







Todo comenzó aquel día
memorable cuando unos pocos curiosos que pasaban por Cibeles observaron,
alrededor de las tres y media de la tarde, que una bandera republicana subía
al asta del Palacio de Comunicaciones.
Corrió la noticia y los habituales de
los cafés de la calle de Alcalá, -
en los que aquel día abundaban las mujeres -, salieron a la
calle para ver la bandera.
Y una vez en ella, la gente permaneció
por un momento boquiabierta, sin saber qué hacer, hasta que, la
perplejidad transmutada en entusiasmo, todos decidieron ir, inconscientes, desde
Cibeles a la Puerta del Sol, donde a las cuatro y media había ya una
enorme afluencia de gente.
"El huracán
de pasiones que, - según el diario ABC - había
turbado tantas conciencias y extraviado a una gran parte del pueblo soplaba
también por otros barrios madrileños en dirección a Sol".
Por Alcalá bajaban automóviles con banderines rojos, que pronto
quedaron apresados en el océano humano que caminaba a pie".
Desde Lavapiés y los barrios bajos
subían hornadas de gentes con sus americanas azules, mientras los
estudiantes afluían desde San Bernardo, adornándose las solapas
con escarapelas tricolor, surgidas como por encanto.
Las muchachas de los talleres, tocadas con
gorros frigios de papel de seda; los soldados, con el ros de medio lado; las
sociedades obreras, con sus queridas enseñas. Todos se sumaban al
entusiasmo popular, jaleados por quienes, sin animarse a salir, aplaudían
desde los balcones los improvisados cortejos.
Pronto comenzaron los cantos, sólo
para constatar que nadie sabía las letras. Se ensayó la Marsellesa
y el himno de Riego y se acabó cantando, malamente, la Internacional.
Al fin, hartos de tararear melodías
familiares, prefirieron improvisar nuevas letrillas a coplas infantiles e
inventar algunos pareados de fácil consonancia, nada complacientes con el
rey y su familia. "¡Que no se han 'marchao',
que los hemos 'echao'!".
El aspecto entero de Madrid era el de un día
de gran fiesta, que se prolongó los días siguientes. Nadie había
ido al trabajo, y quienes fueron lo abandonaron enseguida. Venían al
centro de todas partes, cada vez más alejadas: del Puente de Vallecas, de
Tetuán de las Victorias, de los Carabancheles.
Al pueblo de los barrios bajos, a la clase
media del ensanche que ahora pisaba más segura, se unía ese
proletariado que había permanecido en los márgenes de la ciudad,
sin entrar en ella, excepto para trabajar.
Los obreros ya se atrevían a llegar
al centro de la ciudad, definiendo así el exacto proceso que puso en
marcha la proclamación de la República. ¡El 14 de abril les
había enseñado un camino que ya no olvidarían nunca!.
Pero nadie portaba, como antaño,
armas, ni nadie las reclamaba. Mas bien, los días de la última
revolución popular se situaron bajo el signo de la fraternidad entre el
pueblo y las fuerzas de orden.
Por supuesto, con los soldados no había
ningún problema, pues todos alardeaban de pertenecer al pueblo y andaban
despechugados para que a nadie quedara duda de que ninguna jerarquía
antigua permanecía en pie.
Pero tampoco los hubo con los más
temibles guardias civiles, que fumaban tranquilamente sus cigarrillos en las
esquinas, entre las sonrisas, aplausos y hasta alguna palmada de unas gentes
que, quizás por vez primera, no se sentían extraños a
ellos.
El climax emotivo de la fraternización
se alcanzó cuando el capitán del ejército Manuel Gutiérrez
Flores, en funciones de ayudante del capitán general de la región,
entró en el salón de sesiones del Ayuntamiento para notificar, en
nombre de su jefe, que se accedía a la petición formulada por el
alcalde de que las bandas de regimientos dieran conciertos en los barrios
populares.
No pudo contenerse el concejal socialista,
Andrés Saborit, que se puso en pie y dio un ¡viva
el ejército de la República!, unánimemente
contestado. El capitán Gutiérrez, visiblemente emocionado, contestó
con un ¡viva el pueblo de Madrid!.
Ahí acabó la sesión del
primer Ayuntamiento republicano, con el entusiasmo desbordado y los ojos de los
presentes arrasados de lágrimas.
Sin conciencia de ello, los reunidos habían
repetido los dos vivas que sellaron, durante un siglo, el triunfo de las
revoluciones madrileñas: "viva el ejército"
"viva el pueblo"; sólo que en este caso, no sonaron
disparos ni hubo que contar muertos. La revolución fue verdaderamente una
fiesta.
Lo decisivo para la ciudad fue que en esa
reaparición como sujeto político de un pueblo que se diría
ya disuelto por las frustradas experiencias anteriores, y en el triunfo de la
alianza republicano/socialista sobre la monarquía, radicó el nuevo
impulso para llevar a la práctica la idea de un nuevo y Gran Madrid,
capaz de cumplir su función de capital.
Y es significativo que el impulso para tomar
ese camino, con más decisión que recursos, y llevar a la práctica
la nueva idea de capital deba esperar a la proclamación de la República.
No que la República origine otra idea
de Madrid, diferente de la que se había venido gestando desde principios
de siglo, - con más claridad, desde 1923 y
sobre todo desde el concurso internacional de 1929 - sino que al
declararla su capital política, se apropió aquella idea para
convertirla en el ideal del Madrid republicano.
Es en efecto la República, con el
encargo recibido por la Oficina Técnica Municipal de redactar un Plan
General, la que impulsa el plan de extensión basado en la nueva gran vía
de crecimiento sur-norte, en la que los urbanistas veían la representación
simbólica de la capitalidad y el eje sobre el que articular la red de
comunicaciones entre la ciudad y su región.
Pues aunque ya en la Memoria del Plan
General de Extensión, publicada en 1926, se consideraba a la ciudad como
un "núcleo urbano rodeado de una corona
continua de gran número de hectáreas con arbolado y esmaltada de
ciudades satélites, comunicadas con el centro por vías de
penetración y entre sí por vías de enlace", serán
las autoridades republicanas las primeras que se decidan por construir Madrid
como núcleo de una región, a la que quieren comunicar entre sí
y con la metropoli.
La capital que recibe del entorno rural oxígeno,
vitaminas, vida sana e higiénica y valores eternos de la raza y que le
devuelve todas las ventajas de la cultura urbana, puesta al alcance de la mano
por una compleja red ferroviaria radial y circular.
Vías de penetración y salida
de la ciudad al resto de la nación y vías de enlace con y entre la
corona de poblados satélites componen una nueva imagen gráfica de
Madrid que cambia su ensanche cuadriculado por la racionalidad de una geometría
sin fronteras sostenida en esa "espina dorsal"
del futuro crecimiento que será la Castellana.



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