Entre medias, la revolución de julio de 1854, que acabará con diez años de gobierno moderado, hará que en su estela germinen ideas radicalmente democráticas y hasta republicanas entre un pueblo, que al entrar en aquella revolución repugnaba aún la palabra "República", de tal manera, que apaleó a los vendedores de "El Eco de las Barricadas" y rechazó con su indiferencia la aparición de un periódico que osó titularse "El Eco de la Clase Obrera".

¡No había una clase obrera en ese Madrid dispuesta a escuchar el eco de su propia voz ni el pueblo tenía oídos para atender a la propaganda republicana!.

La presencia del pueblo como milicia armada en la privilegiada escena de la acción política que fue durante todo el siglo la calle, con objeto de salvar el trono y mantener la libertad con el orden, tal parece ser el contenido reiterado una vez y otra de las revoluciones madrileñas del XIX.

La salida del pueblo a la calle ocurría a veces de la forma más espontánea, pero normalmente como respuesta a alguna incitación exterior, a algún pronunciamiento militar conectado con una conspiración civil, cuya dirección solía recaer en la parte ilustrada del pueblo, precisamente en quienes inventaron el concepto y lo utilizaron más profusamente.

Este sector se componía de una diversa gama de profesionales y empleados, entre los que destacarán políticamente los abogados y periodistas, además de lo que comenzaba a conformarse como un incipiente aparato de la administración del Estado.

Con el paso del tiempo, los profesionales se irán identificando crecientemente como clase media, para diferenciarse, - cuando la acción política deje de ser protagonizada por el pueblo - de la burguesía por arriba y las clases populares por abajo.

No se trata de unas clases medias vinculadas al despegue de cualquier forma de capitalismo industrial, pero sí de un sector de la sociedad que adquiere con el paulatino crecimiento del Estado, con la inestable vida política de clubes y partidos, con la expansión de la prensa y la lectura y con el incremento de los negocios, suficiente relevancia para introducir nuevas formas y espacios de sociabilidad.

De modo que, cuando se pretende visualizar a ese pueblo, la primera imagen que salta a los ojos es la masiva salida a la calle con las armas en la mano, para tomar los puntos neurálgicos de la ciudad y, una vez el triunfo asegurado se organizan festejos para recibir a sus caudillos, que se han amotinado, pronunciado o librado alguna batalla que obliga a retroceder a las huestes de la reacción.

Lugares como la Plaza Mayor tomada por los milicianos que, con el fusil al hombro o en las manos, se hacen fuertes en ella y vigilan atentos sus accesos o Espartero recibido en Madrid en julio de 1854 con arcos de triunfo, banderas y guirnaldas adornando las barricadas en las que el pueblo se había hecho fuerte contra las tropas enviadas por el gobierno.

Tales son las imágenes más queridas del pueblo, las que después se recordarán o se festejarán. ¡Es la jornada, el día en que afirma su presencia!.

Desde el 2 de mayo, pasando por el 7 de julio hasta el 29 de septiembre, la historia del pueblo madrileño está repleta de gloriosas jornadas. No es preciso, y hasta sería injurioso, añadir el año, pues en la memoria de los protagonistas ha quedado grabado con el fuego de los fusiles y la sangre de los mártires.

Todo comenzaba con un sordo ruido producido por las pisadas del pueblo, que rompía con ellas la silenciosa quietud en que vivía.

Desde los barrios bajos, a los sones de las trompetas y tambores que tocan a generala, como en 1835 o desde la plaza de toros, entonando himnos y cantos de libertad, como en 1854, el pueblo acudía presuroso a los centros neurálgicos de la ciudad, donde radicaba o se manifestaba el poder: la Plaza Mayor, la Puerta del Sol.

En el camino, acopiaba todas las armas posibles para hacerse fuerte y resistir en las posiciones ocupadas hasta que llegaran noticias de que la situación había cambiado. Pero de esas posiciones centrales, podía ser desalojado por las fuerzas de seguridad o por destacamentos del ejército.

Si así ocurría no le era difícil, en una ciudad de tan estrecha y tortuosa fisonomía y de tan intrincados laberintos interiores como Madrid, construir barricadas y parapetarse sólidamente detrás de ellas y dentro de las casas. Es lo que hace, por vez primera, en marzo de 1848 y lo que se repite profusamente en julio de 1854.

En esos momentos, con la batalla aún por decidir, era cuando se producían las acciones inherentes a toda revolución: la quema, más el saqueo, de las propiedades del enemigo.

Las más llamativas fueron las de una noche de julio de 1854, cuando ardieron los palacios de Sartorius, conde de San Luis, de Salamanca, de Vistahermosa, de Collantes y de Domenech y hasta el que la reina madre, María Cristina, "ídolo en otro tiempo de los españoles, primera fundadora de sus libertades y blanco entonces del encono revolucionario", ocupaba en la calle de las Rejas.

Y luego, el alborozo del triunfo. Milicia y tropa, o lo que es igual, pueblo y ejército fraterniza, en alguna ocasión antes incluso de intercambiar disparos, con lo que el resultado estaba más que asegurado, pero normalmente después de alguna fusilada de la que podía esperarse, por sus mortíferos resultados, la hora de la revancha.

Pero con el júbilo del triunfo y en medio de la fraternización, el pueblo es incapaz de incubar un ánimo reivindicativo, olvida todo rencor y se muestra magnánimo. Aunque no siempre, desde luego.

Pero es sorprendente, después de triunfos que han costado tanta sangre, que nunca en Madrid la revolución victoriosa haya impuesto no ya un régimen, ni siquiera una semana, un día de terror, que el pueblo victorioso se haya limitado a vengar sus agravios. No hay terror sino alegría después de la revolución victoriosa.

Galdós, notario mayor de estos acontecimientos, quizá echaba de menos una más profunda renovación del ambiente político de los "señorones y cacicones" al calificar las jornadas de julio de "... pobre y casera revolución, que no mudará más que los externos chirimbolos de la existencia".

Juicio que no compartía el corresponsal del Times de Londres, cuando, ante los mismos hechos creía ver no "un pronunciamiento español corriente, que empieza con ruido y acaba con humo", sino, "la seriedad y firmeza de una revolución parisiense".

¿Madrid sería entonces París, si no en su urbanismo, sí al menos en su ímpetu revolucionario?. No, tampoco.

De estas dos visiones, la de Galdós parece más cerca de la realidad, no solo porque aquí no había terror ni tanta limpieza del aire sino por el hecho que el mismo Galdós señala: "... todas estas revoluciones acaban en el abrazo del ejército con el pueblo y en la recepción y bienvenida a un general victorioso".

Copyright © 2001 - 2002 por JLL & JRP

Todos los derechos reservados.