






Las sucesivas leyes de Casas Baratas de 1911
y 1921 alientan la construcción de algunas colonias como las de la
Prensa, la Ciudad Jardín de Alfoso XIII, el Madrid Moderno, Albéniz
y la Fuente del Berro, que quedan muy por encima de las posibilidades de ese
proletariado.
Ciertamente, en la Ciudad Lineal, se
mantiene todavía en pie la utopía de una unión de clases,
no en la versión antigua, vertical, unas encimas de otras, sino en la
futura, horizontal, unas detrás de otras, pero todas con acceso a idénticos
servicios, a las mismas vías y a los mismos espacios de ocio.
Lo que se impone, sin embargo, no es este
rechazo de la vieja ciudad para construir de la nada sino la especialización
de grandes zonas concéntricas, determinadas por el precio del suelo, que
desciende a medida que se aleja del centro.
Zonas proletarias en el anillo más
alejado, los extrarradios del norte y del sur y los barrios que crecen pegados a
los pueblos limítrofes por el este; de clases medias y burguesas en el
sector del anillo intermedio, el de los ensanches, que desde Argüelles
hasta el barrio de Salamanaca abraza al antiguo casco por el noreste, norte y
este.
Y mientras así se segmentan los
nuevos espacios de expansión de la ciudad, el casco antiguo se
especializa como zona comercial y de servicios, con las nuevas vías que
rasgan la trama de un Madrid popular, perceptible todavía no sólo
en el recuerdo de viejos ruidos y oficios o en los olores de sus calles, sino en
la miserable realidad de los barrios bajos, de las hacinadas casas de vecindad,
a las que no ha llegado la piqueta.
Que el metro comenzara a circular y que la
ciudad entrara en un proceso de creciente segmentación social fue
resultado del significativo cambio que los madrileños incrédulos
debieron constatar en su equipamiento industrial.
No que Madrid haya sido hasta 1910 una
ciudad exclusivamente artesanal o dominada sin excepción digna de nota
por el pequeños patrono, - pues ya se habían instalado en
el XIX algunas grandes empresas del sector gráfico y alimenticio -,
pero será ahora, a partir también de los primeros años del
nuevo siglo, cuando se supere la última de las carencias
infraestructurales para impulsar la industria.
De una especie de minifundismo eléctrico,
incapaz de aportar energía para el consumo industrial, la Sociedad Hidráulica
Santillana, - en la que trabaja González Echarte, otro vasco,
socio de Otamendi en el proyecto de ferrocarril subterráneo -,
comienza la construcción de una línea de alta tensión, a la
que seguirá muy pronto la que Estanislao de Urquijo - de nuevo
capital vasco modelando la ciudad - tiende por el Paseo de Ronda.
¡Con agua, con ferrocarriles, con
fuerza motriz disponible, Madrid conocerá durante la década de
1910 su primer despegue industrial que, aunque estrechamente vinculado al auge
de la construcción, pone ya las bases de una mayor diversificación
en la producción de bienes!.
Es entonces cuando se constituyen las
primeras grandes empresas eléctricas, químicas y metalúrgicas
y cuando las sociedades anónimas de la construcción, de
dimensiones más adecuadas a las grandes obras previstas y a los nuevos
edificios proyectados, pasan a ocupar el espacio que antes llenaba, casi por
completo, la figura del contratista individual.
Buscan, para su instalación, no el
norte, como ocurrió con muchas industrias en el último tercio del
siglo anterior, sino el sur, en torno al cinturón ferroviario que penetra
en la ciudad hasta Delicias y Atocha y desde allí, corre hacia el
encuentro con la estación del Norte.
En esa zona, además de los grandes
talleres directamente relacionados con el ferrocarril, como los de la compañía
MZA, instalan sus fábricas, desde 1900, varias sociedades anónimas
de las más diversas industrias. Entre ellas, las incluídas en los
capítulos de cervezas y bebidas gaseosas, como el Águila; de
electricidad y gas, como la Fábrica de Electricidad del Pacifico,
constituída en 1899, y Gas Madrid, que se establece en la Ronda de Toledo
en 1921.
Pero también, las que se dedican a
fabricación de material eléctrico, como Osram o Standard Eléctrica,
que se constituye en 1926 con un capital nominal de 30 millones de pesetas;
entre la maquinaria y construcciones metálicas, como la Sociedad
Comercial del Hierro, que se establece en 1920 en Méndez Alvaro.
No, claro está, que toda la industria
madrileña busque el sur para instalarse, - Perfumería Gal,
que también es de 1901, lo hace en Isaac Peral, y Mahou había
levantado su enorme fábrica de cervezas en Amaniel unos años
antes, en los noventa - sino que el ferrocarril crea en su entorno
espacios propicios para lo que puede calificarse primera zona del primer
despegue industrial de la capital.
A la vez que transforma su interior y crece
desordenadamente en el exterior, y a medida que se industrializa, Madrid
presencia la llegada de mucho joven de provincias, que viene aquí a
encontrar empleo o probar fortuna.
Desde 1900, el capital financiero elige la
ciudad como su sede preferida y, desde 1910 la banca domiciliada en Madrid
supera ya por volumen de depósitos a la que se había establecido
en Bilbao y Barcelona durante el siglo anterior. Los bancos abren sus puertas,
unos detrás de otros y todos concentrados en ese triángulo que
desplaza el centro de negocios de la ciudad desde el entorno de Sol por Alcalá
hasta Cibeles.
El Banco Hispano Americano, creado como
consecuencia de la repatriación de capitales fomentada por la guerra y
la independencia de Cuba y Puerto Rico; el Banco Español de Crédito,
que continúa, modernizándolo, al Crédito Mobiliario y que
recibe una fuerte inyección de capital francés; el Banco Urquijo,
que muestra la creciente importancia de esta familia - crecida a la
sombra de Weisweiller, el hombre de confianza de los Rothschild ante la corte de
Isabel II - en las finanzas y la industrialización madrileña.
El Banco Central, otro de los grandes,
resultado de la iniciativa de dos financieros valencianos, José Campo e
Ignacio Villalonga, y el de Bilbao, con las dos cuadrigas que reflejan bien el
dominio establecido por las finanzas sobre toda la zona, cuando se inician los años
veinte.
Aunque desde el comienzo de esta historia la
significación de Madrid como capital política la convirtió
en centro financiero, fue en estas fechas cuando pasó a ser - como
tantas veces se ha repetido - verdadera capital del capital, lo que
arrastró, de inmediato, el auge de la domiciliación de sociedades
anónimas y un notable incremento de la actividad comercial y de
servicios.
Todo eso, necesitó una fuerza de
trabajo de cualidad bien distinta al dependiente y empleado de la segunda mitad
del XIX, al hortera de las novelas de Pérez Galdós. Es el momento
del oficinista, del empleado de banca, del trabajador de los servicios no domésticos,
que ocupa las plazas de dependiente del pequeño o mediano comercio y del
empleado, del prestamista o del comerciante.
Las nuevas formas de organización
empresarial son evidentes en la especialización de edificios, en la
multiplicación de las sociedades anónimas, por acciones, que
buscan su domicilio en Madrid y que se convierte con ellas, por vez primera, en
una incipiente ciudad capitalista.
La capital reduplicó así la ya
secular atracción que ejercía sobre las clases medias de
provincias en busca de notoriedad y éxito. Lo que ocurre es que ahora ya
no serán únicamente estudiantes de derecho o jóvenes
abogados, hijos de comerciantes o de propietarios agrarios, sino todo tipo de
profesiones características de ciudades en expansión.
En los años diez y veinte, a la vez
que de obreros de la construcción y aparte de la larga tradición
de abogados, Madrid se llenó de científicos, médicos,
investigadores, arquitectos, ingenieros, filósofos, novelistas, poetas, músicos
y hasta pintores (que, sin embargo, preferían tomar el camino de París).
No es, desde luego, la primera vez que
Madrid se constituye en centro de atracción de profesionales, pero la
magnitud del proceso desborda ahora todas las dimensiones del siglo anterior, de
tal modo que, en cualquiera de estas profesiones y artes, se produjo una
repentina densidad en la que descollaron figuras como Ramón y Cajal,
Cabrera, Zuazo, Marañón, Ortega, Baroja, Juan Ramón, Falla,
Solana.
Sólo cuando se leen los nombres que
acompañaron a Einstein en su visita de 1923, que recibieron a Le
Corbusier pocos años después, que pronunciaban conferencias cada día
en una decena de instituciones, puede medirse la vitalidad de la capital en los
años veinte, y por contraste la magnitud de la catástrofe que se
abatió sobre ella en los años cuarenta.

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