La prensa de Madrid, espacio de expresión de sus clases medias, y las calles de Madrid, lugar de la protesta obrera, habían manifestado así un republicanismo que estaban lejos de compartir sólo seis años antes.

Ortega, desde luego, pero no en menor medida la UGT de Madrid, se habían mostrado algo más que pasivos ante el golpe de Estado de septiembre de 1923, que cerraba de hecho cincuenta años de vida política y liquidaba el sistema de la Restauración. La dictadura se estableción sin que el pueblo de Madrid, su clase obrera organizada o los sectores intelectuales o profesionales mostraran algo más que cierta contrariedad y hasta cierto alivio.

Por fin - vinieron a pensar - alguien se había animado a dar un escobazo al decadente y corrupto sistema de la vieja política. Su conversión al republicanismo fue como una incontenible marea que creció sin que nadie lo anunciase y que acabó por anegarlo todo.

Esta creciente ocupación de las calles de Madrid por gentes que se identificaban como "pueblo republicano" añadió un elemento cualitativamente distinto a todos los intentos conspirativos o insurreccionales, encabezados por las elites políticas, en alianza con sectores liberales o meramente alineados del ejército.

El viejo modelo de los movimientos revolucionarios populares - conspiración política, insurrección militar, pueblo en la calle - que los dirigentes republicanos y socialistas pretendieron revitalizar en diciembre de 1930, con la convocatoria de una huelga general acompañada de un levantamiento militar y de la ocupación del poder por el comité revolucionario transmutado en gobierno provisional, resultó un fiasco.

Pero si los militares no dieron - como se decía - la cara y los dirigentes políticos se encerraron en sus escondrijos o pasaron a los calabozos, no por eso el pueblo de Madrid se quedó en casa. La convocatoria de elecciones municipales convirtió el mes de abril de 1931 en la gran fiesta de la afirmación de la soberanía popular contra la monarquía.

Ya desde días antes de las elecciones, las calles de la ciudad rebosaban de gente que pretendía encontrar una butaca o algún lugar de pie en los pasillos de cines y teatros en los que hablarían los candidatos de la conjunción republicano-socialista.

En el Olímpia, se disputaban la entrada todos los vecinos de Lavapiés y algo semejante ocurría en los alrededores del teatro de la Comedia, en el Pardiñas, en el Maravillas donde, según las crónicas - hubo lleno completo y extraordinario entusiasmo -, en el Fuencarral, el Variedades o el Victoria.

El carácter súbito y espontáneo de esta movilización popular explica algunos rasgos del republicanismo madrileño, sin raíces profundas en la sociedad, tan amplio como difuso, emotivo, nada estructurado, sin partidos, casi sin afiliados. Un republicanismo que había avanzado incontenible por los cafés, las salas de conferencias, las calles, en las conciencias y los corazones, sin que al mismo tiempo progresara en organización y en definición programática.

Los republicanos históricos de Madrid, arcaicos, ingenuos y que con frecuencia unían su republicanismo teórico con una viva simpatía por Alfonso XIII, se veían ahora desbordados por un nuevo republicanismo eufórico, entusiasta, dispuesto a proclamar en la calle la República y a renovar la vida política y la sociedad española desde la raiz.

A este entusiasmo se debe que en aquella fecha decisiva del 12 de abril de 1931, la gente se echara a la calle desde bien temprano y que la conjunción republicano-socialista tuviera a su disposición cuantos interventores y apoderados necesitaba, una orgía de carteles rojos, señoritas y muchachos para vocear las candidaturas, automóviles, millares de banderitas y, sobre todo, ganas de vencer.

Vencieron, naturalmente. La conjunción obtuvo aquel día en la capital el 69,2 por ciento de los votos escrutados, un triunfo sin precedente en la historia política madrileña.

A la cabeza, los distritos más populares: Hospital, Inclusa y Latina, pero lo sorprendente fue que en Centro, Hospicio y Palacio la conjunción triunfara también con holgura sobre la candidatura monárquica. No era una exageración afirmar que Madrid había votado a la conjunción y que su victoria, incluso en las zonas más tradicionalmente monárquicas, era arrolladora.

El rey Alfonso XIII captó bien la magnitud y el significado de la votación cuando comenzó a redactar su proclama "Al País" con aquellas nostálgicas palabras, tan propias de un rey de Antiguo Régimen, incapaz de adaptar la institución monárquica a una política democrática: "Las elecciones celebradas el domingo me revelan claramente que no tengo hoy el amor de mi pueblo".

Al menos, no tenía el del pueblo de Madrid, que desde tiempo atrás había dejado de ser su pueblo. La arrolladora victoria electoral se convirtió, inmediatamente, en jubilosa presencia del pueblo en la calle para transformar su triunfo electoral en una victoria política sobre la monarquía.

Fue en las calles y plazas de Madrid, ha escrito Raymond Carr, donde la monarquía constitucional, creada y mantenida por el liberalismo español del siglo XIX, se allanó finalmente ante su enemigo histórico, el republicanismo.

El historiador, coincide en este caso con los testigos que resaltaron sin excepción la importancia de la presencia del pueblo en la calle para la instauración de la República, no sólo allí donde efectivamente fue el pueblo quien se adelantó a las autoridades y la proclamó por su cuenta, sino en la capital, donde el gobierno provisional proclamó la República en olor de multitud.

Porque la multitud no se volvía a casa sin comprobar que la bandera tricolor testimoniaba la existencia de un nuevo gobierno republicano y sin saludar y aclamar a los dirigentes del recién estrenado régimen, que a duras penas pudieron abrirse paso hasta la Puerta del Sol, corazón del viejo Madrid popular.

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