Fue absolutamente fundamental a este respecto que la alianza obrera/republicana llegara al poder no sólo en el municipio sino en el Estado, pues por vez primera no será el Ayuntamiento, con sus recursos limitados, sino el propio Estado el que sostenga e impulse la idea de un Gran Madrid.

"Bajo la Monarquía, - escribirá el diario El Sol -, el Estado no tiene una conciencia nacional de la idea metropolitana".

Madrid se había llenado de deberes aparatosos pero nadie imaginaba que pudiera reclamar derechos para realizar su función de capital de España. Falto de finalidad precisa y de idea rectora, Madrid no se había trazado líneas maestras que guiaran su futuro.

Sólo con la República se empieza a comprender que la exaltación de la idea de capitalidad es indispensable para el funcionamiento nacional del régimen, para la prosperidad y armonía de la nación entera.

Y tan fundamental, como esa nueva conciencia de la eficiencia de la capital para la organización de una sensibilidad de tipo europeo, fue que la responsabilidad de la presidencia del Gobierno y del Ministerio de Obras Públicas recayera, en diciembre de 1931, en quienes mejor representaban, la confluencia entre clase media profesional y clase obrera organizada en que se sostuvo la idea republicana, Manuel Azaña e Indalecio Prieto.

Es significativo, en este sentido, que el encargo municipal de redactar en cuatro meses el Plan General de Extensión, se añadiera, - desde septiembre de 1932 - una iniciativa de Estado que guardaba estrecha relación con la aprobación por las Cortes del Estatuto de Autonomía de Cataluña.

Pues, en efecto, el mismo día en que se aprobó el Estatuto, se concedió a Madrid, por vez primera, una asignación presupuestaria por capitalidad de 80 millones de pesetas a invertir en 10 años. No era ya sólo que la República hubiera declarado a Madrid como capital constitucional, sino que por esta ley de capitalidad convertía a Madrid en interés prioritario del Estado.

Como el diario "El Sol" vio perfectamente, "detrás de esa concesión no estaba sólo la solicitud del Ayuntamiento, sino ese estadista que más estrechamente se ha unido al corazón de los ciudadanos, Manuel Azaña, cuyo nombre de gobernante quedaba así unido al futuro de un Madrid nuevo".

Fue el presidente del gobierno, Manuel Azaña, y no el alcalde de Madrid, Pedro Rico, quien inclinó la voluntad de la mayoría a favor de la aprobación del presupuesto de capitalidad, pues era él, de antiguo, quien más había desarrollado la conciencia de que no hay Estado ni nación sin una capital dinámica.

"Pero el caso es que España necesita un Madrid", había escrito diez años antes, cuando dibujaba, con trazos sombríos, el desolado paisaje urbano madrileño, en el que creía ver el mejor símbolo de la ruina española. Y ahora, cuando se somete a discusión de las Cortes la ley de capitalidad, repite con más vigor, y con un matiz interesante, su vieja idea:

"Si Madrid no existiera sería preciso inventar la capital federal de la República española, ya que Madrid es el centro (...) donde vienen a concentrarse todos los sentimientos de la Nación, donde surgen y rebotan a todos los ámbitos de la Península las ideas, saturadas y depuradas por la vida madrileña en todos sus aspectos".

Parece como si para Azaña, y para la generación a que pertenece, la República hubiera borrado cualquier sombra que todavía quedase del pecado original de un Madrid capital artificial del Estado y culpable de su fracaso.

Azaña no es el único que no siente complejo al manifestar el "deseo de que Madrid responda a su nombre de capital de la República y de elevarlo a aquella grandeza que queremos dar a la República española" y al confesar el sueño de que Madrid "no como interés local y municipal, sino como interés nacional y de representación de la República, tenga aquel esplendor a que nosotros, en nuestra modestia, podemos aspirar".

Con haberse liberado de la losa histórica de su artificio, Madrid, o estos distinguidos madrileños, se han sacudido todo complejo de culpa. Madrid ya no es artificial, Madrid ya no es culpable. Quedaba ahora que fuese capaz de mostrar su fuerza y convertirse en centro político de una nación dispuesta por fin a encontrar el camino de la historia.

Lo significativo es que, entre el entusiasmo que despierta en Cataluña el Estatuto y las perspectivas de consolidación republicana que parecen confirmarse después de la fracasada rebelión de agosto de 1932, a nadie sobresalta este lenguaje reivindicativo de Madrid ni critica nadie esta insólita exaltación de Madrid como capital de España.

Tal vez sea este el primer y único momento dulce de la relación entre Madrid y el resto de las capitales, que no la ven ya como antagonista ni vuelcan sobre ella la causa de todas sus desgracias. Tal vez sea éste también el primer momento en que Madrid se sacude el peso de una historia de frustración y, mirando hacia sí misma y sus posibilidades, no encuentra nada que reprocharse.

El nuevo matiz de esta reciente autoconciencia consiste en denominar "federal" a la capital de la República. No que la República sea federal, sino que la República, a la que Azaña siempre añade su calificativo de "española", necesita una a modo de capital federal.

El día en que tales palabras se dicen en el Congreso no es cualquiera. Se acaba de aprobar el Estatuto de Cataluña y aparece con claridad que la República, sin ser federal, se orienta hacia la federación. Se necesita, más que nunca, una capital federal y, para construírla, es preciso sacar a Madrid de la "chabacanería del Ayuntamiento" y ponerlo en manos del Estado, bajo su directa vigilancia.

Azana es escéptico respecto a lo que el Ayuntamiento pueda conseguir. "No funciona - escribe en su diario -, sólo hace tonterías y va a malgastar los 80 millones que se le han regalado".

El Estado puede y debe hacer algo en previsión del Madrid venidero y de ahí que Azaña encargue a Prieto el estudio y el proyecto de varias obras entre las que destaca, sobre todo, la prolongación de la Castellana, para levantar allí varios nuevos ministerios.

Puede verse en ese interés de Estado, en ese proyecto de construir una ciudad capaz de cumplir la función de capital federal, el origen de las dos iniciativas que tendrán en Indalecio Prieto su alma y su sostén.

A los pocos días de las declaraciones de Azaña se constituye una Comisión encargada de estudiar el proyecto de enlace ferroviario de Madrid y, un mes después, se crea el Gabinete Técnico de Accesos y Extrarradio, que recibe el encargo de complementar la red ferroviaria con una red radial y circular de carreteras.

La presencia de Secundino Zuazo y de José Lorite en la Comisión de enlaces ferroviarios y en el Gabinete Técnico de Accesos, y la de este último en la Técnica Municipal, garantizaría la conexión entre ministerio y Ayuntamiento, por una parte, y entre los planes de extensión, de enlaces ferroviarios y de accesos por carretera, por la otra.

Pues de lo que se trataba, en efecto, era de completar por vez primera, simultáneamente desde el Ayuntamiento y desde el Estado, la planificación conjunta de Madrid como nueva capital. Bajo un impulso unitario, se pretendía "meter el ferrocarril en el corazón de Madrid" con objeto de resolver los estorbos derivados de la solución de continuidad entre las líneas férreas que morían en la estación de Atocha y en la del Norte, la de las compañías de Madrid-Zaragoza-Alicante y del norte.

Se resolvería, además, el problema de la rápida comunicación de la capital con los pueblos de su entorno, fomentando la creación de nuevos e higiénicos poblados satélites a la vez que se rompía el cinturón de miseria construido en el extrarradio.

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