Que el ejército y el pueblo se unan después de los hechos revolucionarios significa que se abrazan los fusiles, pues se trata de un pueblo armado que se funde con un ejército pronunciado. Lo cual, tendrá inmediatos resultados en la institucionalización del triunfo: un general, al frente del ejército y del pueblo, como símbolo del triunfo y brazo poderoso, que asegura la permanencia de las metas conseguidas.

Todo el programa de la milicia y de la revolución venía a resumirse, en la hora del triunfo, en el apellido de un general victorioso como si, en efecto, ellos mismos, con su propia persona, fueran el "articulo principal de la fe de los que los seguían".

La suerte de la revolución quedaba así en manos de un Espartero, de un O'Donnell, de un Prim, generales que tienen en común el objetivo último de su acción, sintéticamente expresada en el manifiesto de Manzanares: "... queremos la conservación del trono pero sin la camarilla que lo deshonra".

Da la sensación de que en su triunfo, el pueblo no sabe que hacer si no es abrazarse al más fuerte, al general victorioso, trasladando así su victoria a las manos de un estamento al que le va todo el honor en su lealtad a la Corona.

No es sorprendente que quienes propagaban ideas democráticas y republicanas por los barrios bajos de Madrid, al calor de los hechos de julio, salieran de estampida y corridos a gorrazos por quienes llevaban tan a gala, como los militares, su lealtad al trono. El aplebeyamiento de la Corona producía así muy rentables dividendos.

¡Cualquiera le quitaba al pueblo de Madrid su reina!.

Se conservaba así terreno y recursos suficientes para encauzar, con la ayuda de los generales victoriosos y la clase ilustrada, el triunfo popular, aguantando pacientemente un tiempo y subvertirlo de tal modo que, a la vuelta de dos o tres años, ya era capaz de disolver, sin mayor protesta, la institución que condujo al pueblo a la victoria.

Es entonces la hora del duque de Ahumada, cuando dice en julio de 1843 que el país está "tranquilísimo sin milicia que lo alborote" o cuando el ultramoderno Viluma afirma: "¡No más Milicia Nacional!" y hasta Madoz, un progresista templado, piense que hay que dar por terminada la revolución.

Jamás, hasta 1868, la presencia del pueblo en la calle implica una amenaza al trono, ni siquiera en la más radical de las revoluciones que protagonizará durante todo el siglo. Fue la de julio de 1854, que contemplaba, tras el fusilamiento dirigido por Gándara y la erección de barricadas, el triunfo en toda regla de una insurrección armada que permite la entrada en Madrid, como triunfadores, de quienes no lo habían conseguido por la acción de sus ejércitos.

Toda la cuestión de estas insurrecciones y revoluciones populares radica, por una parte, en que el sujeto que las protagoniza carece de recursos políticos, de organización, para administrar el triunfo y, por otra, en que quienes lo administran no pueden contar, para una acción de gobierno, con un pueblo permanentemente en pie sobre las armas.

Por un lado, la creciente frustración popular; de otro, el auge del militarismo y, simultáneamente, la debilidad de los gobiernos que emanan de las insurrecciones, incluso de aquellas que acaban victoriosas como las de 1840 y 1854.

Una mezcla de pueblo en la calle, militares en el poder y gobiernos inestables es el resultado de esta serie de "revoluciones a la madrileña" que no acaban de destruir un orden social para imponer otro.

Todo eso parece cambiar en la última de las revoluciones del siglo, llevada por su misma dinámica más allá del tradicional objetivo de conservar el trono, limpiándolo de la camarilla. Desde los primeros años, las ideas democráticas y republicanas, y hasta socialistas, se abren camino de las minorías de clase media a más amplios sectores populares.

No es casualidad, que la propagación de esas nuevas ideas coincida con el impulso de las nuevas obras públicas y los grandes trabajos planeados para traer el agua y convertir la ciudad en centro de comunicaciones ferroviarias.

La fuerte expansión económica iniciada en 1856, debida en no escasa medida a la nueva legislación progresista, atrae a Madrid ingentes masas de trabajadores que encontrarán precario empleo en las obras del canal, en el tendido de la red y las construcciones anejas, en el ensanche de la ciudad, en planes de reforma interior y los nuevos edificios, con lo que se pretende resaltar la prestancia de Madrid como capital digna de la monarquía.

Una incipiente clase obrera asalariada comienza a afirmar su existencia y, con ella, los abogados, periodistas y profesionales encontrarán un terreno propicio para intentar que se propaguen las ideas de democracia, república y socialismo.

Junto a la clase obrera, el mundo universitario, también en expansión, está presto a escuchar lo que quieran decirle los propagandistas de las nuevas ideas: la palabra de Castelar despierta en la Universidad tanto entusiasmo como entre la milicia la arenga del militar.

De hecho, cuando llegan a la capital las noticias de la batalla de Alcolea, el pueblo, que sale de nuevo a la calle, no exige esta vez la marcha de Isabel II, "esa señora" a la que los propios políticos criticaban su situación como imposible. En Madrid afirma por vez primera su presencia, como agente diferenciado de la revolución, un partido demócrata que forma su propia junta y distribuye armas al pueblo.

La Junta Provincial, presidida por Madoz, se dirige a los madrileños para comunicarles que la dinastía de los Borbones había concluido. Si el pueblo soberano, al que se invoca, ha de vivir, los Borbones tendrán que salir.

¡Viva el pueblo soberano! y ¡Abajo los Borbones!. Son ahora los gritos equivalentes de la revolución.

Lo significativo de todo, lo que sitúa a esta revolución en la estela de las anteriores es que, al grito de ¡Viva la soberanía nacional! sigan "vivas" similares a la marina, al ejército, a los generales.

Ni siquiera cuando la revolución popular se ha vuelto democrática en su objetivo, y cuando para más abundamiento revolucionario lo consigue expulsando a la reina, puede prescindir del abrazo del ejército.

Ya había escrito Prim en una proclama destinada a la celebridad, que nada había más grande y más justo que las revoluciones, cuando lo "exige la miseria del pueblo y el sufrimiento del ejército".

De lo primero no había duda. La crisis de 1866 había traído de nuevo la miseria y el hambre, a la que el Ayuntamiento quiso hacer frente con suscripciones caritativas.

De lo segundo, bastaba que Prim y el resto de los generales insurrectos lo creyeran. En todo caso, es significativo que ahora, como desde las primeras insurrecciones y revoluciones del siglo, pueblo y ejército marchen unidos.

Por lo que a Madrid se refiere, la revolución entrañó esta vez el nombramiento por la Junta revolucionaria elegida sobre la marcha por sufragio universal, de un nuevo Ayuntamiento con un "señor alcalde popular", Nicolás María Rivero, antiguo progresista desafecto y creador del partido demócrata, a su frente.

Será su primer cuidado, - dice el alcalde en su primer manifiesto - atender a las necesidades más urgentes de la vida social, organizar la fuerza popular, proporcionar actividad a la industria, regularidad al comercio, trabajo al proletario, socorro al indigente, libertad, orden y seguridad a todos.

Es la quintaesencia del ideal burgués de la vida: producir, comerciar, trabajar, socorrer; libres, seguros, ordenados. Ya no hay que avergonzarse de pertenecer a la clase media que, entre las revoluciones populares, el crecimiento económico y la expansión demográfica y espacial de la ciudad ocurrida en el largo reinado de Isabel, ocupa una sólida posición en la sociedad.

Desplazada de la primera línea la Corona y la Corte, - una vez que se haya realizado esa primera y urgente tarea de dar trabajo y seguridad a todos en la libertad y el orden - se acometerán "grandes mejoras materiales que, haciendo a Madrid digna capital de una gran nación, sean para el futuro un recuerdo permanente y vivo de la Revolución de septiembre".

De esa revolución gloriosísima, que ha restaurado la honra mancillada de la nación.

¡Viva la unión del ejército y del pueblo!

¡Viva la libertad con el orden!

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