Siempre que pudo, Felipe V evitó el Alcázar por la antipatía que le producía el edificio, prefiriendo el palacio del Buen Retiro o los palacios de la aristocracia.

Durante la Guerra de Sucesión estuvo poco tiempo en la Villa, incómoda, sucia y en uno de sus momentos más bajos. Olvidándonos de las residencias de la nobleza y de los conventos e iglesias, de poco interés, el casco urbano no es nada ejemplar.

Las calles de Madrid son empinadas, llenas de baches, malolientes, repletas de gente armada desocupada, criados sin casa a la que servir, haraganes hambrientos, mercados mal abastecidos, escasez de productos básicos, ...

Un observados escribe: "Los madrileños han aprendido el estilo de los topos. La mayor parte de sus casas no son más que de tierra, a manera de toperas de un solo piso. En aquéllas contruidas, la mula que llevó los ladrillos tiene tanta parte en la gloria como el arquitecto".

Acabada la contienda el panorama no varía ostensiblemente. Mesoneros Romanos (1803 - 1882) recoge un comentario del reinado de Fernando VI que dice que ... "Madrid, es la Corte más sucia de Europa". Un chascarrillo anónimo dice que ... "Carlos III supo que se acercaba a Madrid por la pestilencia ambiental".

La capital de mediados del XVIII es muy parecida a la de Felipe IV. La cerca o tapia levantada por este monarca en 1625 se mantiene en pie, constriñendo el crecimiento urbano y fomentando la especulación. Es en esta época, cuando se comienza a construir casas de pisos hacinando al vecindario y variando el humor y talante madrileños, hasta entonces muy dados a la bulla.

El fraccionamiento y precio de los solares alcanza cotas increíbles. El pie de terreno en las cercanías de la Plaza Mayor cuesta 88 reales, 12 en la Puerta del Sol, 4 en la calle de Alcalá, 5 en la calle de Atocha, 4 en la de San Bernardo y 1,5 en los aldeaños de las puertas de Alcalá, Atocha, Segovia o Toledo.

Al seguir en vigor la "regalía de aposento", las casas grandes son contadas por la obligación de hospedar funcionarios o soldados en los pisos superiores, aunque el servicio se pueda suplir por una cantidad monetaria.

Las "casa a la malícia" proliferan tanto que llegan a constituir las dos terceras partes de la ciudad, contando con que el tercio restante incluye conventos, monasterios, iglesias, hospitales y mansiones nobles.

El urbanismo sigue desconocido. Calles desniveladas, manzanas contrahechas e informes, fachadas sucias y desconchadas, plazuelas ínfimas, sin empedrado ni alcantarillado y mucho menos sumideros.

Las basuras e inmundicias se arrojan desde las ventanas, haciendo caso omiso de las ordenanzas. Los viales son estercoleros sólo aliviados cuando llueve y el agua se lleva los detritus.

El alumbrado público es una burla, porque se entiende como tal las velas encendidas a alguna imagen o Cristo callejero y los escasos puntos de luz de los palacios. Ya nadie se acuerda de poner luminarias en las ventanas, por no gastar en cera.

Los cortejos nocturnos llevan hachones que se apagan en cubos colocados a la entrada de las casas, para evitar el ennegrecimiento de las paredes interiores y el peligro de incendios. Las fuentes públicas, pocas, apenas tiene caudal.

Los mercados son tinglados de cajones y maderos radicados en la Plaza Mayor, la de la Cebada, Antón Martín y la Red de San Luis, además de puestos callejeros desperdigados por la ciudad, que venden de todo, menos los productos básicos - pan, carne o pescado -, expedidos en estancos, que implican desplazamientos considerables y el pago de tasas de abastos.

La inseguridad ciudada es notable. Salir de noche significa hacerlo armado y en compañía. La aristocracia, desplazada en sillas de mano, tiene escoltas abriendo paso para repeler a los ladrones y desheredados, que acechan en la sombra.

El gobernador militar de Madrid, conde de Maceda, que inaugura dignidad instituída por Felipe V, se queja de la lobreguez nocturna auspiciadora de tanto robo, asesinato y lascivia como hay en la Corte, añadiendo que, caído el sol, no hay manera de distinguirla de una vulgar aldea, a diferencia de lo que pasa en otras ciudades europeas, abundante en luminarias.

Razones no le faltan, porque como bien dice, "es hasta vergüenza que por descuido nuestro habite el soberano el pueblo menos limpio de los suyos". Sin embargo, Madrid no es diferente de Londres o Roma en ladrones, mendigos y hedor callejero. Hay médicos que hasta defienden el amontonamiento de basuras diciendo que el aire de Madrid es tan "fino", que hay que filtrarlo con ellas.

Los accesos exteriores son otro calvario. Mesoneros Romanos los califica de "obra de ánimos verdaderamente heroicos" por su peligrosidad y mal trazado. Las cuestas que conducen a Palacio, entonces en construcción, las de la Vega, Vistillas o del puente de Toledo, son sólo accesibles por gente animosa y en forma física.

La salida por Atocha tampoco es mejor, por el mal estado del firme y el Paseo del Prado es un arroyo pestilente, lleno de excrementos e inmundicias. Las cercanías de los hospitales son un catálogo de carroñas en putrefacción y el camino a la iglesia de Atocha es casi impracticable, a pie o a caballo, por los cascotes amontonados.

Las calles empedradas son tan incómodas como las que no lo están - aproximadamente el 50% - por la costumbre de poner las piedras con las puntas hacia arriba, para evitar su rotura y desgaste. Como tampoco se labran ni se engarzan, basta que una se desplace, para que todas lo hagan, abundando la caída de personas y el vuelco de vehículos.

Al maremágnum de carros, coches, mulas, sillas de manos y gente cargada se agregan las numerosas piaras de cerdos del convento de San Antonio Abad, que se alimentan libremente por las calles de la Corte gracias a un real privilegio ratificado varias veces por la Audiencia y Sala de Alcaldes, a pesar del rechazo del vecindario.

Los perros son plaga. Jaurías incontroladas que lo mismo persiguen a los cerdos que azuzan a las bestias de tiro causando accidentes y levantando la protesta de la jerarquía eclesiástica, porque procrean en público con la consiguiente ofensa a la moralidad.

En tiempos de Fernando VI se obliga a apilar la basura en los portales en vez de tirarla a la calle, pero lo más que se logra es reunificar los focos hediondos e insalubres en puntos concretos, a la espera de que, una vez a la semana, los retiren los labradores que vienen a vender su mercancía a Madrid. Por lo demás, poco cambia hasta el siglo XIX.

El bullicio de niños jugando a dreas y cantazos, los animales de granja - cabras, gallinas o pavos - triscando libremente, los vecinos obstaculizando el paso al formar tertulias veraniegas en plena calle y encendiendo el brasero o asando castañas en invierno, las riñas por un plato de sopa a la puerta de asilos y hospitales, y sobre todo, la miseria galopante, que a nadie importa, pero que es la principal nota de la vida ciudadana.

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