






"Prepárate,
Emiliano, pues hemos de echar mucho pelo". Desgraciadamente,
estas palabras no forman parte del diálogo de algún sainete
madrileño, aunque se dijeran camino de Pamplona con motivo de una reunión
conspirativa celebrada en Madrid.
El general Emilio Mola se dirigía con
ellas a su ayudante y casi tocayo, el teniente coronel Emiliano Fernández
Cordón, dándole cuenta de las reuniones que en la primera quincena
de marzo de 1936 había tenido en Madrid con los generales y jefes Franco,
Orgaz, Villegas, Fanjul, Rodríguez del Barrio, Ponte, Saliquet, García
de la Herrán, Varela y Carrasco.
Le decía el general a su ayudante
"Esto empieza bien, Emiliano...",
pues existía entre los jefes un ambiente favorable para la misión
principal.
La misión principal consistía
en suspender, tras la formación de un directorio militar, la Constitución
de 1931, cesar al presidente de la República y al gobierno, atribuirse
todos los poderes, excepto el judicial, que sencillamente lo anulaba; disolver
las Cortes y otras medidas del mismo tono.
El problema para los conspiradores tenía
el nombre de una ciudad: Madrid, pues "a medida
que el tiempo iba pasando y la conspiración avanzaba - son
palabras textuales de Emiliano - en Madrid iban
siendo más dueños de la situación los elementos marxistas".
No había la posibilidad, o al menos
eso creían los conspiradores, de que soldados y pueblo confraternizaran
nuevamente en las calles de la capital y reafirmaran el poder republicano
legalmente establecido.
Lo que los jefes militares que preparaban el
golpe de Estado idearon fue, por tanto, renovar otra vieja tradición: dar
el golpe en provincias y conseguir que la guarnición de Madrid se
limitase a abandonar los cuarteles sin entablar lucha con las masas marxistas y
se dirigiera a buscar contacto con las columnas que de Burgos, Valladolid,
Pamplona y Zaragoza marcharían en dirección a Madrid.
Madrid, la capital, objetivo otra vez de
conquista de militares insurreccionados en provincias: una táctica de
golpe de Estado que Riego había experimentado con buena fortuna en 1820.
Los temores de los militares sublevados se hicieron pronto realidad.
Los cuarteles de Madrid y de sus
alrededores, Vicálvaro, Getafe, Leganés y Cuatro Vientos, unos
siete mil hombres en total, permanecieron dubitativos durante las primeras
jornadas, sin atreverse a actuar en ningún sentido.
Mientras tanto, la Guardia Civil y las
fuerzas de Seguridad y Asalto y los Carabineros, en cifra similar a la de los
militares, pero mejor entrenados para la lucha en las calles y dotadas con
armamento moderno, se mantuvieron fieles al gobierno y se pusieron a su
disposición.
Desde el mismo día 18 de julio de
1936, el parque de artillería abrió sus puertas a los miembros de
las milicias socialistas, comunistas y sindicales y comenzó el reparto de
armas a la población civil.
La confluencia en las calles de militares y
guardias con milicias civiles, tan buscada en todos los movimientos populares
desde la revolución liberal, se producía ahora de nuevo, aunque en
esta ocasión no para derrocar a un gobierno, sino para defenderlo de una
rebelión militar.
"Y siendo
horas de tanta amargura, la gente está alegre, está contenta, da
con gusto su vida al sacrificio": las palabras de aliento y
gratitud que el presidente de la República, Manuel Azaña, dirigía
a los españoles el día 23 de julio de 1936, cuando la rebelión
había quedado definitivamente sofocada en Madrid, reflejan bien el clima
general en que se desenvolvía la vida madrileña durante aquellos días
que conmovieron, si todavía no al mundo, sí a España.
Probablemente, el presidente se equivocaba
al suponer que los motivos que alentaban a la alegría y el contento
popular y que movían de nuevo a la gente a dar su vida eran, como dijo,
"los de asegurar y afianzar su dignidad
ciudadana y el porvenir de la República y de la Patria".
Pero en esos momentos, tal error carecía
de mayor importancia, puesto que aún sin haber decidido para qué
se luchaba, si por salvar la República y la democracia, o por la segunda
revolución y la destrucción de todo poder político, es lo
cierto que todos sabían contra qué y contra quiénes habían
empuñado otra vez las armas: contra la reacción,
contra los militares rebeldes, contra los curas y ahora también, o al
menos eso pensaban los más conscientes, contra el fascismo.
¡Alegría, contento y dar la vida
con gusto al sacrificio!.
Es lo que transmiten las primeras imágenes
de aquel Madrid que, más que en el inicio de una guerra, se siente en el
amanecer de una revolución triunfante, evidente en la progresiva ocupación
de los espacios por el pueblo, como llaman muchos al sujeto de esta nueva
revolución o por la clase obrera, como aseguran los más modernos,
los que aspiran a la conquista del poder político por el proletariado.
Desde que corrieron los primeros rumores de
rebelión militar, los obreros madrileños dieron por seguro que había
sonado la hora de la revolución social pendiente y en medio de un
sofocante calor, comenzaron a salir a la calle.
No era la primera vez que en años
recientes habían creído llegada esa hora. En 1934, la entrada de
la CEDA en el gobierno fue la señal para una huelga general, que no llegó
a ser revolucionaria porque los estamentos militares no abrieron las puertas de
los cuarteles ni distribuyeron armas a las milicias.
Formaba parte de la cultura obrera madrileña,
amasada en años de educación y organización socialista,
creer que la hora de la revolución social, de la única y verdadera
revolución, sonaría como respuesta de todo el pueblo o de la clase
obrera unida, en la huelga general y por las armas, a un intento de golpe de
Estado o de adueñamiento del poder por la reacción.
En ese momento, cuando llegara esa hora, los
obreros, que debían vivir alerta, tenían que salir de casa, con
las armas, si de ellas disponían, y encaminar sus pasos a la Casa del
Pueblo para ponerse a disposición de los dirigentes de sus respectivos
sindicatos, sobre quienes recaería la tarea de organizar la lucha.
¡Y eso fue exactamente lo que ocurrió
a partir de la tarde del viernes, 17 de julio de 1936!.
Desde los distritos más lejanos del
centro las casas vomitaban hombres, todos marchando en la misma dirección,
que no es ya la Puerta del Sol como cuando salieron a proclamar festivamente la
República, sino la calle de Piamonte, sede de la mayor parte de las
sociedades y sindicatos obreros de Madrid.
Todas las calles cercanas a la Casa del
Pueblo quedaron, en muy pocas horas, repletas de una multitud expectante.
Formaba también parte de esa cultura
política la creencia de que, en su respuesta por la huelga y por las
armas al golpe de la reacción, la clase obrera iría más allá
de la defensa de la legalidad republicana, tenida por burguesa, y realizaría
la revolución social entendida como fin de la propiedad privada de los
medios de producción y como hundimiento del poder político y de
todo el Estado burgués.

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