"Ha pasado en Madrid - lamentaba Fernández de los Ríos - lo que le ha pasado a España entera. Que sesenta años de agitación tímida no le han proporcionado las consecuencias de una revolución salvadora".

La aristocracia, como ya se ha visto anteriormente, no podía transformar una ciudad que ella, junto con la Iglesia, habían modelado a su imagen durante los siglos XVII y XVIII. En el siglo XIX el tiempo ya había pasado para una eficaz intervención monárquica o nobiliaria en la ciudad.

La clase media ascendente, la de los comerciantes adinerados, no se mostró interesada en construir una nueva ciudad de espaldas a la nobiliaria, sino en aprovechar el espacio arrebatado a los conventos o comprado a los nobles para construir, allí mismo, sus propios palacios o para garantizarse una renta construyendo edificios de alquiler.

Quedaba el pueblo, y el pueblo, desde 1808 hasta 1868 vivió sesenta años de agitación - nada tímida, por cierto, sino vigorosa y persistente - que tampoco significaron para la ciudad una revolución salvadora.

El pueblo, pero... ¿qué o quién era el pueblo?

Si se lo percibe a través del lenguaje de la época, "pueblo" era todo lo que no pertenecía a los rangos de la grandeza, vieja o nueva.

Por arriba, quedaban fuera de la denominación la aristocracia, todavía gran propietaria de tierras y los grandes comerciantes, especialmente si se dedicaban al comercio del dinero, si eran prestamistas o tenían una casa de banca.

Esto último, incrementaba decisivamente la probabilidad de emparentar, por matrimonio de sus hijos, con la nobleza titulada o pasar directamente a sus filas, haciéndose conceder un título.

Sin duda, entre los que ya habían entrado en la sociedad y "el pueblo" propiamente dicho existía un terreno fluido, transitado por individuos de clase media, que no eran ni una cosa ni otra y que por lo general, habían dejado ya o estaban a punto de dejar de ser la una para acercarse a la otra. Alejados del pueblo, pero no admitidos aún en las filas de la grandeza.

Por abajo, en los márgenes exteriores, a veces dentro, - pero inmediatamente que la acción en la calle continúa y amenaza con desbordarse en violencia, que nadie es capaz de controlar fuera - todo ese mundo, tan abundante en Madrid, que algunos liberales de los años treinta llamarán "populacho".

Son las "turbas miserables" que Ayguals de Izco presenta alborozadas cuando reciben a Fernando VII, que entra para recuperar su poder absoluto. Esa "plebe" que Martínez de la Rosa temía dispuesta a abrazar la causa de la reacción contra la Reina Niña y que en 1834 se conduce, a los ojos del embajador inglés, como "la peor canalla de Europa".

Este "populacho" de los años veinte y treinta no es distinto, en su composición, de lo que por los últimos años cuarenta y los cincuenta aparece en esa misma literatura como "turbas ya en sazón de convertirse en masa y que, al abrigo de las alteraciones del orden y las revueltas políticas se entregan, ya que no a la causa del absolutismo, sí al incendio, al crimen y al pillaje".

El "pueblo", es el que no duda en ofrendar su vida por la causa de la libertad en la barricada. "Turba" es la que saquea y quema cuanto halla a su paso.

Ni que decir tiene que pueden tratarse de las mismas personas físicas, que se constituyen en "pueblo" cuando su acción tiene determinado contenido político y en "turba", "plebe", "canalla", "populacho", cuando el contenido cambia hacia la pura destrucción.

Nunca se consideró "pueblo" a toda la ingente masa de pobres y mendigos, que llenaba con su presencia las calles de la ciudad para bochorno de los honrados y buenos artesanos y burgueses, que habrían deseado pasear sin tropezar continuamente con ellos.

Algo se hace, efectivamente, para quitarlos de la vista, pero la persistencia de los lamentos sobre la multitud de pobres que lo invaden todo, y el mismo hecho de que su presencia llamara tan vivamente la atención de los viajeros extranjeros procedentes de ciudades en las que la mendicidad formaba parte también del paisaje urbano, indica, que las políticas encaminadas a suprimir de la vista a los mendigos tuvieron efectos muy limitados.

Madrid permanecerá durante todo el siglo - y buena parte del siguiente - como una ciudad rebosante de pobres y el honrado y laborioso "pueblo" tendrá que realizar esfuerzos suplementarios para no ser confundido con ellos.

Excluida la grandeza vieja y nueva, la plebe o turba miserable y los pordioseros y mendigos, "pueblo" es o quiere ser todo lo demás.

Por abajo, su última escala estaba integrada por quienes se ganaban dura y escasamente su pan con un jornal, normalmente en los oficios tradicionales, en los que el trabajador compartía a veces comida y habitación con el artesano, para quien ser propietario privado de sus medios de producción no implicaba en absoluto pertenecer a una supuesta clase burguesa.

Herreros, zapateros, taberneros, carniceros, caleseros, maestros de obras, albañiles, tratantes de hierro, trapo, papel, sebo o pieles. De todos esos oficios procedía, hacia mediados de siglo, la parte más sustantiva del pueblo de Madrid, sin que se hubiera producido una clara diferenciación social entre los propietarios de los pequeños negocios y sus asalariados.

Tal es el "pueblo" por antonomasia, el de los artesanos y jornaleros con trabajo fijo aunque, como se verá, para que demostrara serlo requería participar, por lo menos hasta 1868, en acciones de las que, generalmente, no asumía la dirección aunque sí la carga, sobre todo de sangre.

Pues, en efecto, "pueblo" será, ante todo en el siglo XIX, un sujeto político que evoca inmediatamente acontecimientos políticos. No cualquier acontecimiento sino aquellos en los que la presencia y participación activa de multitudes en las calles resultaron determinantes para cambiar lo que se llamaba "la situación".

Entendiendo por tal, habitualmente, un gobierno de carácter absolutista o, más adelante, moderado, pero pudiendo abarcar también el derrocamiento de un monarca y hasta el fin de una dinastía.

"Pueblo", en esta acepción política que es la suya, la que más le conviene cuando de él se habla o a él se destinan manifiestos, es el "pueblo del año 12, del 20, del 23; pueblo de Muñoz Torrero, de Riego y de Argüelles" al que Juan Prim felicitaba, tantos años después, por su iniciativa y resolución, mostrada una vez más en 1868, derrocando un trono, sin liquidar en el mismo impulso la constitución monárquica del Estado.

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