Pero ese mismo crecimiento indica que, el tamaño medio de las fábricas y talleres era muy parecido y el tipo de producción también. Como en 1850, lo que destaca, sobre todo, en la industria madrileña de principios de siglo es, la fabricación de artículos de uso corriente e inmediato: alimentación, vestido, muebles, calzado.

Si se observa el crecimiento de sectores, como la química y la metalurgia, parecería que las industrias punta comenzaban a instalarse en Madrid, pero se trata de un espejismo.

De momento, lo que estas fábricas producen son también artículos de consumo inmediato: jabón, cera, transformados mecánicos.

En definitiva, la ciudad ha crecido en ese medio siglo y con ella, a su paso, crece la industria, pero no cambia el tamaño de las instalaciones ni el tipo de productos, ni, en fin, la estructura de las clases sociales que, sobre esa mayor presencia industrial, se levanta.

Y, por lo que respecta a la producción de lujo, la pauta es también similar a la descrita por Madoz: porcelana y cristal, mobiliario, tapices, alta costura, joyería, perfumería, carruajes y coches.

No es de lujo, pero sí lo es para la ciudad, disponer de un floreciente sector de artes gráficas, que ocupa a unos seis mil trabajadores, y que confirma el peso de Madrid como capital del papel impreso, de la prensa y del libro.

De todas formas, no todo es lo mismo. La mayor disponibilidad de suelo y de agua permite la diseminación por el ensanche de algunas grandes fábricas.

La de calzados de José Soldevilla, que da trabajo, en los años setenta, a 500 obreros; la de objetos de plata y similares que Meneses instala en la calle de Don Ramón de la Cruz; la fundición de Francisco López, en el Paseo de Santa María de la Cabeza, donde ya se deja sentir el influjo de las conexiones ferroviarias, que convierte, al ensanche sur y al distrito de la Arganzuela, en la zona del primer despegue metalúrgico madrileño.

La gran imprenta de Rivadeneyra, en el Paseo de San Vicente; La Deliciosa, una fábrica de bebidas gaseosas, establecida en el Paseo de Santa Engracia, que con Mahou, que instala su gran establecimiento en la calle Amaniel, satisfacen el arraigado gusto de los madrileños por la cerveza con limonada.

La producción industrial comienza a despegar y, al hacerlo, abandona el viejo casco de la Villa y, en ocasiones, hasta el término municipal, como fue el caso de la Colonial y de Matías López, que se llevaron sus afamadas fábricas de chocolate a Pinto y a El Escorial.

Talleres y fábricas, y hasta altas chimeneas, surgen un poco por todas partes, rompiendo así, por vez primera, la trama homogénea de la ciudad protoindustrial.

Con las nuevas fábricas, también se incrementa la instalación de máquinas de vapor, no muchas todavía, pero en esto, como se sabe bien, lo importante es despegar. Madrid lo hace en esos años.

Si en 1885 la fuerza motriz de su industria era de unos 2.500 caballos de vapor, veinte años después, en 1905, será de 26.000, cantidad insignificante, desde luego, para una gran capital, pero ya está instalada la Fábrica de Electricidad del Pacífico, en 1899, y quedan dos años para que Hidroeléctrica Española abra sus puertas.

Una de las causas de la insignificancia industrial de Madrid, la falta o escasez de energía, comienza a disiparse, y aunque sus efectos sólo se dejarán sentir con fuerza a partir de la segunda década del siglo XX, hay energía bastante para que el alumbrado eléctrico comience a funcionar en 1883 y los tranvías eléctricos sustituyan a los de mulas, desde el último año de siglo.

Con todo, la mayoría de los inmigrantes no venía con la esperanza de encontrar trabajo en fábricas o talleres.

Quienes se libraban de engrosar directamente las masas de pobres y mendigos, que seguían pululando por las calles de la ciudad, tenían todas las posibilidades de ir a parar al servicio doméstico y al peonaje de la construcción.

Sobre todo, al servicio doméstico que daba trabajo, a principios de siglo, a una de cada cinco personas ocupadas - cerca de 40.000, de las que 32.000 son mujeres - y que será, hasta 1930, el capítulo de "profesiones" que más empleos ofrezca en Madrid.

Abundante y barata mano de obra doméstica, tan propia de ciudades del Antiguo Régimen, que dominaba aún el panorama laboral de principios del siglo XX.

La enorme cantidad de servidores domésticos que salta a la vista en todos los censos de Madrid remite, con su sola presencia, el éxito social del sector de la clase media que acabará identificándose como burguesía.

Surgida del comercio, el préstamo, la política y las letras, la burguesía madrileña ha llegado, por fin, a la cima.

Sus miembros más representativos y afortunados - Manzanedo, de las Rivas, Sevillano, Ceriola, Santamarca - algunos de ellos comerciantes ya en tiempos de Mendizábal, eran oficiales de la Milicia Nacional, comerciantes, capitalistas, o sea, prestamistas y banqueros en tiempos de Isabel I, revolucionarios en los años cincuenta.

Han incrementado su patrimonio con la compra de tierras y son ahora nobles de nuevo cuño - duques de Santoña, marqueses de Alcañices - y propietarios de una parte de los bienes de la antigua nobleza, a la que habían concedido préstamos que le permitieron sanear sus haciendas, a la vez que ellos mismos redondeaban las suyas, incrementando con propiedades inmuebles un patrimonio crecido con el comercio de mercancías y dinero.

Son protagonistas de la vida social madrileña, con secciones en la prensa en la que aparecen mezclados nombres de la aristocracia, de la nueva nobleza de origen burgués y de las altas fortunas de los negocios, la política y de las letras, muestra la altísima capacidad de la sociedad establecida para incorporar a sus rangos a las elites emergentes.

Su propósito nunca fue liquidar a la nobleza, sino asentar las bases de un poder que les permitiera acceder a sus rangos, por el matrimonio o por la obtención de un título.

Una sociedad porosa y hasta anhelante de incorporar, por las razones que se pueden suponer, a las grandes fortunas crecidas en la capital.

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