¡República! ¡Viva la República! ¡Viva la libertad!. Tal es el grito que con creciente frecuencia emerge de los actos públicos que, con cualquier motivo, lanzan gente a la calle en este Madrid que acaba de despedir al dictador.

Son primero voces en espacios cerrados, comentarios de tertulia, brindis en banquetes, discursos ante unas decenas de comensales. Así comienza a extenderse el nuevo ideal republicano a partir de los pequeños círculos, que habían conservado en mesas camillas sus rescoldos, durante los cinco años pasados.

La primera ocasión en la que se reavivará el fuego es el clásico banquete de celebración de la primera República, el 12 de febrero. Los comensales se pueden contar ya por docenas y los manifiestos que ahora se publican, con este u otro motivo, reúnen rápidamente más firmas de las que la Apelación a la República, redactada por Azaña en nombre de su pequeña organización, había podido reunir cinco años antes.

Hay en esos banquetes y manifiestos una lucida y muy proporcional representación de las nuevas clases medias crecidas en Madrid, durante los quince años anteriores. Periodistas, escritores, médicos, abogados, ingenieros, arquitectos... Ninguna actividad falta al pie de los manifiestos que comienzan a aparecer en la prensa.

Pero a medida que pasan los días, los espacios cerrados serán insuficientes para contener esa creciente marea de republicanismo.

Ya en el mismo mes de febrero, el retorno a Madrid del dirigente de la Federación Universitaria Escolar, Antonio María Sbert, es la ocasión de una "imponente manifestación de júbilo", que parte de la plaza de la Independencia, en la que esperaban a Sbert estudiantes madrileños y comisiones llegadas de las demás universidades con banderas y carteles, y se encamina, engrosando sus filas, hasta la Universidad.

En el paraninfo le esperan nada menos que Felipe Sánchez Román, Américo Castro, Luis Jiménez de Asúa y diversas autoridades de la Central, como el decano de Ciencia, el secretario general y el vicerrector, Blas Cabrera. Nunca ningún representante de los estudiantes fue recibido - ni lo será - por personajes de tal fuste.

Vivas a la libertad y a Unamuno y, luego banquete en un restaurante de la Bombilla, con unos mil comensales.

Tres mil, no en esta ocasión comensales, serán los que esperen a Unamuno, vitoreado en la recepción a Sbert, dos meses después, cuando el tren que lo trae del exilio penetre en la estación de Atocha. Una gran multitud lo recibió entre aplausos, - recuerda Alberti, presente en la recepción -, y al grito de viva la República.

Intelectuales y estudiantes culminan así el proceso de su politización que se había iniciado dos años antes con la oposición al decreto de la Dictadura, que equiparaba la enseñanza religiosa a la pública.

Pero lo interesante del caso es que esa politización acabará por arrastrar a quienes hacia 1927 propugnaban el arte puro, deshumanizado, alejado de todo compromiso político. No es accidental que sea Alberti quien haya dejado ese recuerdo, pues él, con otros miembros de su generación, se había mantenido al margen de la política hasta muy recientemente.

Componían, en verdad, un grupo con la conciencia política entumecida, que apenas empezaba a despertarse, - como ha escrito Buñuel -, que recuerda no haber sentido el imperativo de manifestar ninguna conciencia política hasta los años 1927-1928.

Pero cuando comiencen a sentirlo, lo manifestarán con el mismo ímpetu con que durante años se habían entregado a la poesía, al cine, a la conversación, a la juerga.

Las ocasiones de demostrar, con el rechazo de la dictadura la hostilidad hacia la monarquía, se suceden con cualquier pretexto.

Por supuesto, un centro como el Ateneo, que nunca se había decantado por una concreta opción política, se convierte en permanente foco de agitación republicana, sobre todo, desde que una junta directiva encabezada por Azaña, lo presenta de forma explícita como una especie de oposición parlamentaria que, al no poder actuar en un marco constitucional, inicia un proceso público a la monarquía.

Así mismo, a las reglamentarias discusiones de la muy circunspecta Academia de Jurisprudencia llega el nuevo clamor republicano, cuando se puso a discusión la memoria presentada por el joven académico Roig Ibáñez. Todos los abogados de Madrid se volcaron en el salón hasta el punto de que en la calle "el gentío hacía cola para entrar y se hacía forzosa la intervención de la policía".

Ya se comprende que al discutirse de la constitución que necesita España, el embiente en el salón se hiciera "día por día más densamente republicano" y no se encontrara ningún orador que se pronunciara a favor de la monarquía "engendradora de dictadura". Proceso a la monarquía, ambiente día a día más densamente republicano.

No se trata sólo de unas instituciones venerables. Es la ciudad entera la que a partir de los salones que sirven de marco a las conferencias, de los cines y de las plazas de toros que rebosan de asistentes a mítines, de las calles que recorren por culquier motivo las manifestaciones, se hace por días republicana.

Tal vez no haya día más densamente republicano en este continuo crescendo, que el 15 de noviembre, cuando los madrileños se desayunaron, al abrir las páginas de El Sol, con la esperada incorporación de Ortega a las filas de quienes, desde la caída del dictador, se habían definido sin ambages a favor de la República.

En uno de los artículos más brillantes salidos de la pluma del escritot madrileño - y pueden contarse por docenas - Ortega culminaba su ataque al Estado de la Restauración con un "Delenda est monarchia" que habría de hacerse célebre y que arrastraría, además de su salida del periódico, la caída del rey.

Ortega conpletaba así, algo tardíamente, el tránsito de la clase media intelectual y profesional madrileña, llegada a la juventud con el siglo y a la plenitud de su capacidad con la dictadura, desde un reformismo político y social dentro del marco monárquico a la ruptura radical con el Estado, la denuncia de su traición a la nación y la proclamación de la Republica, como única posibilidad de salvación para España.

El mismo día en que Ortega publicaba su resonante artículo, El Sol informaba a sus lectores de los incidentes ocurridos la tarde anterior con ocasión del entierro de las cuatro víctimas del hundimiento de una casa en construcción, en la calle Alonso Cano.

Unos días antes, y coincidiendo con un mal momento de la construcción madrileña, el aumento del paro, el comienzo de la agitación y las manifestaciones contra la falta de trabajo, un edificio - otro más, porque ya el año anterior había ocurrido una tragedia similar - se había venido abajo, sepultando entre los escombros a cuatro trabajadores.

Tuñón de Lara, un joven de la FUE que andaba aquel día por allí, ha recordado que durante el entierro, al que acudieron más de cien mil manifestantes, se produjeron graves incidentes cuando la cabeza del cortejo fúnebre, subiendo desde Atocha y llegada a la plaza de Neptuno, intentó desviar la marcha de las cuatro carrozas hacia la Puerta del Sol, con objeto de llevar al corazón mismo del viejo Madrid la expresión de su protesta.

Guardias de seguridad a caballo cerraron el paso en la Carrera de San Jerónimo y descargaron sus sables y fusiles sobre los manifestantes provocando varios muertos y numerosos heridos. Desde ese mismo día, la clase obrera madrileña dió su espalda a la monarquía y se encaminó irreversiblemente a la República.

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