En la prensa, en los manifiestos políticos, en la fundación de revistas, en los banquetes de homenaje o adhesión a tal o cual personalidad, figuran las más diversas profesiones y si son todavía abogados los que se llevan la palma, deben admitir a su vera, superándoles muy pronto en número y en notoriedad, a catedráticos y médicos, a ingenieros y escritores.

El paisaje de las clases medias deja de estar tan abrumadamente dominado por los abogados y pasa a ser compartido por un más complejo y diversificado mundo de técnicos y profesionales. Una clase obrera que se proletariza y que comienza a incorporarse a unidades más amplias, más anónimas, más capitalistas, de producción y una clase media que vive del ejercicio de distintas profesiones liberales y del Estado.

Tal es el nuevo panorama social que desde 1910 se superpone, sin abolirlo todavía, a la vieja división de nobleza, clase media y pueblo, esto es, de propietarios rentistas, comerciantes y tenderos, artesanos y jornaleros, que definía al Madrid del siglo XIX.

Cada una de estas nuevas clases buscará su propia identidad en diferentes marcos de sociabilidad: la obrera, frecuentando la Casa del Pueblo, que los socialistas abren en 1908 en la calle Piamonte, esquina a Gravina, en lo que fuera palacio del duque de Frías, en el casco antiguo; la intelectual y profesional, en las nuevas instituciones académicas y culturales, pero sobre todo en los cafés, en las tertulias, los banquetes, los círculos literarios, las redacciones de los periódicos y de las revistas.

Ninguna de ellas parece haber encaminado sus pasos hacia los clubes y círculos republicanos. Si se definen social y políticamente, lo harán, no por la república, sino por el socialismo los obreros, por el reformismo las clases medias. Nada indicaba, en los años diez y veinte, que tras la resurrección de la vieja carga política dormida bajo la palabra "pueblo" sus pasos les habrían de conducir al republicanismo y a un postrer intento de planear un gran Madrid.

Los obreros, en primer lugar, que acabarán decantándose por la organización socialista. Hasta 1909, los socialistas de Madrid eran pocos y preferían insistir machaconamente más en lo que los diferenciaba del resto, del mundo o de la sociedad, que en lo que pudiera unirles a alguna de sus partes o sectores.

El magisterio indiscutido de Pablo Iglesias - un emigrante también, aunque madrileño desde niño - había impuesto el rechazo de posibles alianzas con los republicanos, la insistencia en los valores tradicionales de austeridad y honradez y, sobre todo, la preferencia por un crecimiento de la organización obrera, lento pero fiel, a los principios de una ortodoxia marxista pasada por un moralismo de fuerte impregnación cristiana, a una rápida expansión a costa de renunciar a lo fundamental.

Y lo fundamental era que la clase obrera debía emanciparse por su propio esfuerzo, después de un largo periodo de organización y educación, sin extraviar sus pasos por los corruptos senderos de la política en alianzas con quienes definitivamente eran sus enemigos de clase, aunque se presentasen como revolucionarios y defensores de los intereses populares.

Pablo Iglesias se rodeó de un reducido círculo de fieles que, no sin tensiones internas, optaron por el aislamiento político, sin que les importaran los resultados electorales y sin sentir el mínimo desfallecimiento en la propaganda constante de las ideas, que no llegaba, en Madrid, más allá de los centenares de miembros del partido y unos pocos miles de asociados a las sociedades de la organización obrera, la Unión General de Trabajadores.

Así se consolidó en la capital una red de sociedades de oficios, unidas con el común anhelo de la emancipación social y en el ideal del socialismo, una sociedad de la que desaparecería la explotación del trabajo asalariado y en la que todos serían libres e iguales.

Formada por trabajadores, impregnada de valores obreros, aislada de los políticos republicanos, defendiendo su identidad societaria frente al anarquismo, la organización obrera madrileña creció sola, sin atraer a las clases medias, alejada de los núcleos intelectuales y poco proclive a confiarles la elaboración de la teoría del futuro Estado, de la ansiada sociedad y de los pasos que sería preciso dar para llegar a ella.

Lo que hacía falta era organización y educación como base del crecimiento; cuando las sociedades obreras estuvieran crecidas, organizadas y educadas, sonaría la hora de la revolución y con ella alumbraría, tal vez entre sangre pero con la menor violencia posible, la nueva sociedad.

Todo eso, que es seguramente la reacción contra tanta sangre inútil vertida por el pueblo madrileño en las algaradas y revoluciones del siglo XIX, cambia también, como la propia ciudad, desde 1909, cuando la campaña contra Maura les obliga a dirigir sus pasos al encuentro de los republicanos, con los que andarán un trecho de su camino, justamente diez años.

Bastarán, sin embargo, para crecer como organización obrera: la segunda década del siglo fue de afirmación socialista, sobre todo en su brazo sindical. La UGT creció en número y, aunque permaneció la atomización de pequeñas sociedades de oficios que la caracterizaba de sus orígenes, se encaminó lentamente a la federación o a la formación de grandes sindicatos de industria.

Son éstos, los años de la creación de los primeros grandes sindicatos ugetistas en Asturias o en el País Vasco y Madrid no podía permanecer insensible a los nuevos aires: los 16.800 afiliados de 1903 pasan a ser 28.500 en 1909 y 45.000 en los primeros años veinte, con un porcentaje muy elevado de afiliación sobre el total de trabajadores en industrias como la construcción, la imprenta o la panadería.

Algunas sociedades - de albañiles, peones, metalúrgicos, impresores, artes blancas - superan a veces ampliamente los 1.000 afiliados y allí donde la fidelidad al oficio continuaba siendo muy fuerte, se comienza a pensar en federaciones de industria.

Es, como siempre en el socialismo madrileño, un proceso lento que sólo comenzará a dar sus frutos a finales de los años veinte: los obreros madrileños de la construcción, de la madera, de la gráfica, de las artes blancas, acabarán con el tiempo organizados por la UGT en grandes federaciones de industria.

No es sorprendente que la coalición republicano-socialista triunfe en Madrid, por vez primera, en las elecciones de 1910, con el 54 por ciento de los votos emitidos, esos 41.653 votos que Ortega consideró como un ejercicio de la virtud, y por última, en las de 1919. Luego, cuando de nuevo se dividan de los republicanos, los diez años pasados en conjunción mostrarán que los socialistas se han reforzado mientras los republicanos parecen haber entrado en un lento pero irreversible declive.

Lo que quiere decir que, si la organización liderada por Pablo Iglesias fue capaz de atraer a los emigrantes obreros a sus rangos o colocarlos bajo su influencia, los republicanos no pudieron hacer lo mismo con las clases medias profesionales e intelectuales.

Con una mayor tradición que los socialistas, con un arranque de siglo espectacular, venciendo en Madrid a los monárquicos en las elecciones de 1903, con una herencia política y con formas organizativas impregnadas aún de valores decimonónicos, - abocados siempre a la escisión entre revolucionarios y gubernamentales o, más exactamente, a mostrarse gubernamentales cuando su propaganda revolucionaria les hacía crecer y aproximarse al poder -, los republicanos madrileños se debatieron siempre en la ambigüedad y acabaron en la dispersión, reunidos en torno a media docena de pequeños caudillos.

Es significativo que Madrid no haya presenciado, como Barcelona, un movimiento radical/populista del tipo del acaudillado por Alejandro Lerroux y que el republicanismo haya estado asociado siempre a los ámbitos cerrados, los cafés, las redacciones de periódicos, las reboticas, el aire espeso del humo de los cigarrillos y a los señores mayores.

Señor republicano era un concepto pero, sobre todo, era una imagen de alguien de faz grave, preferentemente barbudo, vestido de gris oscuro, con el cigarrillo o el cigarro puro en la mano y la vista fija en el horizonte o en las abiertas páginas de un libro, como si soñara sobre el futuro o se ilustrara sobre el presente.

Este tipo de valores difícilmente podía atraer a quienes, muy jóvenes, llegaban a Madrid en busca de aventuras y con propósitos de conquista. No había republicanos entre quienes acabarán por erigirse como mentores o guías políticos de la nueva clase profesional e intelectual.

La mayoría de los nombres que relumbrará en el firmamento madrileño de los años veinte se había establecido en la capital, después de una estancia en alguna universidad extranjera, preferentemente alemana, había ganado la cátedra en la Central muy pronto, antes de la treintena o se había establecido, con una saneada clientela, en sus respectivas profesiones.

Eran profesionales, conocían su oficio y, conscientes de la diferencia entre España y los más cercanos países europeos, pretendían aplicar a la política no ya vagas ideas regeneracionistas sino fórmulas más técnicas, programas de acción.

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