





La primera de todas las necesidades de
Madrid, una vez victoriosa la revolución, es asegurar el orden público
y ofrecer al vecindario, al capital, al comercio y a la industria sólidas
garantías, procurándose medios de montar una buena policía
urbana, teniendo elementos para realizar mejoras efectivas.
Fernández de los Ríos, que
fiaba a la revolución la posibilidad misma de la transformación de
Madrid, no insistía menos en la necesidad del orden, como si quisiera
condensar en su propuesta urbanística el doble contenido de los
movimientos populares madrileños. ¡Revolución
con orden!.
La autoridad soberana de la revolución
debía manifestarse inmediatamente, antes de que la resistencia burocrática
pudiera contrariarla, en actuaciones rápidas que pusieran las bases del
futuro Madrid.
Pero esa urgencia y la radicalidad de las
medidas propuestas, no podían aparecer reñidas con el orden.
Actuar con rapidez y actuar con orden es la sustancia del proyecto que convertirá
a Madrid, por vez primera, en una "Capital digna de
la Nación, digna de España".
Aunque en ocasiones pueda transmitir otra
impresión, el proyecto revolucionario de transformación de Madrid
no pretendía hacer tabla rasa del pasado para comenzar desde cero, sino
proceder a todas las demoliciones que fuesen necesarias - y no eran pocas
- con objeto de abrir espacio a las grandes y urgentes reformas de la
ciudad.
Fernández de los Ríos, a quien
el Ayuntamiento había llamado de París para que se hiciera cargo
de la Concejalía de Obras, trajo de su largo exilio idéntica
impresión y el mismo propósito acariciado, antes que él,
por Mesonero, y que sentirá, después que él, Azaña.
París es de nuevo, y será
siempre, el espejo en que los madrileños, viajeros como Mesonero,
exiliados como Fernández de los Ríos o becarios para ampliar
estudios como Azaña, contemplan su ciudad y les obliga a cambiar su
mirada. Revolución política y nuevo orden social, derribo de
conventos y construcción de suntuosos edificios, magnificencia y
racionalidad.
Ante esas actuaciones quirúrgicas,
todo lo realizado en Madrid no pasaba de ser remedio casero, incapaz de devolver
la salud al enfermo. Era preciso llevar a la ciudad a la mesa de operaciones.
Con el París del Segundo Imperio como
modelo de la gran capital que deseaba para España y con el plano de
Madrid desplegado sobre la mesa de trabajo, Fernández de los Ríos
no se anduvo con remilgos a la hora de elaborar la lista de edificios condenados
al derribo. Iglesias y capillas ocupaban lugar privilegiado, pero los cuarteles
tampoco quedaban a la zaga.
Una sola de las muchas actuaciones previstas
exigía, como medida urgentísima, la demolición del convento
del Carmen, de la iglesia de San Luis, del Monte de Piedad, de las Descalzas
Reales, de San Martín, de Santa Catalina de los Donados y de Santo
Domingo.
Pero que nadie, - advierte el
reformador - se sorprenda por la magnitud de la empresa, pues al derribar
los vetustos edificios, los solares, desnudos de casas y limpios de escombros,
nivelados y cortados por calles y plazas, doblarán su valor.
Tal es, en resumidas cuentas, el meollo
urbanístico de la revolución con el orden. Los derribos
- escribe Fernández de los Ríos - enriquecen.
Lo que pudiera haber de revolucionario en el
primero de los postulados - hay que proceder inmediatamente a las
demoliciones - se vuelve perfectamente burgués y capitalista en el
segundo, con objeto de que los solares multipliquen su valor.
Los tiempos han cambiado, las ciudades no
son más que aglomeraciones de hombres que viven en actividad y que están
dispuestos a pagar el doble si para producir, para cambiar, para circular, para
gozar no encuentran en su camino obstáculos ni embarazos.
La ciudad obtiene así espacio para
facilitar la velocidad, que es la mejor manifestación de la nueva riqueza
liberada por la revolución.
Expropiar para demoler, demoler para
incrementar el valor del suelo, ya que, cuando tal suceda, las calles se
construirán solas. No podía definirse con más economía
de argumentos toda la sustancia de la revolución soñada por Fernández
de los Ríos y sus amigos progresistas.
Es significativo que, a la llegada al poder
municipal de un político demócrata como Nicolás María
Rivero, corresponda el intento de llevar a la práctica la idea de capital
de la Nación que había germinado en la cabeza de un revolucionario
de los años cincuenta.
Escritor y periodista, fundador y director
de diversas publicaciones, representante de esa clase media profesional que,
como el nuevo alcalde, se había abierto paso en Madrid por la pluma, la
prensa, la abogacía o la política - o por todas ellas juntas
- y que siente llegada la hora de actual quirúrgicamente sobre los
restos de la vieja ciudad conventual y palaciega, abandonada a su suerte por el
partido moderado.
Ningún lamento por lo mucho que sería
preciso derruir. Toda aquella relación de conventos e iglesias no era
nada cuando se comparaba con las calles rectas y largas, con los mercados y los
ensanches que su destrucción permitía, con la rapidez de
movimientos y mercancías, con la prosperidad que su nuevo valor
anunciaba.
Nada de reformas interiores, pequeñas
y tímidas, como las propuestas hasta entonces y, sobre todo, las
contenidas en el plan Castro. A cada bloque de edificios demolidos corresponderá
una calle prolongada, una plaza abierta, un trazado alineado. Calles amplias,
monumentales, rebosantes de árboles y jardines, que comunicarán
los edificios representativos, símbolos de la nueva capitalidad de la
Nación.
Primero había que buscar nueva
ubicación a las mezquinas sedes de no pocas instituciones oficiales,
entre otras, al mismo Ayuntamiento, que por su tradicional carácter de
"corporación servidora de los reyes"
había puesto a disposición de la Corona suntuosos edificios,
mientras él permanecía en la Casa de la Villa.
Luego, una vez ocupados los dignos
edificios, era preciso comunicarlos entre sí por medio de calles no menos
representativas de la nación digna.
Así se recuperó el viejo
- de más de un siglo - proyecto de unir con la prolongación
de la calle Bailén, el Palacio Real con San Francisco el Grande,
propuesta sede de Panteón Nacional de Hombres Ilustres.
A la vez que de edificios símbolos de
la nación, Madrid dispondría así de grandes y rectas
avenidas que permitirían una circulación rápida y una
amplia perspectiva.
Demolidos los conventos y expulsada la
dinastía que había convertido la ciudad en mera Corte, sin
referencia a la nación, la idea de Madrid emerge aquí con toda
claridad y sin reserva alguna ligada a un nuevo sentimiento nacional que
encuentra en la capital el lugar de su sede simbólica, política y
administrativa. Su nuevo centro de poder.


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