El pueblo, que había dejado de ir a la revolución, no peregrinaba al panteón de las glorias nacionales, sino que se arremolinaba en torno a los cadalsos en los que se ejecutaba a los condenados a muerte a la vista del público.

A la vez, se solazaba en el Apolo y en tantos otros teatros que, por entonces, abren sus puertas para las representaciones del género chico, en las que ve reflejada físicamente la vieja ciudad e idealizados sus oficios tradicionales.

¡Romántico y revolucionario de los años treinta a los sesenta, el pueblo de Madrid se habrá vuelto castizo y zarzuelero en los ochenta!.

¿Qué se hizo entonces, de la revolución y del Madrid futuro?

Pues, que de orden no hubo nada, y de capital hubo poco, en los años inmediatos y, sin capital ni orden, aquella revolución, con todos sus proyectos, acabó esfumándose en el aire, sin subvertir la estructura de clases del Madrid isabelino y sin afectar, decisivamente, a la morfología de su capital.

La alta sociedad madrileña, que no había cerrado sus salones ni en los más álgidos momentos revolucionarios, sometió a Amadeo de Saboya y a su esposa a un ostracismo implacable que tuvo, ya desde el primer momento, su expresión en los desiertos balcones de los palacios de Medinaceli, Vistahermosa y Valmediano, el día de la entrada en Madrid del nuevo rey, al que llamaban por los salones "Macarroni I".

Luego, todo fue vacío y vejaciones. Si a la nueva reina le era difícil encontrar entre los grandes quien acudiera a rendirle pleitesía, a los condes de Heredia-Spínola no les costó nada que el "tout" Madrid se diera cita en sus salones, para celebrar el cumpleaños del príncipe Alfonso.

José Varela, - que ha descrito con fuerza estas escenas - recuerda la seguridad, el dominio de la situación, con el que las señoras de la aristocracia conspiraban, abiertamente, por la restauración monárquica, hasta el punto de que el embajador británico se referirá a ella como "the ladies' revolution".

La grandeza madrileña, mermada en algo su fortuna, pero todavía en poco su poder, conservaba suficientes recursos para organizar partidas con la canalla de los barrios bajos, que salían a la calle a batirse contra la república y la nación y por la monarquía y el rey.

La revolución popular de 1868 se convirtió, sin que apenas nadie lo notara, en "the ladies' revolution" de 1874, en la restauración monárquica.

Y así, todo lo que quedó del futuro Madrid, de esos seis años de revolución y democracia, fue el viaducto sobre la calle Segovia, inaugurado en Octubre de 1874, una de las obras más considerables de Madrid durante el siglo pasado - según creía Pedro de Répide - y una de las primeras muestras de la arquitectura de hierro; el tranvía de mulas que enlazó, desde 1871, el barrio de Salamanca con la Puerta del Sol; los ómnibus y, sobre todo, los derribos.

Con el Ayuntamiento de 1869 cayeron las iglesias de Santa María, Santa Cruz y San Millán, los conventos de Santa Teresa, Maravillas, Santo Domingo, Calatravas y lo que quedaba en pie del Carmen Descalzo, el cuartel de Artillería y la Plaza de Toros y todas las tapias que impedían la prolongación de las calles del viejo Madrid.

Mucho derribo y algunas nuevas plazoletas y calles, pero nada que mereciera, en verdad, el nombre de revolución salvadora, que era lo que, - según Fernández de los Ríos - necesitaba Madrid.

Pero si eso es verdad, también lo es que, restablecido el orden, y olvidada la revolución antes de percibirse los frutos de aquella utopía urbana, Madrid se convirtió en potente foco de atracción de un movimiento migratorio que, en menos de treinta años, aumentará en un 66 por ciento la población de la Villa.

Los 334.000 habitantes de 1872 serán, al comenzar el siglo XX, 540.000, incremento debido en su totalidad a la inmigración, pues Madrid conservaba todavía la demografía típica de las ciudades del Antiguo Régimen, en las que morían más personas de las que nacían debido, desde luego, a la alta mortalidad infantil, pero también al azote de las epidemias que no cesaban.

El cólera, la gripe y la viruela causarán grandes estragos entre los madrileños, en varios asaltos de las últimas décadas del siglo.

¿Qué vienen a hacer, en qué se ocupan, de qué viven, dónde se meten esos inmigrantes?.

En la industria, desde luego, no; pues si la impresión de una total inmovilidad tras los años revolucionarios es falsa, también lo sería la de un dinamismo industrial que atrajera hacia las grandes fábricas a un número creciente de trabajadores.

Si ninguna revolución política fue capaz de abolir para siempre la "espúrea raza de los Borbones", si ninguna revolución social provocó la ruina de la nobleza, tampoco ninguna revolución industrial aceleró el pausado ritmo de la producción.

Madrid, llegará a principios del siglo XX con una estructura industrial muy semejante a la que Madoz y Monlau retrataron a mediados del XIX.

Predominio de las fábricas o talleres dedicados a la producción de bienes de consumo directo para la propia población y de artículos de lujo destinados al consumo de su antigua nobleza y de su nueva burguesía ennoblecida.

Todavía, a finales de siglo, se podrá repetir que las empresas madrileñas de mayor volumen son la Casa de la Moneda, la Imprenta Nacional, las fábricas de Papel Sellado, la de tapices de Santa Bárbara, la de loza de la Florida, la de Gas y las no menos conocidas fundaciones de Bonaplata, Safont y Sanford o las platerías Martínez.

Ciertamente, el número de industriales creció por encima del ritmo de crecimiento de la propia ciudad. Si los madrileños rondaban el cuarto de millón hacia mediados de siglo, para superar el medio millón a principios del siguiente, los dos mil industriales de 1850 serán cerca de seis mil en 1905.

Y sus trabajadores lo harán casi en idéntica proporción. Los 11.000 entonces serán 68.163 ese mismo año, aunque en el censo de 1900 apenas rozan los 45.000 todos los dedicados a alguna actividad industrial en la capital, incluida la construcción.

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