Carlos III llega a Madrid en octubre de 1759 procedente de un reino, el napolitano, que ha conseguido por medio de las intrigas de su madre, y que es verdadera escuela de gobernación por su complejidad y contrastes. Le acompañan su esposa, María Amalia de Sajonia, fumadora empedernida que morirá un año más tarde, y sus hijos, nacidos en Italia.

El nuevo rey tiene amplia experiencia política, una vasta cultura y, sobre todo, una visión precisa de sus líneas de actuación. En contacto con el pensamiento europeo, continúa el reformismo de Fernando VI con el convencimiento de que es el único camino para un país tan atrasado como España.

Pero pronto choca con los atavismos. Al revés de lo que se cree, Carlos III no fue un monarca popular. Su laicismo e innovaciones concitaron a su alrededor una atmósfera hostil fomentada por la Iglesia, abanderada de la defensa de una supuesta tradición encubridora del miedo al cambio que caracteriza al régimen estamental conforme corre la centuria.

El primer roce serio se produce en el séptimo año de su reinado (1766) con motivo de un decreto promulgado el 10 de marzo por inspiración de su ministro italiano Leopoldo de Gregorio, marqués de Esquilache, regulando el vestido según categorías sociales y acortando los sombreros y capas para atemperarlos a la moda europea.

Un pretexto tan fútil se convierte en causa de un motín. La imposición de vestimenta sienta mal en una opinión pública manipulada por sectores del clero que, encubiertamente, se aprovechan de los efectos de la desastrosa situación económica - sequía desde 1760, carestía del aceite, jabón y pan, escasez de alimentos de primera necesidad - para oponerse a la política del monarca.

El levantamiento madrileño cunde con menor virulencia en Cuenca, Zaragoza, Palencia y en algunas localidades navarras, catalanas y andaluzas alertando al rey de los verdaderos fines de la protesta. Antecedentes no le faltan.

En Nápoles. hubo de pactar con la Iglesia la elaboración de un censo de sus bienes porque ésta se valió hasta de una erupción del Vesubio para demostrar que la medida no era del agrado de Dios.

El motín de Esquilache le llega con experiencia sobrada.

Como muestra de buena voluntad expulsa a su ministro pero desatiende el resto de peticiones se le exige, entre otras cosas, que no haya ministros extranjeros en el gobierno, que se abaraten los precios de los combustibles, se suprima la Junta de Abastos, se retiren las tropas a sus cuarteles y que el propio rey se comprometa a satisfacer las demandas.

Frenada la reacción, la moda hace el resto. En cuanto la aristocracia comienza a usar el sombrero de tres picos y la capa corta, su uso se populariza olvidándose el levantamiento.

Al año siguiente toma la decisión más controvertida de su reinado: el extrañamiento de la Compañía de Jesús, monopolizadora de la enseñanza en los estamentos oligárquicos.

El fenómeno jesuita preocupa a las casas reales europeas. Protegidos del Papado e independientes de la jerarquía eclesial, su riqueza conseguida explotando inmensos territorios en Brasil y Paraguay les confieren un poder en franca competencia con el de las Coronas, que tienden a hacer prevalecer su autoridad sobre la Iglesia.

A su crecida impopularidad se suman las críticas de la orden agustina, envidiosa de su proximidad a la cúpula civil y de sus privilegios. Contra lo que pueda parecer, la oposición a la expulsión fue más testimonial que real. Hubo incluso ciertas diócesis de Navarra, Aragón y Cataluña que, aunque acogieron a los expulsados, les prohibieron confesar, decir misa y predicar.

España lo que hace es secundar a países como Portugal, Francia, Austria, Parma y Nápoles, que toman la misma decisión casi a la vez. Con los bienes de la Compañía se crean instituciones docentes, de espíritu liberal, y se realiza la necesaria reforma de la enseñanza, potenciando las disciplinas científicas.

Carlos III no es, a pesar de librar este pulso, ningún revolucionario. Deja sin tocar las estructuras de propiedad y no vuelve a molestar a la Iglesia. Religioso ferviente, viudo desde los 44 años, combate la sexualidad durmiendo en cama dura y paseando descalzo por su cámara en las interminables noches.

No se le conocen amantes porque seguramente no las tuvo. En sus costumbres también era austero. - Se desayunaba con dos vasos de chocolate y almorzaba sopa, un huevo fresco, un trozo de asado, ensalada y una copa de vino dulce canario -. Su labor reformadora es importantísima, aunque haya una gran distancia entre intenciones y resultados.

Acaba la modernización de la administración proseguida por Fernando VI creando cinco ministerios - de Estado o Asuntos Exteriores, de Gracia y Justicia, de Hacienda, de Guerra y Marina y de Indias - y seis Consejos, doce Capitanías Generales denominadas "Reinos" al frente de virreyes y treinta y dos Intendencias o provincias encabezadas por intendentes o gobernadores civiles.

Imágenes:

- Motín de Esquilache. El pueblo de Madrid se levanta contra la orden del Marqués de Esquilache, ministro de Carlos III, al prohibir, por motivos de seguridad, los sombreros de ala ancha y las capas de largo embozo.

- Moda anterior al edicto de Esquilache. El atuendo del hombre daba lugar a múltiples confusiones en caso de reyertas, por no dejar más que los ojos al aire.

- Moda anterior al edicto de Esquilache. La mujer lleva una toquilla, jubón pequeño y falda con volantes.

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