Fue el vacío creado por el golpe militar, - que se llevó con los partidos dinásticos las viejas opciones reformista y republicana históricas -, el que unido a una clase obrera organizada en su Unión General, a la plétora de vida cultural, de pequeños grupos en torno a personalidades, de instituciones llenas de vida, lo que favoreció que, inmediatamente que se atisbaron los primeros síntomas de debilidad del dictador, surgieran voces clamando por la república.

La proclamación de la República fue en Madrid el resultado de la rápida y creciente ocupación de calles y plazas por aquellas nuevas clases, obrera y profesional, que la monarquía no había incorporado al sistema político constitucional y que, con la dictadura, había acabado por alienar.

Fue, en definitiva, más una cuestión de actitud, de sentimiento colectivo que se propagó incontenible por las redes de la sociabilidad madrileña, que el resultado de un crecimiento orgánico, evolutivo, de una opción política defendida por algún partido republicano que hubiera recibido el creciente apoyo de la población.

La República fue percibida, en Madrid, como una especie de primavera, que llegó sin que nadie la esperase, como un milagro, como un regalo. Es significativo que sus propios protagonistas se refieran siempre a la circunstancia como un advenimiento. ¡Nadie la había traído, pero aquí estaba!.

"Yo no sé si lo hemos hecho nosotros o quién, pero el caso es que por arte de birli-birloque somos República", escribía poco después del 14 de Abril Pedro Salinas a Amado Alonso.

Si hubiera que aplicarle alguna analogía con los procesos de la naturaleza habría que decir que, conviene más a la República la imagen de una repentina inundación, que la de la crecida paulatina de un río. Fue más una ruptura que una transición.

Pues, en efecto, la clase obrera encuadrada en las organizaciones societarias de la UGT y la que integraba, en menor medida, los rangos de la Agrupación Socialista Madrileña, nunca había sido específicamente republicana ni sentido la conquista de la república como objetivo irrenunciable.

Desde el primer número de 1886 hasta que llegaron en 1909 a la conjunción con los republicanos, los socialistas madrileños tuvieron ocasión de leer cada semana, en la primera página de su semanario, al menos uno pero muchas veces dos y hasta tres editoriales dedicados a combatir a los republicanos, que ocupaban en la atención de Pablo Iglesias y su círculo, el privilegiado puesto reservado en política al enemigo principal.

Es cierto que esos ataques a los republicanos se acompañaban, no siempre, de salvedades hacia la República. Los socialistas se presentaban como los primeros convencidos de su necesidad. La República, en el socialismo madrileño, era cosa de la burguesía y la burguesía era el enemigo de clase.

Mejor, desde luego, que el enemigo de clase se mostrara dividido y que uno de sus sectores reivindicara la república como su conquista. Los socialistas les apoyarían, pero con la seguridad y el convencimiento de que no era su conquista, sino en el mejor de los casos, una etapa hacia la futura sociedad sin clases.

Este antirepublicanismo de la primera fase, seguido del republicanismo circunstancial de los años diez, se trocó, en 1919, en una explícita indiferencia hacia la forma política del Estado. El Partido Socialista, a instancias sobre todo de la Agrupación Socialista Madrileña, rompió sus pactos con los republicanos y aunque mantuvo la república entre sus aspiraciones de principio no hizo, en adelante, nada por ella.

La dictadura reforzó una convicción ya profunda entre los socialistas de Madrid: "que la forma política del Estado era indiferente a condición de que en ella pudiera actuar la clase obrera organizada, o sea, la Unión General".

El dictador lo entendió desde el primer día y, aunque declaró fuera de la ley a los partidos políticos y por tanto también al Partido Socialista, tendió una mano a la UGT, a la que convirtió en instrumento de su política laboral. ¡Nunca, como durante la dictadura, habían estado los socialistas madrileños más incorporados al sistema de poder y más lejos de la República!. Y, de pronto, todo eso empieza a cambiar.

Por una parte, los avezados dirigentes sindicales, - los que habían conducido al socialismo por las turbulentas aguas de los años diez, llevándolo a la conjunción con los republicanos y a la huelga general de Agosto de 1817, evitando después la integración del Partido Socialista en la Internacional Comunista y salvando la identidad de la organización obrera sin embarcarse en operaciones conjuntas con la CNT, los que habían colaborado con el proyecto corporativo de Primo de Rivera - comenzaron a mostrar su despego por la dictadura y a manifestarse de nuevo, tras tantos años de silencio, republicanos.

Los socialistas fueron, en efecto, la primera fuerza política y sindical bien organizada que manifestó públicamente, ampliando cada vez más el círculo en que resonaba el eco de sus palabras, su republicanismo.

La costumbre, muy pronto convertida en tradición, de la visita al cementerio el día del aniversario de la muerte de Pablo Iglesias y los actos que se organizaban con tal motivo sirvieron para afianzar la fidelidad a los principios en que se cimentaba el socialismo y para mostrar, a la vez, la opción por la república, que se hará sin reserva alguna, en abril de 1930, con el dictador ya caído, en el marco de otra celebración necrológica, la inauguración del mausoleo que Barral había esculpido en honor de Iglesias.

Día grande, invención de un rito funerario llamado a perdurar en el tiempo y que se acompañará, en algunas de las colaboraciones que El Socialista publica ese día, de la afirmación de la vida eterna de quien años antes había sido calificado por Ortega como "santo laico".

"Ese santo que es Pablo Iglesias vive eternamente en la organización obrera", aseguraba Luis Araquistain, y evocando su figura, con la fuerza que otorga la viva presencia de los muertos, Largo Caballero proclamará que lo único que él quiere en ese momento es república, sólo república.

La opción por la república de los dirigentes sindicales reforzó la posición política minoritaria de quienes, dentro del socialismo pero con vínculos más tenues con la organización obrera, siempre habían defendido la necesidad de un pacto con los republicanos, se habían opuesto a su ruptura y habían venido trabajando, en la más estricta soledad política, por la recomposición de ese pacto durante la dictadura.

No eran madrileños sus más señalados líderes, sino que habían venido a Madrid desde la periferia. El personaje más en vista, amonestado varias veces por la ejecutiva de su partido por participar en los banquetes con los republicanos era Indalecio Prieto, que procedía de Bilbao, pero a sus puntos de vista se acercaron, desde 1929, una selecta minoría de intelectuales que ingresó en el socialismo, impulsada por la razón de que era el único partido republicano existente en España.

Juan Negrín lo afirmará expresamente, para desazón de Julián Besteiro, en un discurso pronunciado en la Casa del Pueblo, como hará poco después el doctor Sanchís Banús, otro de los profesionales que optan en un mismo acto por socialismo y república. Los socialistas, como tantos madrileños del momento, se definen.

Si Negrín lo había hecho ante el reducido auditorio de la Casa del Pueblo y si Largo lo hace en el mausoleo, Prieto lo hará en el Ateneo y ante un público bullicioso que no cabe en el salón y los pasillos y se desparrama por las calles adyacentes.

"Hay que estar con el rey o contra el rey", asegura Prieto, definiéndose con una contundencia expresamente destinada a quienes durante esos días de la primavera de 1930 navegan aun entre las aguas del republicanismo y la búsqueda de alguna fórmula que salve a la monarquía. ¡No caben términos medios ni componendas!.

"No es admisible, desde luego, que Alfonso XIII actúe como si nada hubiera pasado y pretenda restaurar la constitución violada o dirigir el proceso de elaboración de una nueva; pero tampoco hay ya lugar para abdicaciones y regencias".

La fórmula que cada vez se afirma con más vigor es la de un gobierno provisional que instaure una República.

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