También pretende cambiar la mentalidad potenciando la dignidad del trabajo, único medio según la filosofía ilustrada, de hacer prosperar a la nación. Introduce la libertad de precios y contratación pero no puede luchar contra la realidad: el 70% de las tierras son de una oligarquía sin imaginación ni visos de cambiar de modelo económico.

De otro lado, el estamentalismo se basa en la inmovilidad de la propiedad, que no se puede vender o enajenar, aunque esté sin explotar. En cuanto a la producción, choca con el gremialismo, sistema cerrado que no entiende de iniciativa personal ni de competencia.

Donde más se nota la huella de Carlos III y de su hijo, continuador de su labor, es en el comercio y en las obras públicas. Acaba con el monopolio gaditano del comercio con América, abriéndolo a todo el país y sobre todo a Cataluña, que despunta como potencia textil arrebatando mercados a Gran Bretaña.

Las sederías valencianas igualan a las de Lyon, la industria naval prosigue el incremento comenzado con Fernando VI, se rebajan y anulan en algunos casos los aranceles, se repueblan amplias comarcas andaluzas con colonos alemanes, se intenta adecentar la red viaria y portuaria, se apoyan las artes y la arquitectura y se fomenta la investigación cinetífica.

Nacen las Sociedades de Amigos del País, promotoras de actividades culturales y económicas, se incentiva la labor del Monte de Piedad, institución creada bajo Felipe V que presta dinero a cambio de mínimas garantías personales, ...

Carlos IV no desatiende el progreso sino que lo apoya en muchos casos. Pero el reinado de este monarca es más conocido por su situación conyugal, que hace de Manuel de Godoy un simple amante de la reina olvidando su labor gobernante, nada despreciable.

El hijo de Carlos III no tiene grandes aptitudes políticas, prefiriendo ocupar su tiempo en la caza o en la artesanía, pero al menos deja manos libres a su valido para ocuparse de los asuntos de Estado.

Godoy hace lo que puede. Hasta que Napoleón entra en escena, la postura de contemporización con Francia y la oposición a Inglaterra no se puede decir que fuera descabellada.

Pero la derrota de Trafalgar (1805), debida tanto a la inoperancia del mando como a la superior tecnología de los navíos ingleses, y a la mayor inteligencia del futuro emperador francés, degeneran en un entreguismo apoyado por las clases dirigentes, desarmadas ideológicamente ante el cariz de la Revolución Francesa.

El Madrid anterior a 1808 no entiende de situaciones globales sino de los rumores sobre la insaciable pasión de la reina. El caso de Manuel Godoy, hidalgo de Castuera (Badajoz) y guardia de Corps, es uno de tantos del regimiento palaciego.

Antes que él, pasa por la cámara real su hermano mayor Luis y un número no precisado de oficiales y clase de tropa, amén de nobles más o menos encumbrados, que llaman la atención de María Luisa de Parma.

La reina no es un cánon de belleza. El embajador ruso la describe, hacia 1789, como "ajada por los partos y las enfermedades, de tez verdosa y casi sin dientes, reemplazados por piedras preciosas que la causan innumerables molestias en las comidas, que hace en solitario".

En cuanto a sus preferencias íntimas, parecen inclinadas al masoquismo, por el trato que recibía de sus amantes.

El embajador frances, relata que Godoy la trataba como "ningún soldado borracho se hubiera atrevido con una mujerzuela embriagada", mientras que otro de sus incontables amantes, un alto funcionario llamada Mallo, solía propinarla puñetazos y patadas, dejándola encerrada en cierta ocasión en su dormitorio.

Es difícil creer que Carlos IV desconociera estos extremos. Más bien habría que pensar que le eran indiferentes, aunque nunca hizo gala de saberlos.

De hecho, cuando exiliado en Roma ve morir a su esposa, no tarda más de dieciocho días en seguirla a la tumba.

Afecto hacia ella y aprecio a Godoy, de quien decía que era su más íntimo amigo, pudieron llevarle, junto a su sentido de la dignidad regia, a obviar una situación que era piedra de escándalo de los mentideros cortesanos.

Imágenes:

- Plano de Madrid a comienzos del siglo XVIII.

- Pequeños propietarios del siglo XVIII. El hombre lleva peluca y casaca larga, antigua prenda militar francesa, que acaba convirtiéndose en prenda civil.

- Pequeños propietarios del siglo XVIII. La mujer lleva mantilla y un vestido que deja entrever la moda del siglo XIX.

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