Con una conciencia de grupo que les aleja de sus predecesores del 98, pretendían, sobre todo, organizarse y actuar en política como tales sin que les atrajera nada la idea de integrarse en los círculos de conspiradores, con el clásico sabor del café y el cigarro.

No les atrae tampoco, o por lo menos no a todos y ni siquiera a la mayoría, la militancia política, de la que huyen como si de una peste se tratase, pero su aguda conciencia de los males que aquejan a la patria les obliga a ser políticos latentes, y si acaso levemente activos, pero jamás militantes.

La formación técnica tan diferente de la de sus mayores, esa mayor conciencia de constituir una clase profesional, esa decisión de actuar en política formando ligas creó, entre los intelectuales madrileños, una radical ambigüedad a la que es preciso atribuir el fracaso de sus empeños políticos.

Por una parte, al formar sus ligas sin querer convertirlas en partidos organizados, el entusiasmo que normalmente acompañaba su fundación se veía seguido al poco tiempo de la atonía y el abandono.

Así, la Liga para la Educación Política, impulsada por el propio Ortega; pero también la Unión Democrática Española o, más tarde la Liga Laica: de todas ellas se sabe porque aparece en los periódicos la convocatoria, el manifiesto con las firmas, la llamada a la adhesión; pero, al poco, ya no existen o, al menos, ya no se dice nada de ellas.

Por otra, al pretender actual como tales en política, su afiliación a los partidos existentes no será nunca la característica de un verdadero correligionario.

Es notoria, por ejemplo, la presencia de intelectuales en el banquete que se ofrece a Melquiades Álvarez cuando en 1913 echa a andar su proyecto de Partido Reformista, un partido republicano que sitúa entre paréntesis su opción por la República para mostrarse dispuesto a gobernar con la monarquía, pero esa opción que parece generacional por el reformismo no durará tampoco mucho tiempo: los intelectuales abandonan o prefieren ocupar lugares marginales.

En realidad, el mundo intelectual madrileño no se caracterizó ni por su entrada y permanencia masiva en los partidos políticos ni por la consolidación de una acción política distintivamente intelectual a partir de ligas.

Esa diversidad de instituciones, círculos, tertulias y lugares de encuentros produjo una impresionante actividad intelectual, que contrastaba con el cada vez más sombrío panorama político.

Tres generaciones sucesivas como las de 1898, 1914 y 1927, coincidiendo en una ciudad media como el Madrid del primer tercio de siglo, protagonizaron un momento intelectual que todavía sorprende hoy, para una ciudad de aquellas dimensiones, por su creatividad, la diversidad de sus campos y la riqueza de sus producciones.

No se trata de personalidades aisladas, recluidas y sin comunicación. En su nueva clase intelectual, Madrid ha dejado de ser una sociedad de ociosos pero no de habladores. Figuras individuales, redes informales de sociabilidad, instituciones culturales.

En un reducido espacio de la urbe, se reúnen cada tarde tertulias en torno a personajes como Gómez de la Serna, Valle Inclán, Ortega; se convocan cada día, cada semana, decenas de conferencias y mítines a los que asisten verdaderas multitudes, a veces enfervorizadas; se organizan banquetes, homenajes, recepciones con listas de adheridos, entre los que se puede encontrar desde médicos e ingenieros hasta filósofos y escritores.

Las redacciones de los periódicos bullen de actividad. En Madrid se llegan a publicar hasta veinte periódicos diarios, de ABC a El Socialista, de Heraldo a El Sol.

Nacen revistas culturales que rompen decididamente con el espíritu castizo de la generación del 98: "Plural", última muestra del altruismo que abre Madrid a las corrientes europeas del futurismo y el creacionismo; "Revista de Occidente", que con "La Gaceta Literaria" recogerán e impulsarán el movimiento de vanguardia. Es la hora de esplendor de la escuela española de Filología, tan madrileña en sus figuras.

Proliferan las instituciones y sociedades que ofrecen cursos, debates y conferencias: la Academia de Jurisprudencia; el Ateneo, más político pero que no renuncia a sus cursos sobre cuestiones técnicas, ni a sus homenajes a artistas y la Residencia de Estudiantes, que tanto gusta de invitar a personalidades extranjeras, se constituyen en motor de la "europeización" de la vida cultural madrileña.

Y las señoras, que no se quedan a la zaga: el famoso Lyceum Club Femenino, que organizan algunas de las más significadas mujeres de los más brillantes intelectuales, abrirá sus puertas a una amplia nómina de conferenciantes, en la que se incluye el vanguardista Rafael Alberti, que se llega hasta allí con el exclusivo propósito de escandalizar al auditorio y provocar a las señoras burlándose de sus maridos.

Madrid se convierte así, desde las primeras décadas del siglo XX, en centro de comunicaciones y servicios, sede privilegiada del capital financiero, núcleo de incipiente desarrollo industrial y capital de la vida y la industria cultural.

No, ciertamente, por ningún ímpetu centralista, para el que carecía de recursos, sino por una especie de movimiento natural que concentra en Madrid, ahora en situación privilegiada, a proletarios, intelectuales, literatos y artistas, hombres de negocios, capitalistas en el sentido más genuino de la palabra.

La Unión General de Trabajadores, la Junta para Ampliación de Estudios, la Residencia de Estudiantes, el Ateneo, la Universidad Central, las Academias, las grandes empresas periodísticas, los bancos, los grandes almacenes, las sedes centrales de las sociedades anónimas, las primeras grandes empresas de la construcción y algunas grandes fábricas metalúrgicas, químicas y de la alimentación comenzarán a llenar los espacios antes ocupados por palacios y conventos y sus respectivos jardines y huertas.

Madrid no es ya la ciudad de terratenientes y funcionarios, de ociosos y habladores, sino el esbozo de una capital de capitalistas, profesionales, intelectuales y obreros que busca un Estado.

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