Manuel Azaña, al evocar el esbozo de progreso material que apuntó en Madrid a comienzos del siglo, escribía en marzo de 1921:

"...Cuando España acabó de perder las colonias, el tranvía empezó a perder mulas, sucesos correlativos inaugurales de un periodo histórico, no hemos olvidado que hubo renovación espiritual y apetencia súbita de ventajas y adelantos prácticos; descrédito de oradores; auge de inventores; constitución oficial de la generación del 98, con escala cerrada y amortización de vacantes".

"... Madrid fue perdiendo - continuaba - la calidad de apacible lugarón manchego. Llegaron unas cupletistas francesas; los señoritos se vestían de frac para asistir al primer music-hall de la Alhambra; de la Puerta del Sol salió una mañana el tranvía eléctrico del barrio de Salamanca..."

"... Las mulas en reata, que bajaban al trote la cuesta de Atocha, rebotando los ganchos en los adoquines, con un bigardo caballero en la grupa". ¿Qué se hicieron?...

Y sigue: "... Así como la introducción de la libertad ahuyentó a los frailes, y la llegada del agua de Lozoya dispersó a los aguadores, el fluido eléctrico acabó con las mulas del tranvía y sus encuartes".

Tres momentos de la historia de Madrid, tres sucesos inaugurales de otros tantos periodos históricos. ¡Se comprendía que aquí iba a pasar algo!.

La revolución liberal arrasó la ciudad palaciega y conventual, Corte de la monarquía absoluta; el agua liquidó a los aguadores y, con ellos, dispersó a la abigarrada mezcla de gentes que recibía el nombre de pueblo de Madrid.

La electricidad acabó con las mulas y con ese aire de poblachón manchego que impregnaba a una ciudad en la que, además de mendigos, el paseante podía tropezar cada mañana con una variada mezcolanza del reino animal: burras, cabras, conejos, gallinas, pollinos.

No que no quedaran frailes, ni pueblo, ni animales por las calles, sino que, sobre aquel poblachón se esbozaba ahora una ciudad moderna, una gran capital.

Con el sacrificio de las mulas y la instalación del tendido eléctrico, que acontecían simultáneamente a la pérdida de los restos del imperio, Madrid no tenía más remedio que olvidarse de su pasado como Corte de la monarquía y convertirse en capital de la nación.

Azaña no lo sabía cuando escribió, entre 1920 y 1922, sus impresiones del "castillo famoso", pero era a él mismo y a su generación a quienes estaba reservado pensar de nuevo Madrid, libre ya de frailes, de aguadores y de mulas, como capital de la República e intentar, otra vez, elevar su rango al de las capitales europeas.

"Hacer con Madrid, - como dirá al alcalde y a los concejales en mayo de 1936, ya presidente de la República y como si por su boca hablara Fernández de los Ríos -, algo similar a lo que el Segundo Imperio hizo con París".

El nuevo dinamismo de la capital, que estimulaba el punzante humor de Azaña, no era producto de ningún artificio sino expresión de las transformaciones que su estructura social y su equipamiento industrial experimentaron a medida que avanzaba el nuevo siglo y se convertía en el mayor foco de atracción de emigrantes.

En el primer tercio de siglo, Madrid sufrió un profundo cambio demográfico debido no sólo a que por vez primera su tasa de natalidad fue superior a la de mortalidad, sino, al aluvión migratorio que se le vino encima durante esos años.

Desde principios de siglo hasta 1930, la provincia de Madrid arrojó un saldo positivo de 449.493 inmigrantes. De ellos, 72.161 en el primer decenio, 158.682 en el segundo y 218.650 en el tercero, un volumen que explica que la capital duplicara prácticamente su población entre 1900 y 1930, pasando de 539.835 a 952.832 habitantes.

Mientras, los entonces llamados pueblos limítrofes, pegados ya a la capital, llegaron casi a quintuplicar la suya, saltando de 45.752 a 200.714 habitantes, en el mismo periodo.

En Madrid, y en 1930, sólo el 37 por ciento de su población había nacido en la capital. Un porcentaje similar procedía de la provincia, la región central y la región castellano-leonesa y, como siempre, podían encontrarse contingentes apreciables de gallegos, asturianos y cántabros, de andaluces - sobre todo de las provincias orientales - y de valencianos.

Madrid era en verdad entonces, por su demografía - como escribirá dramáticamente Antonio Machado - rompeolas de todas las Españas. Una mirada a la estructura ocupacional de la población madrileña en 1930 sugiere que, esos jóvenes que vinieron en tropel encontraron trabajo, en su mayoría, como chicas de servir, jornaleros, empleados y profesionales.

Estos fueron los años de formación de lo que quizá pueda considerarse como "primera clase obrera madrileña" y de lo que constituye, sin duda, la base del impresionante momento cultural de Madrid de los años veinte.

A la cabeza de los sectores ocupacionales se situaba todavía el servicio doméstico, con cerca de 70.000 activos, de los que más de la mitad - unos 43.000 - tenían entre 16 y 30 años de edad.

Madrid era, todavía en 1930, una ciudad que ocupaba a un impresionante número de servidores personales: los altos funcionarios, los profesionales con mejor clientela, los comerciantes y los prestamistas de más elevada posición repetían el modelo aristocrático y podían emplear hasta una docena de trabajadores domésticos.

Se mantuvo también, y hasta se incrementó, la masa enorme de pequeños y medianos patronos de la industria y del comercio, que emplean entre uno y cuatro trabajadores, muchas veces familiares, y que dan vida a las asociaciones patronales, con objeto de hacer frente a una doble amenaza: la que les llega desde abajo, en la forma de trabajadores también asociados en sus sindicatos, y la que procede de arriba, en lo que ellos llaman "capital ocioso y usurero".

Esto es, los empresarios del comercio y de la industria, que no trabajan como ellos, con su propias manos y que disponen, para la defensa de sus intereses, de las Cámaras de Industria y comercio y, para su ocio, del Círculo de la Unión Mercantil. Pero junto a las clases propias de la sociedad protoindustrial y precapitalista crecerán, durante los años diez y veinte, las clases y los sectores sociales de ciudades en proceso de transformación.

Aunque en el censo no aparezcan más de 21.000 obreros de la construcción, es muy probable que el total de los ocupados en esa industria, si se cuentan los de los municipios limítrofes, que descargaban cada mañana a sus trabajadores en alguna obra de Madrid, ascendiera hacia 1930 a unos 70.000 u 80.000.

No son, desde luego, obreros de fábrica, pero cada vez más serán trabajadores de sociedades anónimas de la construcción.

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