Como Castro, también los artífices del nuevo planeamiento legitiman su propuesta en la necesidad de Madrid de ser capital de España.

Pero ahora, con estos nuevos arquitectos y urbanistas, terminan los complejos que dominaron a los pequeños burgueses de 1800, que atribuían la capitalidad a un artificio de la fortuna, convencidos como estaban de la maldad de la elección, de que Felipe II había elegido contra todos los datos de la historia y de la naturaleza la ciudad como escenario de la corte.

Ahora se afirma, sin embargo, que "no por una determinación o por una casualidad" es Madrid capital de España. No, en absoluto. Madrid es capital por su "buena situación en el centro del país, entre el Sur fecundo y el Norte industrial".

Claro está que, para percibir la situación de Madrid como buena, y no como inaccesible capital en el centro de una meseta aislada por montañas casi infranqueables, había hecho falta que Madrid quedara efectivamente en el centro, que estuviera bien comunicada.

Este paso se había dado con el ferrocarril y es precisamente el estudio de los ferrocarriles el que conduce a un ingeniero tan apegado al viejo urbanismo como Nuñez Granés a considerar el problema de la extensión en toda su plenitud, abarcando la totalidad de la región.

No había más que sacar todas las consecuencias del hecho: si Madrid era capital por estar en el centro, carecía de todo sentido que creciera encerrada en un límite circular.

En el Congreso Municipal de la Edificación, celebrado en Mayo de 1923, se recomienda que el futuro plan general afecte a toda la extensión que se proyecte y a los núcleos existentes hasta comprender el interior de la población.

A pesar de vacilaciones y retrocesos, esa será la idea de Madrid, que se abrirá paso también entre los arquitectos municipales, antes obsesionados por la urbanización del extrarradio, y que acabará imponiéndose desde el primer Congreso Nacional de Urbanismo, celebrado en 1926.

Madrid ya no es sólo término municipal, sino centro de una región cuyos núcleos de población deben unirse entre sí y con el centro, en un escalonamiento de grandes anillos circulares que, por las vías de penetración que llegan desde la misma periferia de la península, lo unen con el resto de España.

Y de la misma manera que el Madrid del ensanche y la reforma interior fue la idea en la que se retrataba perfectamente una pequeña burguesía de escasos recursos, en una ciudad dominada socialmente por la aristocracia y por la concepción rentista de la actividad económica, esta nueva idea de Madrid, gestada por intelectuales y profesionales, podría entenderse como resultado de la profunda transformación de la estructura social madrileña experimentada desde principios de siglo.

Tales fueron, en efecto, los cambios más significativos de la estructura social que se perciben en torno a 1920. Madrid se vuelve una ciudad "capitalista" en la que predomina, como actividad económica, la industria de la construcción.

Toda la cuestión consistirá en determinar quién dirigirá el proceso de transformación de la ciudad, de modo que se adapte en su morfología a esa nueva realidad social. Y en este punto, lo fundamental es que ni la clase obrera ni la clase profesional e intelectual, que crecen al ritmo de las obras, se incorporarán a los rangos de la vieja sociedad ni al viejo sistema político.

Por supuesto, en la España de la Restauración tendría que haber ocurrido un cataclismo para que aquellos socialistas, tan abrumadoramente obreristas de principio de siglo, encontraran algo más que un marginal hueco en el parlamento, o en los ayuntamientos, por no hablar ya en recepciones, banquetes y otras manifestaciones del mismo cariz de la sociabilidad burguesa.

La clase obrera, y sus dirigentes políticos y sindicales, era un mundo excluído, situado al margen y nadie, salvo algunos sectores del republicanismo, hizo nada por incorporarlos activamente al gobierno de la ciudad o del Estado.

Pero es indudable que la clase intelectual pudo haberse acercado más decididamente a la monarquía, haberse integrado en los rangos de la nueva nobleza, de extracción burguesa, y haberse incorporado de manera más eficaz al sistema político.

Que pudo haberse realizado lo primero es evidente en los vínculos trabados entre significados personajes de la "espuma madrileña" con los intelectuales y en la propia actitud deferente de no pocos de éstos ante el rey. Y lo segundo habría sido posible si en efecto la opción reformista por la que se inclinaron mayoritariamente en 1913 y 1914 hubiera cosechado algún triunfo. No se produjo ni una cosa ni otra.

El deterioro del viejo sistema de partidos, el declive del republicanismo histórico y la ausencia de cualquier otra opción alternativa explica que el pronunciamiento de Primo de Rivera no tropezara con ninguna resistencia en Madrid y pudiera conseguir su objetivo ante la indiferencia o el beneplácito popular y con la inmediata colaboración en los proyectos laborales del dictador de lo más granado de la dirección obrera madrileña, alejada ya entonces del republicanismo.

Pero también sin que los profesionales e intelectuales opusieran más que algunas aisladas voces de protesta, y no precisamente de las más jóvenes, sino de los políticamente denostados del 98: Unamuno, Valle, entre éstos, Pérez Ayala y un poco conocido Azaña entre los menos viejos, son algunas de las escasas voces que, al alzarse contra el dictador, sentencian también al monarca.

Pero esa indiferencia y hasta complicidad con el dictador se revelará con el tiempo como un arma de doble filo, porque a medida que crezca el despego hacia el dictador subirá también el rechazo de la monarquía.

Bajo el tranquilizador talante de los años de euforia económica, de obras públicas, de vanguardia literaria, de arte deshumanizado, de defensa del no compromiso político, se consuma la distancia entre la institución monárquica y aquel pueblo al que siempre el rey invocaba como fuente última de su legitimidad.

Ciertamente, el tono cultural, literario y artístico de ese Madrid, que viene ahora de las alturas de la Residencia, para nada es republicano. Más bien, los jóvenes se contentan con algún sarcasmo hacia el dictador, algún chiste y mucha risa, mientras exploran nuevos rumbos literarios y artísticos.

El homenaje a Góngora, con toda su carga iconoclasta y los "juegos de agua" antes los muros de la Academia y las paredes de las casas de los honorables señores que habían criticado al poeta, refleja exactamente el alcance de la protesta de los intelectuales madrileños.

La clase obrera, por su parte, después de los años conflictivos que acompañaron el crecimiento económico suscitado por la guerra europea y a la inmediata crisis provocada por la subida de precios, parecía haber entrado en una especie de mar de la tranquilidad, bien organizada en su Unión General, disciplinada, asidua a la Casa del Pueblo.

Hasta que, curiosamente, de este entramado brote, incontenible, un inmenso caudal republicano que acabará por anegar el viejo Madrid, desde Cibeles, embalsándose en Sol hasta llegar al Palacio Real, desalojar a sus egregios inquilinos y depositar en un nuevo gobierno la responsabilidad de hacer otro Madrid, alejado ya para siempre de su función de corte de la monarquía.

No puede entenderse, en efecto, la conversión de Madrid en capital de la República como resultado del crecimiento orgánico, casi natural, de una opción política republicana entre sus clases obreras y medias. Ni la clase obrera, dirigida por los socialistas, era republicana, sino de forma circunstancial, accidental - como lo serán tantos - ni nunca los más destacados representantes de las clases medias habían optado por el republicanismo.

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