







La crisis de la economía madrileña
no fue sólo una parálisis de la edificación, sino el
resultado de los efectos por ella inducidos.
La caída de las licencias de nuevas
obras provocó un paro rampante y redujo la actividad de sectores tan
dependientes de la edificación como los de la madera y la pequeña
metalurgia. Además, la reducción de las posibilidades de consumo
de una gran masa de población agravó el pánico que de años
antes sentían los pequeños comerciantes, atrapados en la tenaza de
su ruinosa competencia y los grandes almacenes y empresas mercantiles.
Precisamente, ese pánico del pequeño
patrono es lo que mejor refleja el tipo de crisis que atravesó Madrid en
los años treinta.
Lo que abundaba entonces en la industria y
el comercio era el pequeño patrono que empleaba a un puñado de
trabajadores y que vivía al día, atendiendo una demanda limitada
pero estable, con la que podía subsistir y, cuando las cosas iban bien,
ampliar lentamente su negocio.
El descenso de la demanda y el aumento de
salarios le hizo más vulnerable, ya que si era industrial, carecía
de capital para aumentar su productividad reduciendo costes y, si era
comerciante, el margen de sus beneficios se hundía con los mayores
salarios a sus dependientes y con el descenso de las ventas.
La crisis económica provocó
tensiones muy agudas, por una parte, entre la masa de asalariados sin cualificar
y siempre al borde del paro o ya parados y sus empresas y, por otra, entre los
obreros con trabajo fijo y sus patronos, que se aprestaron a hacer frente a sus
nuevas demandas revitalizando sus durmientes agrupaciones patronales.
En estas condiciones, no pasaron más
de dos años sin que la fiesta popular que proclamó la República
se convirtiera en lucha de clases y se consumara la quiebra del proyecto que en
Madrid había servido de fundamento a la República, y a cuyo
aliento se debía el acuerdo social sobre el tipo de crecimiento previsto
para la capital.
A los vivas a la República siguió,
casi de inmediato - no sólo en Madrid, pues
este mismo proceso es perceptible también en otras ciudades que habían
experimentado en la década precedente un crecimiento por encima de sus
posibilidades, como Barcelona y Sevilla - lo que podría
denominarse discursos de la segunda o definitiva revolución que
encontraron sus principales sujetos en los trabajadores inmigrantes.
Muchos de ellos, bajo la influencia de un
sindicalismo hasta entonces desconocido en Madrid, el de la Confereración
Nacional del Trabajo (CNT), que se hizo fuerte entre los jornaleros de la
construcción, y en los jóvenes llegados durante la década
anterior a la capital y que engrosaban las juventudes socialistas y comunistas.
Revolución, no ya contra la monarquía
y la vieja clase política, sino contra la propia República, que no
aparecía más que como una monarquía disfrazada de gorro frígio,
y contra la burguesía o el capitalismo.
Al soplo de estos nuevos vientos de revolución,
reverdeció también el viejo ideal sindicalista y antipolítico
entre los dirigentes de la tradicional clase obrera organizada, la UGT, crecida
en el último periodo de la Restauración y principal soporte, hasta
entonces, de la República.
Lo que la crisis de gobierno de septiembre
de 1933 superpuesta a la crisis económica que se arrastraba desde 1930
provocó en Madrid fue, la ruptura de la coalición
republicano-socialista, triunfadora en las elecciones de abril de 1931 y que había
dirigido, desde entonces, el gobierno de la República.
Por debajo de ella, se hizo añicos
también la alianza de clases en la que se había sustentado el
impulso de construir, con la República, el "Gran
Madrid".
La clase obrera, entre la que hacía
progresos el sindicalismo de movilización de masas encarnado por la CNT,
se adentró, ya desde comienzos de 1933, por el camino de las grandes
huelgas generales de industria, que llevaban siempre prendidas a su
convocatoria, la expectativa de una segunda revolución.
El verano de ese año y todo el año
siguiente, hasta la huelga general y el conato insurreccional de octubre,
estuvieron esmaltados por un nuevo tipo de lucha obrera que consistía en
reclamar reparto de trabajo por medio de huelgas de solidaridad con los
trabajadores en paro.
Desde las grandes obras de la Ciudad
Universitaria y de la Castellana, las huelgas se extendieron rápidamente
a toda la industria de la construcción, arrastrando en su estela a las
pequeñas y medianas empresas del sector, con la pretensión añadida
de que se sumasen a la convocatoria los trabajadores de otras industrias y
servicios. Gráficos, camareros y metalúrgicos irán también,
antes o después, a la huelga general.
Los dirigentes sindicales llegaron a pensar
que una huelga general que comprendiese a todas las industrias, y que se
legitimaría como respuesta a una ofensiva de la derecha, bastaría
para acabar, no sólo con la propia derecha, sino con la República
burguesa.
A la par que ese nuevo horizonte de la toma
o la destrucción del poder por medio de una huelga general se abría
ante los ojos de los dirigentes sindicales, se produjo un segundo fenómeno,
que puede entenderse como una consecuencia del ingente número de jóvenes
que vinieron a Madrid en las dos décadas anteriores.
La irrupción en la política de
las juventudes y el gusto por las acciones militares, por los uniformes, los
entrenamientos y el uso de las armas, que afectó tanto a socialistas como
a comunistas, como a católicos y fascistas.
Los primeros, asumieron y simplificaron rápidamente,
la nueva visión de la historia pregonada por los dirigentes sindicales y
teorizaron el enfrentamiento de clases, visible en Madrid, como lucha final
entre la burguesía y el proletariado. cumplida ya la experiencia de la
República burguesa, no quedaba en el horizonte más futuro que el
socialismo.
Pero si los dirigentes sindicales creían
que al socialismo se podía llegar como resultado de una huelga general,
los jóvenes estaban convencidos de que el único medio consagrado
por la historia, era el de la insurrección armada.
Para ellos, la República aparecía,
con la crisis de la coalición republicano-socialista y el triunfo de los
radicales y la derecha católica, no mejor que la monarquía. Su
destino, por tanto, no debía ser otro que el sufrido por ésta.
El lenguaje de la revolución
entendida como una insurrección armada comenzó a sustituir, también
entre los jóvenes empleados, al de defensa de la República.
Las llamadas a la revolución se
formulaban desde tribunas públicas, como públicos eran los
preparativos para la insurrección, confiados esta vez a las propias
milicias socialistas que almacenaron en los despachos y sótanos de la
Casa del Pueblo un disparatado muestrario de armas cortas, ametralladoras y
munición y dividieron a Marid en cinco distritos, con objeto de
organizar, en cada uno de ellos, diez escuadras listas para tomar el poder,
cuando lo ordenasen sus mayores, por la fuerza de las armas.
La fascinación de los jóvenes
socialistas por la lucha armada como vía para la conquista del poder,
corrió pareja, con el rebrote de la creencia en la huelga general como
instrumento para la revolución social.



Copyright © 2000 por
JLL & JRP
Todos los derechos
reservados.

