebelión, que en Madrid se reducían a los cuarteles del extrarradio - Getafe, Carabanchel y El Pardo -, aislados e incomunicados, y cuya indecisión resultó fatal para sus fines.

La misma indecisión, resultó también fatal para uno de los cuarteles del interior, situado muy cerca del Palacio Nacional, el de la Montaña, en el que tras el fuego de artillería, irrumpieron como un aluvión las milicias o, más exactamente, la "masa sólida y viva de cuerpos" que se movió como una catapulta.

Después de dejar docenas de cadáveres achicharrándose al sol en medio de los patios, se hicieron con los 45.000 cerrojos de fusiles allí custodiados y con unas 5.000 pistolas. Ya estaban armados, aunque todavía careciesen de munición.

Luego, esas milicias, con las municiones que cada organización pudiese afanar, salían en camionetas hacia la sierra, donde pocos años antes los obreros madrileños habían acudido, por vez primera de forma masiva, en excursiones de recreo, a tomar el aire puro y pasar el domingo.

Allí, en Guadarrama y Somosierra, se había formado a los dos días de la rebelión milicias con voluntarios de los pueblos cercanos: San Rafael, Villalba, Torrelodones, Las Matas, que armadas con escopetas de caza, pistolas, fusiles y machetes, controlaban el paso hacia Madrid de vehículos y personas, y daban al pueblo madrileño la garantía de una total seguridad a lo largo de los 60 kilómetros de carretera.

Hasta allí saldrán los milicianos madrileños cuando no baste la resistencia de los del lugar para contener, en la misma sierra, los avances de los rebeldes.

"Con ayuda del terreno, la montaña, las milicias de Madrid adoptaron una forma de ser y de actuar caracterizada, - como escribe Zugazagoitia, director de El Socialista -, por la improvisación y la autodisciplina: el miliciano, cuando se cansaba de hacer fuego, se concedía un descanso cuya duración él mismo se encargaba de medir; no reconocía jerarquías establecidas ni obedecía a nadie, a no ser que él mismo le otorgara, por propia iniciativa, un ascendiente moral".

"Eran muchos - añade Zugazagoitia - los que haciendo la guerra con pasión vehementísima, la desarrollaban con tarifa y jornada sindicales. La salida y retorno de los milicianos, después de alguna operación de éxito, era la ocasión para que la ciudad viviera jornadas de entusiasmo revolucionario".

Todos daban por seguro que la rebelión contra la República había fracasado en su propósito de rápido golpe de Estado, pero nadie podía aún percibir que las fuerzas leales estaban lejos de haber triunfado y que ni siquiera se habían situado en el camino de la victoria.

En verdad, nadie quería creer, aunque no faltara quien lo advirtiese, que se había iniciado una auténtica y larga guerra y todos se comportaban como si el triunfo fuera cosa de días: las terrazas, los bares y los cafés seguían atestados de gente, que celebraba con risas y aplausos la presencia de los milicianos que iban y venían sin desprenderse de las armas.

Todos daban por seguro que se trataba de un intento más de golpe de Estado militar con un resultado insólito, pues había sido derrotado fácilmente por el pueblo en armas. El entusiasmo popular era desbordante, no ya por el triunfo, sino porque al fin el esperado golpe se había producido. En adelante, ningún obstáculo se interpondría ya en el camino abierto hacia una nueva sociedad.

A la vez que penetraban en los cuarteles o viajaban a la sierra, y puesto que a la rebelión se le suponían cómplices, las milicias y grupos armados se hacían dueños de las calles, constituyéndose muy pronto en piquetes o patrullas de vigilancia, que respondían con sus disparos a los que desde balcones y azoteas efectuaban disparos, interesados en provocar un clima de inseguridad y pánico.

Los efectivos de policía, en sí mismos limitados y muy reducidos por su dedicación a funciones militares, sólo bastaban para patrullar las zonas más céntricas, a veces en compañía o bajo la vigilancia de milicianos civiles. Pero en las barriadas extremas, las funciones de control, inmediatamente de represión, recaían casi exclusivamente sobre las milicias obreras.

Por allí era muy difícil ver a un guardia de asalto ejerciendo las tareas de vigilancia que los grupos de civiles armados con "mauseres" y pistolas ametralladoras y ataviados con camisas azules o rojas - según fueran comunistas o socialistas - comenzaron a desempeñar desde el domingo, 19 de julio, pidiendo la documentación a los transeúntes y deteniendo a quienes circulaban en automóvil, subiendo a los pisos a efectuar registros y detenciones o a incautar negocios y oficinas.

La progresiva ocupación de espacios experimentó una fuerte aceleración gracias a la incautación de la práctica totalidad del parque móvil madrileño por los grupos armados, a los que se veía cruzar la ciudad, a toda prisa, en ocasiones con riesgo de las vidas, propias y ajenas, pues al volante no siempre se sentaban conductores experimentados.

Madrid fue en esos días de julio un continuo tránsito de milicianos que iban al monte en camioneta y de patrullas que lo recorrían en automóvil, con los fusiles asomando por las ventanillas, avizorando al enemigo de clase, escondido en sus guaridas.

No tardaron en ser imitados por los mismos a quienes buscaban que, en ambulancias de la Cruz Roja o en coches de su propiedad recorrían las calles de Madrid, disparando a ráfagas sus fusiles para crear la confusión y extender el miedo. Los relatos sobre "coches-fantasma" comenzaron a ser parte de la conversación habitual, desde las tertulias de cafés a las redacciones de los periódicos.

Se comprende que las páginas de heroísmo y generoso desprendimiento que escribieron aquellos días quienes pensaban estar ahogando una rebelión militar como pórtico de una revolución social, se mezclaran con el robo o la actividad puramente depredadora de otros muchos. Las patrullas de vigilancia pasaron a engrosarse con elementos más interesados en la represión o en el simple pillaje, que en la generosa revolución.

Comenzaron muy pronto las detenciones indiscriminadas, muchas veces por la mera apariencia, por la delación de alguien con alguna cuenta personal pendiente, sin ningún control de organismos que garantizasen a los enemigos una mínima seguridad jurídica. Por vez primera, en la historia de las rebeliones populares madrileñas, algo semejante al terror que acompañaba a los fenómenos revolucionarios, se instauró en la vida ciudadana, desde julio a diciembre de 1936.

La alegría, el contento y la generosidad revolucionarias se trocaron pronto en terror sobre los sospechosos de connivencia o adhesión a los ideales defendidos por el enemigo, cuyos cadáveres se pudieron contar por centenares en los meses siguientes a la rebelión.

No faltaron quienes alardeaban de cumplir, por sí mismos y sobre la marcha, la totalidad de las funciones policiales y judiciales: detención del sospechoso, juicio sumarísimo en el que el juez era el propio policía, ejecución inmediata por el mismo juez, convertido en verdugo.

No hay todavía ningún estudio sistemático de este estallido de violencia que algunos testigos, amargados por la transformación de la alegría revolucionaria de los primeros momentos en los paseos y tiros en la nuca de las semanas siguientes, atribuyeron a las causas más diversas: desde el sofocante calor de aquel verano, hasta la sed de venganza provocada por las acciones de los rebeldes o la implacable realidad de la historia.

Lo cierto es, en todo caso, que la violencia adquirió la magnitud de verdaderas matanzas cuando, en agosto, los rumores de un incendio, supuestamente provocado por los propios prisioneros recluidos en la Cárcel Modelo acabó en el asalto a las instalaciones y en el asesinato de decenas de detenidos, y cuando, en noviembre, con la ciudad bombardeada y asediada, los responsables del orden público decidieron la "saca" de varios miles de prisioneros de las diversas cárceles madrileñas, para ser conducidos a las inmediaciones de Paracuellos del Jarama, y allí ejecutarlos, sin que hubiera recaído sobre ellos sentencia judicial alguna.

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