Confluyeron así, en 1934, dos estrategias distintas, de distinto origen y sostenidas por diferentes organizaciones, en una creciente movilización que se dio como objetivo no cualquier toma del poder, sino la que conduciría a la instauración de un nuevo tipo de sociedad.

Los preparativos militares, las escaramuzas callejeras, las manifestaciones, los mítines en las plazas de toros, las convocatorias a las huelgas generales, la resistencia en la huelga por encima de los limites alcanzados hasta entonces en los conflictos sociales de Madrid, desembocaron finalmente, con el anuncio de la entrada de la CEDA en el gobierno, en los hechos de octubre de 1934.

Una huelga general - más general que cualquier otra huelga convocada en Madrid - acompañó a un intento insurreccional, que no fue más allá de algunos disparos desde el centro socialista de la Prosperidad.

Pero ni las puertas de los cuarteles se abrieron para que los soldados confraternizaran, como se esperaba, con las milicias, ni los milicianos fueron capaces de saber qué tenían que hacer, o dónde estaban sus jefes, cuando comenzaba lo que uno de ellos, en su declaración ante el juez militar que instruyó el caso de rebelión militar, definía como "el jaleo".

Fracasada la insurrección, derrotada la huelga general y mientras el gobierno procedía al cierre de la Casa del Pueblo, a la disolución de todos los sindicatos y sociedades obreras y al encarcelamiento de los principales dirigentes sindicales y políticos implicados en los hechos de Octubre, el Ayuntamiento cambió de manos y, con ellas, de mirada sobre la ciudad.

Resulta significativo que el estudio de proyectos de reforma interior - de los que podían esperarse derribos y revalorizaciones de suelo - prevaleciera de nuevo, a partir de ese momento, sobre los planes de extensión.

Ya antes, cuando Prieto salió del ministerio de Obras Públicas y fue sustituido por el radical Guerra del Río, una de las primeras medidas del nuevo gobierno consistió en disolver la Comisión de Enlaces e interrumpir los trabajos en el subsuelo del Prado. Un año después, cuando la CEDA se incorpora al gobierno, sigue el mismo camino el Gabinete Técnico de Accesos y Extrarradio.

Definitivamente, las nuevas autoridades no están por el "Gran Madrid" ni por la ordenada urbanización del exterior.

Lo que pretenden, y consiguen, es revalorizar los terrenos del interior y favorecer, con ventajas fiscales - y con la promesa de que los sindicatos no podrán en adelante demandar nuevos incrementos salariales ni convocar huelgas - a los empresdarios de la construcción, que se sienten liberados de la presión a la que les habían sometido los sindicatos, durante el periodo anterior.

Declarada ilegal la huelga de octubre, pueden despedir a quien se le antoje y readmitir a quien le plazca, sin necesidad de cumplir los anteriores contratos de trabajo ni negociar sus términos con los representantes sindicales, lo que se traduce, rápidamente, por un rebrote de actividad en el sector.

En efecto, la llamada, por el nombre de su autor, ley Salmón, supuso un notable incremento en la solicitud de licencias para edificaciones de nueva planta y una clara recuperación del mercado inmobiliario en el año 1935. Los arquitectos encontraron de nuevo trabajo en la construcción de casas de alquiler y no sólo en la de pequeños hotelitos de una planta.

A este renacido impulso se debe precisamente uno de los episodios más notables de la arquitectura, no sólo madrileña, pero que tuvo en Madrid, especialmente en el ensanche del que quedaba aún casi un tercio por edificar, amplio campo de experimentación: el conocido "estilo Salmón", versión, como escribe Alonso Pereira, "doméstica y popular que adoptará la última fase del racionalismo español con sus elementos canónicos reiterados, popularizados y a menudo trivializados".

Episodio breve, porque el gobierno de radicales y cedistas se mostró, con el paso de los meses, una fórmula inestable y condenada a intermitentes crisis. No era esta la mejor manera de devolver la confianza y levantar el vuelo a la decaída economía madrileña, más bien, al contrario.

La represión por los sucesos de octubre, el cierre de los sindicatos y organizaciones obreras y la persecución a la que fueron sometidos algunos dirigentes republicanos, añadida a la misma incapacidad de radicales y cedistas, para encontrar fórmulas estables de gobierno, impulsaron un movimiento de recuperación de la izquierda republicana y obrera.

Esta recuperación, tuvo su momento culminante en las afueras de Madrid, más allá del puente de Toledo, en el campo de Comillas, un día de octubre de 1935, cuando cerca de 400.000 personas "la masa humana más crecida que se ha reunido jamás en un acto político", se concentraron para asistir a un mitin de afirmación republicana, en torno a la persona de Manuel Azaña.

Madrid cumplía así de nuevo, aunque de forma imprevista por los fundadores de la República, su función de capital política.

Porque a partir de ese momento, todo fue entusiasmo creciente. Los socialistas madrileños, aun si lo hicieron a regañadientes y con la condición de no participar en un futuro gobierno, volvieron a la coalición con los republicanos, lo que permitió presentar, otra vez, como en 1931, una candidatura unitaria de izquierdas, a la que por vez primera, se sumaba también el partido comunista.

En Madrid, las expectativas levantadas por el anuncio del nuevo pacto fueron enormes. Muchos creyeron que la instauración de una nueva sociedad, más justa e igualitaria, estaba otra vez al alcance de la mano.

Los votos que la candidatura del Frente Popular obtuvo en unas elecciones de muy alta participación y desarrollo tranquilo, bajo una inclemente mañana de febrero, dieron a la coalicción republicana-obrera un triunfo sin paliativos. Obtuvo el 54 por ciento de los votos emitidos frente al casi 45 por ciento obtenido por la candidatura de derechas y un exiguo 1,2 por Falange Española.

Formidable triunfo que reavivó de nuevo el entusiasmo. La gente no paraba de manifestarse y de llenar otra vez con cantos y carretas el centro de la ciudad, aunque a diferencia de 1931, no se vieran en la calle señoras con la tricolor, ni pequeños ni medianos patronos enardecidos por el triunfo de la libertad.

El retorno de los republicanos al gobierno reverdeció los viejos proyectos y hasta, en alguna ocasión, la retórica del primer bienio para la ciudad de Madrid.

Cuando Azaña, recién elegido presidente de la República recibió al repuesto Ayuntamiento, habló al alcalde y a los concejales otra vez de sus proyectos para el engrandecimiento de Madrid. "En la capital de la República - les dijo - hay que acometer un plan magno, análogo al que se puso en práctica durante el Segundo Imperio francés para el engrandecimiento de París y que la Gloriosa Revolución de septiembre de 1868 había dejado pendiente".

Esta conversación, tenía lugar el 23 de mayo de 1936, veinte días después de que un rumor sobre el reparto de caramelos envenenados por señoras o señoritas catequistas, en el populoso barrio de Cuatro Caminos, estuviera a punto de repetir en Madrid una matanza de monjas y frailes, similar a la que la misma ciudad había contemplado un siglo antes.

Las autoridades, auxiliadas por los llamamientos emanados de los partidos y sindicatos obreros, pudieron controlar, con oportunas intervenciones de la policía y de los bomberos, la ira de la multitud, que ya había emprendido acciones de castigo contra algunos colegios de religiosos y rociado de gasolina alguna iglesia, sin que faltara tampoco quien jurara haber visto a sacristanes con el bidón de gasolina en la mano, huyendo a favor de las sombras.

Pero lo que ni las autoridades, ni el partido comunista, ni la Casa del Pueblo pudieron controlar fue que se declararan en huelga general, los que presuntamente deberían transformar la capital de la República española.

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