Si ese momento particularmente brillante de la literatura y el pensamiento interesa en la historia de una ciudad es porque sirvió, como caldo de cultivo, para pensar de nuevo en Madrid en el marco de una reflexión sobre la cultura y las formas de vida europeas.

Las tendencias casticistas, la búsqueda de un ser profundo, de una esencia de España en la quietud de la Castilla eterna, el desprecio de corte y la alabanza de aldea que late en la obra de la anterior generación del 98, dejó paso a un nuevo interés por Europa alentado por la Junta para Ampliación de Estudios y en el que coincideron, desde muy pronto, madrileños como Azaña y Ortega.

La nueva generación que Luzuriaga denominará por vez primera "del 14" no viajará únicamente al corazón de Castilla o a las alturas del Siglo de Oro en busca de respuestas, sino que saldrá a las capitales de Europa para repensar España desde ellas.

"España es el problema, Europa la solución", afirma rotundo Ortega en el mismo año - 1911 - en que Azaña definía el "problema español" en términos de un desvío de la corriente general de la civilización europea.

Una generación que se había formado o completado su formación en ciudades alemanas, francesas y británicas tenía que percibir forzosamente - como la generación romántica y revolucionaria de los años treinta del siglo anterior - la distancia que mediaba entre aquellas grandes capitales y Madrid.

Una nueva luz impregnó a los intelectuales madrileños cuando se enfrentaron a los fenómenos que constituían la modernidad y las grandes novedades de la época - la rapidez y velocidad de comunicaciones que introducían el automóvil, el avión o el teléfono -, la aparición de las grandes metrópolis y su expresión en nuevas formas de arte, como el cine.

Tal es el origen del primer pensamiento y la trama en que se gesta el primer proyecto de un "gran Madrid". Tan intensa llegará a ser esa nueva mirada sobre la ciudad que ni siquiera el Ayuntamiento escapará a su influjo.

En 1929, decide convocar un concurso internacional de anteproyectos, para la urbanización y extensión de Madrid, que acompaña de una exhaustiva "Información sobre la ciudad", un documento preciso, por ser a la vez un minucioso retrato de la ciudad, tal como había llegado a ser desde el Plan Castro de 1860 y una llamada a resolver los problemas que aquel Plan había provocado o no resuelto.

Los técnicos municipales distinguen en 1929 tres grandes zonas perfectamente diferenciadas: el "Interior", con un área de 7,77 millones de metros cuadrados; el "Ensanche", que ocupa 15,16 millones y el "Extrarradio", que se extiende por otros 43,81 millones.

En el "Interior", los técnicos identificaban cuatro núcleos, de los que el central aparecía dividido en tres zonas que reunían, - en un limitado espacio urbano -, las más dispares actividades comerciales, industriales, financieras o de ocio y a los más diversos sectores sociales.

Había, ciertamente, algunos grandes almacenes, pero unos metros más abajo abundaba un miserable comercio callejero, al que acudían a abastecerse desde todos los puntos de la ciudad.

La Puerta del Sol, corazón de este núcleo, estaba a un paso de los grandes bancos y de las sedes centrales de numerosas sociedades anónimas, pero no quedaba lejos de los talleres y tiendas en que se afanaban impresores, chamarileros, joyeros, modistas o carreteros. Las vías que cruzaban el núcleo comenzaban a sentirse atiborradas de automóviles, autobuses y camionetas, pero no era raro ver en ellas a los mulos tirando de carros.

Los oficinistas, empleados y dependientes que salían a tomar su café con leche en alguno de los 166 cafés y cafés-bares de la zona, podían tropezarse en su camino con los directivos de las más importantes sociedades anónimas, los financieros de mayores recursos, los políticos de más renombre, pero también con una nube de pobres y mendigos, con los vendedores de "corbatas a peseta" o con el obrero que todavía bajaba a la calle desde su vivienda, en alguna buhardilla de la calle de Alcalá.

Quedaba todavía mucho dependiente, mucho obrero y mucho artesano viviendo en este centro de Madrid y este hecho, añadido a la atracción que el comercio ejercía sobre toda la periferia, es lo que daba a la zona su singular carácter popular.

El segundo gran núcleo del interior era todo lo que quedaba al sur del primero, bajando por la calle de Segovia, la Cuesta de las Descalzas y pasando por las rondas de Segovia, Toledo, Valencia y Atocha, para desembocar en Puerta Cerrada.

Una gran variedad típica definía a estos barrios llamados "bajos" por la declinante pendiente del terreno hacia el Manzanares, pero también por la altura de las clases que los habitaban, con calles de "mezquino caserío" y de "aspecto poco decoroso", en las que abundaban posadas, paradores y casas de dormir para la población forastera de escasos medios.

Eran los barrios de más alta mortandad porque a las pésimas condiciones generales de la vivienda se añadía la gran abundancia, todavía en 1930, de fosas sépticas y pozos negros.

En sus calles alternaban - como describe Hauser - "una posada con una taberna, luego una barbería, más allá un alabardero junto a un herrador, enfrente de un bodegón o de una espartería, ..."

Era frecuente encontrar a la pequeña industria en los pisos de vivienda, lo que daba a toda la zona una nota de "vida intensa de trabajo", muy lejos del tercer núcleo que ocupaba la zona occidental del interior, con las grandes arterias, los más importantes edificios oficiales, los palacetes y edificios de viviendas burguesas, los museos y bibliotecas, los bancos, teatros, casinos, hoteles, cafés y bares de más alcurnia.

Además del comercio de gran lujo, aquí es donde más se había construido para que la "clase acomodada" dispusiera de viviendas a la altura de su condición.

Pegado a este núcleo por su parte oriental, ese otro Madrid "célebre en hechos de los chisperos", con calles "famosas por los prostíbulos de ínfima categoría" y en las que abundaba la vivienda de empleados, pequeños industriales y estudiantes. El carácter apacible y acogedor de sus calles no se reñía con la procacidad de algunas de sus esquinas.

Sobre la vieja ciudad, popular en el centro, baja en el sur, aristocrática en el este, media en el norte, se había ya superpuesto, a la altura de los años treinta, - rompiéndola y transformando su carácter - una nueva ciudad cuyas características especiales concuerdan con las propias de todas las ciudades, - en los comienzos de su industrialización -, a la búsqueda de una zona funcional y social.

Lo notable fue que en Madrid esa nueva ciudad tardó decenios en arrancar porque su proyecto nació sin que, simultáneamente, se multiplicara el tipo de industrias que constituyen el fundamento económico de las ciudades industriales.

De ahí que costara tanto tiempo, y alguna ruina, que los madrileños se decidieran a ocupar la zona identificada por los técnicos - el Ensanche-, que había crecido "pequeño".

Se identificaba una zona nororiental ocupada por gentes que, "sin ser acaudaladas, tenían medios económicos desahogados", otra noroccidental para "clase media de limitados recursos" y otra, en el sur, - donde se habían establecido, por la proximidad del ferrocarril y por su creciente especialización industrial - obreros, artesanos y modestos empleados.

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