Había que cambiar la ubicación de los ministerios, despejar espacios para conmemorar gestas históricas - Plaza del Dos de Mayo -, proyectar Madrid hacia el futuro - Plaza de Europa -, trasladar los restos de españoles ilustres al Panteón Nacional, cambiar los nombres de las calles para evocar páginas y personajes de una historia nacional - Numancia, Sagunto, Covadonga, Padilla, Bravo, Maldonado -.

Todo lo que no hicieron con Madrid los Austrias en los siglos XVI y XVII y los Borbones después - ¡Qué dinastías las dos que hemos tenido! - dada su índole, no cuidaron de la comodidad y el ornato de la capital, y no se comprende que llegara su abandono hasta descuidar lo que tenían diariamente ante sus ojos. Fue la revolución quien lo hizo.

A la grandiosidad de la transformación del interior corresponde la impecable crítica al proyecto de ensanche por el exterior. Fernández de los Ríos no aprecia nada el plan de Castro, arbitrario damero que encorseta el crecimiento de la ciudad.

El límite exterior, con ligeras modificaciones, es lo único que habría de subsistir, a condición de transformar el foso en una alameda que garantizase una rápida comunicación circular.

Desechado el plan de la cuadrícula y abandonadas por costosas e irrealizables las propuestas de Castro, lo único que el Ayuntamiento y el gobierno tendrían que hacer es "dar vida humana a la zona del ensanche, llevando dependencias importantes a los extremos de Madrid".

Lo cual exigiría proceder con toda urgencia al derribo de las tapias que aislaban el viejo casco de los barrios crecidos extramuros y abrir grandes vías de comunicación, que pusieran en contacto el centro con los extremos, por medio de ferrocarriles, ómnibus y carruajes económicos.

Así se promoverá la construcción privada y así el interés particular llevará a comerciantes e industriales a establecer allí sus almacenes y fábricas.

Como buen progresista, Fernández de los Ríos no dudaba de la abundancia de compradores, una vez que Ayuntamiento y gobierno hubieran comunicado, adecentado y vitalizado convenientemente la zona.

La revolución no consistía en proyectar grandes vías rectilíneas, o abrir grandes plazas rectangulares o circulares, como la propuesta de la Independencia, ejemplo a escala menor de l'Etoile de París; el nuevo orden revolucionario no podía limitarse a construir sobre la antigua trama del casco o extender sobre la nueva del ensanche la racionalidad de la recta y del círculo.

Había que dotar también a la ciudad con todo aquello que contribuía al progreso, bienestar y armonía de sus habitantes.

A las calles y plazas ordenadas correspondía una sociedad que procuraba guarderías para los niños de madres obligadas a trabajar.

Pero también asilo a los pobres, casas-modelo a los huérfanos, establecimientos de beneficencia a los ciegos, impedidos y dementes, hospitales a los enfermos, cárceles que se transformasen en colonias agrícolas donde los penados trabajasen al aire libre, escuelas a los niños, centros de instrucción a los adultos, baños económicos para la higiene publica, cementerios para los muertos.

Y, lógicamente, aquellas instituciones que constituyen el orgullo de todas las capitales modernas. Una Bolsa, una Biblioteca nacional, un Mercado central,...

Compendio y resumen de esta visión de la nueva morfología urbana y del nuevo orden social de la ciudad es la propuesta de construir casas baratas para la honrada gente trabajadora.

Nada arbitrario hay, sino expresión muy coherente del pensamiento revolucionario, en proponer la segmentación espacial de la ciudad por clases sociales, sueño de todo el urbanismo progresista, desde ahora hasta los años treinta de nuestro siglo.

Inútil pretender que la vivienda del obrero mejore si lo único que se le ofrece es cambiar la buhardilla del casco por una buhardilla en el ensanche, como se venía haciendo para aprovechar el mínimo espacio habitable. ¡A cada familia obrera una casa y un jardín!.

Este pensamiento, que se adelanta al de Arturo Soria, sería la base de la creación de sociedades cooperativas y de ahorro con el objeto de que el honrado trabajador pudiera disponer del suficiente dinero para pagarse una casa en alguna de las colonias planificadas.

No por casualidad, se construirán fuera y alejadas del viejo casco, en los bordes de las grandes vías de comunicación, y situadas radialmente respecto al centro de la ciudad.

Cuatro barrios obreros, de más de cien casas cada uno, deberían crecer, - si la revolución alcanzaba sus objetivos - detrás del convento de San Bernardino, en la Puerta de Toledo, en el paseo de las Delicias y en Ventas.

Y, rodeándolo todo, diez millones, cuando menos, de árboles que dieran a las cercanías de Madrid un aspecto semejante, otra vez, a las de París.

Madrid ordenado y dinámico en su interior, próspero y espacioso en su ensanche, socialmente segmentado, rodeado por una circunferencia de verdor y bien comunicado en su exterior. ¡Tal era la utopía urbana de los revolucionarios del 68!.

No muchos años después de que Fernández de los Ríos formulase su plan, quienes llegaban de fuera seguían sin encontrar, al acercarse a Madrid, - como escribe Lucas Mallada en 1890 - ni grandes fábricas ni talleres.

Pero tampoco encontraban lindas aldeas, ni graciosas casas de campo cercadas de flores, ni bosquecillos, arroyuelos, isletas, caídas de agua, parques, estanques, alamedas, como las que embellecían las cercanías de tantas ciudades extranjeras. Una vez dentro, el panorama no era más excitante.

Madrid conservaba, en los años ochenta y noventa, aquel aire de pueblo, de ciudad encerrada en sí misma, con el campo metido hasta sus entrañas por las costanillas que servían de camino a las burras de leche y a las cabras para pastar en sus plazuelas, convertidas así más que en lugares simbólicos de la Nación, en rústicos prados.

Los aguadores, subían aún el agua a los pisos altos de las casas y en la Puerta del Sol una abigarrada mezcla de gentes seguía en bulla permanente.

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