Evidentemente, el resultado de este proceso de absorción, que aparecerá con más claridad en el primer tercio de nuestro siglo, fue que al mismo tiempo que la burguesía se aristocratizó en posesiones y gustos - compró tierras, construyó palacios - se volvió devota y frecuentó templos e iglesias, la aristocracia comenzó a actuar como burguesía de negocios - compró acciones, aprendió a especular y a sentarse en los consejos de administración de las sociedades anónimas -.

Tal es el origen de la "aristocracia financiera", privilegiado protagonista de la actividad económica madrileña, hasta bien avanzada la dictadura del general Franco.

El éxito económico y social de estas fortunas - sólo equiparables a las de escasísimas casas nobiliarias, como Medinaceli o Alba, pero que superan ya con creces las de muchas otras, no pocas en bancarrota, incluida la de Osuna - tuvo un inmediato reflejo en su progresiva ocupación del nuevo Madrid.

Si el interior había agotado la oferta de solares, el ensanche ofrecerá terreno a buen precio para reproducir allí, hasta donde fuera posible, la forma de vida nobiliaria.

Desde 1873, y durante diez años, la industria de la construcción conocerá en Madrid uno de sus momentos de esplendor.

Lo que resulte del ritmo vivo de las edificaciones, - y no lo que había proyectado Fernández de los Ríos - será lo que acabe por identificar el nuevo espacio nobiliario/burgués, que definirá el futuro de Madrid o, al menos, una de sus zonas más representativas.

Recoletos y Castellana, que a duras penas habían atraído a ilustres moradores antes de la revolución, se convierten ahora, - en un Madrid algo mejor comunicado - en el eje más preciado donde crecen por ensalmo palacetes y hoteles particulares, con mezclas de todos los gustos: neomudéjar, clásico, italianizante, afrancesado,...

Allí levanta sus nuevas mansiones la vieja aristocracia titulada y la nueva nobleza que, pródigamente, multiplica la monarquía restauradora, y allí buscan acomodo los altos cargos de la administración, los políticos de éxito, los escritores más célebres y la pléyade de burgueses enriquecidos.

Y, aunque la frontera del casco antiguo y el ensanche abriría sus puertas desde 1892 - veintiséis años después de iniciadas las obras - uno de esos edificios, - en los que Fernández de los Ríos vería gustoso un símbolo de la nación - la Biblioteca Nacional, en su conjunto, la zona Recoletos/Castellana y su entorno inmediato, resultará ser el auténtico Madrid burgués.

Nada de extraño que, a la derecha e izquierda de ese nuevo eje nobiliario/burgués en que se convierten durante la Restauración los paseos de Recoletos y Castellana, los terrenos adquirieran más valor y se vendieran con rapidez.

El barrio de Santa Bárbara, a la izquierda en dirección norte, es el primero en aprovechar, con palacios, hoteles y edificios suntuosos de cinco y seis plantas, los solares todavía vacíos y ya parcelados. La instalación de ascensores a partir de 1874 liquida, casi de inmediato, la heterogeneidad social de los inquilinos de los inmuebles.

Aquí, y en otros barrios característicamente burgueses, como el de Alfonso XII, salvo el principal, que seguía reservándose el propietario, el resto de las plantas ofrece sólo dos viviendas a inquilinos acomodados, y no como antes, con más viviendas y menos espacio a medida que se subían las escaleras.

En el barrio de Salamanca, de mucha mayor extensión, los solares más cercanos al nuevo eje reproducen idéntico modelo, pero a medida que la construcción se aleja de esta vía, la nueva clase media de profesionales será la que imponga su presencia.

No es que no se levanten palacetes - a lo largo de lo que serán las vías principales del nuevo barrio no faltan hoteles y palacios - pero como las restricciones a los volúmenes de edificabilidad han desaparecido, la ocupación más rentable del espacio animará a caseros y constructores a presentar una mayor oferta al alcance de las clases medias y aún de la artesanal con posibles.

Y es que, finalmente, el nuevo Madrid no se irá definiendo como una ciudad burguesa - grandes vías, fachadas de piedra, plazas estrelladas, monumentos nacionales, gran comercio, tráfico - sino nobiliario/burguesa - palacios y palacetes, jardines privados - en su eje más representativo y de propietarios rentistas, pequeña burguesía mercantil, clase media funcionarial y profesional en sus zonas colindantes.

Porque en este Madrid de la Restauración es donde comienzan a asomar la cabeza los intelectuales y profesionales, como un sector diferenciado de la sociedad.

La Universidad Central, concebida como la cúspide del sistema educativo, se convierte en un poderoso foco de atracción de profesores, a quienes el acceso a una cátedra en Madrid, aparte de ventajas económicas, les puede servir como trampolín de una carrera política o de representación institucional.

Pero Madrid, además de oportunidades académicas, abre ahora un amplio mercado a nuevos profesionales - ingenieros y arquitectos - que encuentran trabajo en la construcción de viviendas y edificios oficiales, y mantiene, como siempre, su amplio abanico de oportunidades a escritores y periodistas.

No obstante, el pueblo de Madrid no es ya el compendio de virtudes y heroísmos dispuesto a dar la sangre por la causa de la libertad. El pueblo es ahora ignorante y analfabeto, incapaz de encontrar un sentido a las cosas, arrastrado por los espectáculos castizos, sentado a la vera de los caminos de la historia.

Esta nueva percepción y la creciente distancia entre la elite intelectual y el pueblo es, además de una consecuencia de las experiencias políticas desencadenadas por la revolución del 68, resultado directo de la transformación de la ciudad, de la paulatina segregación espacial y de la lenta pérdida de sustancia popular de su viejo casco.

El fin de las revoluciones populares es el comienzo, de la formación en Madrid, de una clase política que no debe su acceso al poder o algaradas o revueltas callejeras, sino a la trama de relaciones de dependencia y clientelismo, que consigue establecer con sus puntos de origen.

Si la fusión de la alta burguesía comercial con la nobleza terrateniente - la conversión de Manzanedo en duque de Santoña, por ejemplo - dará lugar a esa aristocracia financiera, el nuevo sistema parlamentario, con partidos de notables que se turnan pacíficamente en el poder, será la clave de la consolidación en Madrid, de una clase de políticos profesionales, estrechamente vinculados con los caciques locales.

Es esa nueva clase política, la que se encargará de llevar a cabo algunas de las reformas e innovaciones que, sobre Madrid, habían abrigado o propuesto los moderados de los años cuarenta y los revolucionarios de los sesenta.

Será ahora, en los años ochenta, y al mismo tiempo que la edificación privada se hunde en una larga depresión, cuando Madrid se dote de algunos de los múltiples edificios que Mesonero echaba de menos en una capital digna de la monarquía y Fernández de los Ríos en una digna de la nación.

Mercados, como los de la Cebada y de Mostenses - primeras estructuras de hierro levantadas en Madrid - que la revolución había proyectado y que inauguró la monarquía; estaciones como las del Norte, Delicias y Atocha - que sustituyen a los primeros desembarcaderos - edificios destinados a realzar la capitalidad cultural, como los Museos de Etnología y de Ciencias Naturales, la Biblioteca Nacional, la Real Academia Española o la nueva sede del Ateneo en la calle del Prado.

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