El Banco de España, que simboliza el nuevo papel de Madrid como capital financiera, nuevas construcciones para dependencias gubernamentales como el imponente Ministerio de Fomento, instituciones decentes, desde la singular Escuela Superior de Ingenieros de Minas y la de Ingenieros Industriales hasta las escuelas Aguirre, edificios para auxiliar a los enfermos, como el hospital del Niño Jesús.

Atender a los menos desfavorecidos por la naturaleza, como la Escuela de Sordomudos y Ciegos, encerrar en condiciones menos deplorables a los presos, como la Cárcel Modelo o enterrar más dignamente a los muertos, como el cementerio de la Almudena.

Y puesto que el viejo orden se había restaurado, nada mejor que iniciar, por fin, las obras para una catedral, también bajo la advocación de la Almudena, de la que se construye la cripta; proveer a la educación del clero con un Seminario Conciliar, y levantar nuevas iglesias, como las de San Andrés de los Flamencos y San Fermín de los Navarros.

Los palacios de Cristal y de Velázquez, en el Retiro; una nueva Plaza de Toros en Felipe II; el teatro de la Princesa; el Circo Price y el frontón Beti-Jai son construcciones que, además de contribuir al ornato de la capital, sirven al ocio de sus distintas clases sociales.

Se comprende que, para mantener esta actividad edificatoria, a la ciudad no vinieran sólo, ni principalmente, profesionales e intelectuales. Además del servicio doméstico, que es la categoría que más abunda, Madrid es foco de atracción de jornaleros que llegan en busca de trabajo.

Y esa riada de inmigrantes, más que palacetes nobiliario/burgueses y los edificios capitalinos, será lo que determine la futura configuración urbana, pues ante tal avalancha, las casitas de una planta en los arrabales y los sotabancos en el interior o en el ensanche, son insuficientes, por no hablar de las menesterosas construcciones de los barrios bajos.

Los inmigrantes, sencillamente, no tienen dónde meterse. En el interior no quedan espacios libres, y en el ensanche, el tipo de edificaciones previsto no está al alcance de sus economías, más bien modestas, cuando no indigentes.

En realidad, más que en el ensanche, donde se edifica es en el extrarradio, cada cual en la parcelita que puede.

Cuatro Caminos, Prosperidad, La Guindalera, Puente de Vallecas, Las Ventas, la Plaza de Toros, la Carretera de Extremadura ven crecer, sin los mínimos requisitos de higiene y salubridad, unas construcciones ínfimas que impedirán, durante más de medio siglo, cualquier posibilidad de un crecimiento racional para el conjunto de la ciudad.

Surge ahora, de manera aguda, el problema de la vivienda obrera al primer plano de las preocupaciones sociales.

Los proyectos de casas para los obreros - y así alejarlos de la ciudad - se abren paso, al menos en teoría porque en la práctica es siempre cosa distinta, frente a la resistencia de quienes siguen abogando - y lo harán hasta finales de siglo - por la unión de las clases en el mismo edificio.

Vestigio del nuevo orden derrocado en el nuevo restaurado es que, en el primer Congreso Nacional de Arquitectos, celebrado en Mayo de 1881, todavía se elevan voces a favor de reservar, en todos los nuevos edificios, los sotabancos para los obreros.

Porque, "... rodeado de gente acomodada, puede encontrar auxilio a sus privaciones, sobrante de alimentos, ropa, relaciones para el día de mañana, mientras que en las afueras, se encuentra viviendo a solas con sus miserias".

Arturo Soria juzgó irresoluble este y otros problemas en la vieja ciudad, a la que dio la espalda para irse a reproducir un modelo similar, - sólo que en horizontal en lugar de vertical - a las afueras. Palacetes con amplio jardín a la calle principal, parcelas más escuetas y casitas elementales para empleados y obreros en las calles posteriores, dotadas todas, desde luego, de idénticos servicios y las mismas comunicaciones.

Pero la respuesta a los partidarios de meter a los obreros en sotabancos y buhardillas vendrá de otro lado, de quienes proponen construir casas para obreros, barriadas enteras para todos esos trabajadores a los que ya era imposible acomodar en los barrios destinados a la burguesía y la clase media.

Fue Fernández de los Ríos quien lo propuso y la Constructora Benéfica y El Porvenir del Artesano lo intentarán llevar a cabo, con escaso resultado y quiebra final.

De modo que, lo que acabará por imponerse durante estos años, no es la buhardilla ni el barrio obrero sino, en el interior, la casa de corredor o corrala, de las que a principio del siglo XX hay alguna muestra en todos los distritos de Madrid.

Hasta en lo más céntrico, aunque donde abundan sea en lo más bajo, geográfica y socialmente, de los viejos barrios bajos, en los distritos de Inclusa y Latina, seguidos no de muy lejos por Universidad.

Por una o dos pesetas, "gente descentrada, que vivía en el continuo aplanamiento producido por la eterna e irremediable miseria... como hundidos en las sombras de un sueño profundo, sin formarse idea clara de sus vidas, sin aspiraciones, ni planes, ni proyectos ni nada" se metían en cuartuchos sin ventilación, hacinados, unos encima de otros.

Con un jornal miserable, cuando alcanzaban a tenerlo, estas gentes no pueden ser ya aquel pueblo de Madrid que descubrió y exaltó el romanticismo revolucionario. Ya no saldrán a la calle para hacer la revolución, sino a buscar un plato de comida en alguno de los asilos y comedores de caridad, que abren de nuevo sus puertas cada día, para repartir mil, cinco mil raciones.

Madrid llega a final de siglo arrastrando el peso de una incontable masa de jornaleros con trabajo eventual y salarios de miseria, de pobres y mendigos.

Y esto, en el caso de haber entrado en la ciudad y encontrado acomodo en alguna de sus corralas, ya que, otro indeterminado número de inmigrantes tendrá que conformarse con llegar al extrarradio, donde van construyendo en trazados irregulares, con ausencia total de orden, las casuchas que reproducen, para Madrid, el mismo paisaje que el de los alrededores de cualquier pueblo manchego, o más bajo.

Si el palacete o la planta principal en suntuoso edificio en, o en torno a Recoletos/Castellana es la prueba del éxito de la burguesía del comercio, la choza de Embajadores o de los altos de la Moncloa, la casucha de La Elipa, de los Tejares de San Sixto o del barrio de las Injurias, la corrala de Peñuelas o el Paseo de las Acacias, es la prueba más rotunda del fracaso de Madrid, para convertirse en capital digna de la Nación.

En treinta años, de 1870 a 1900, Madrid ofrece a quien se aproxima a sus alrededores, no ya la ausencia de lindos arroyos - que echaba de menos Lucas Mallada - sino la imagen de miseria y abandono que evoca en todos el muladar.

Capital africana más que europea, es lo que repiten novelistas, periodistas e higienistas, y buena muestra de ello son esas corralas y esas chozas, y hasta cuevas, que existen un poco por todas partes, en el viejo casco popular y en los nuevos arrabales proletarios.

"Nada hay más triste, nada es menos digno de las cercanías de una gran ciudad, que los alrededores de Madrid" avisaba a los viajeros una guía francesa de 1886.

¡Los tiempos de la revolución popular parecen pasados y Madrid ha perdido la ocasión de convertirse, como París, en capital digna de la Nación!.

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