La Milicia Nacional reunía en casi exacta proporción a todas aquellas capas de las que se componía el pueblo de Madrid y cuya fisonomía se pretendía preservar, tanto de los "ladrones" situados en las alturas, en torno a la reina, sirviéndole de camarilla, como del "populacho" que rápidamente se convertía en turba y era capaz de arrasarlo todo.

Los que acudían en mayor número y tal vez más fervorosamente a inscribirse en las filas de la Milicia eran también la parte más numerosa y, desde luego, la más sana del pueblo. Empleados, profesionales liberales y asalariados mantuvieron siempre una significativa presencia, mientras que los propietarios, que en general controlaban los puestos de dirección, no desertaron ni siquiera en los años cincuenta de las filas milicianas.

Y es que en una sociedad romántica y con una grandeza - de la sangre, del dinero o de la inteligencia - castiza y aplebeyada, sentirse en más estrecha comunión con el pueblo podía tentar todavía a un puñado de propietarios y hasta a algún rico banquero, por no hablar ya de literatos, abogados y periodistas.

En todas y cada una de las manifestaciones, el pueblo exigirá, antes que cualquier otra cosa, milicia nacional o, lo que es igual, uniformes y armas en la mano.

En el siglo XIX madrileño y, de nuevo en 1930, no se puede concebir un pueblo políticamente vivo que no esté armado, por sí, como milicia o prestando su calor a la insurrección armada y reconociéndose en algún jefe militar.

¡Armado para conquistar la libertad, para defenderla de las claudicaciones de los más tibios, para vigilar a los enemigos!.

Armado como si se diera por supuesto que, para alcanzar el poder, participar en él y administrarlo, las vías legales resultaran intransitables, como si el poder sólo se pudiera obtener, o no perder, por la fuerza de las armas.

Cada irrupción del pueblo en las calles de Madrid va acompañada de esa exigencia de armas, a las que sólo accederán quienes lo guían, si su entrega se produce de forma mínimamente organizada, si hay un control, si se establece una jerarquía, se encauza la acción y se toman precauciones para evitar los desmanes.

Esa es, justamente, la función de la Milicia Urbana de los primeros años veinte, de la Guardia Nacional cuando reaparece con Mendizábal a mediados de los treinta, que resurgirá por última vez en la gloriosa revolución de septiembre de 1868 como fuerza cívica de Voluntarios por la Libertad, protagonista de todas las algaradas, revueltas, insurrecciones y revoluciones que presencia Madrid en un siglo rico en estas manifestaciones populares.

No hay en efecto republicano, demócrata, progresista y hasta liberal templado que se precie, - último eslabón antes del desliz final hacia el moderantismo - que no haya promovido, una vez aupado al poder, el alistamiento del pueblo en la Milicia Nacional.

Podría decirse que, de la misma manera que el sindicato es la forma natural de la clase obrera organizada para la acción de clase, la milicia armada, y no el partido político que es cosa de abogados y literatos más que de masas, de corifeos más que de coro, es el pueblo organizado para la acción política.

La iniciativa parte del Ayuntamiento, primera institución que refleja en su propia composición el ascenso del pueblo, y luego es retomada y legalizada por las Juntas que interinamente se hacen cargo del gobierno.

Los progresistas marcan muy pronto el camino cuando, desde un recién conquistado Ayuntamiento, establecen en 1835 Juntas en cada distrito para inscribir a los que soliciten su ingreso en la Guardia Nacional.

Luego, la historia no hará más que repetirse. Convertida en Milicia Nacional se la ve de nuevo en la calle durante los primeros años cuarenta siendo abolida por los moderados cuando triunfan sobre Espartero.

Hasta el mismísimo Cánovas - que inspiró, si no dictó el manifiesto de Manzanares, con el que el general O'Donnell buscaba en julio de 1854 el apoyo popular a su insurrección -, incluyó en el programa del futuro gobierno la restauración de la Milicia Nacional como garantía del cumplimiento de unas promesas, entre las que la conservación del trono y el respeto al orden y la ley figuraban en lugar privilegiado.

Trono, libertad y orden. Tal parece ser todo el programa de la Milicia Nacional, que los moderados toman la precaución de disolver y que reaparece nuevamente cuando el orden moderado se vuelve irrespirable, entre los efluvios de la corrupción y hace inevitable una nueva revolución.

Pero ni siquiera entonces, en medio de la revolución y después de saber, por experiencia práctica, la capacidad de reacción de sus enemigos, pretenderá la Milicia algo más que volver al programa de su origen: "libertad y orden sin latrocinio".

Tales son las reivindicaciones del pueblo de Madrid, en julio de 1854, cuando está sobre las armas y vigila las calles.

Así también, por última vez, en la revolución de 1868 cuando el alcalde popular Nicolás María Rivero procedió, casi de inmediato, a legalizar lo que llama indistintamente Fuerza Popular o Fuerza Ciudadana y luego será Fuerza Ciudadana de los Voluntarios de la Libertad, a la que se encomiendan las tareas que el mismo señor alcalde tomaba sobre sí, desde el primer día de su mandato: ¡Hacer que viniera la libertad con el orden!.

Ya sea Guardia, Milicia o Fuerza, los ciudadanos o voluntarios están ahí para garantizar el trono y la propiedad, que son las bases del orden establecido desde 1835. Uniformados y con el arma al hombro, los milicianos transmiten la imprescindible seguridad de que el cambio de situación política no va a degradarse en caos y desorden generalizados.

¡Viva la libertad!, gritan los que no dudan a la hora de poner en riesgo su vida enfrentándose al ejército o a las fuerzas de seguridad. ¡Viva la libertad con el orden!, responde como un eco la proclama oficial de los pronunciados, la exhortación al pueblo del nuevo señor alcalde, pues no se concebía libertad sin orden, ni orden sin propiedad.

Como representante inmediato, - sin intermediación burocrática alguna - del pueblo de Madrid, la Milicia, su composición, su programa y su acción, atestiguan precisamente esa base común económica y social, en la que se asienta la aspiración popular a la libertad con orden.

Este carácter popular de la Milicia explica su presencia como sujeto de revolución en las calles de Madrid durante los treinta y pico de años, que van, desde la revolución antiabsolutista de los años treinta al triunfo de la revolución antiborbónica en los sesenta; desde la defensa del trono que heredará Isabel II hasta su destronamiento.

Es un relativamente corto pero muy denso proceso que arranca en el derrumbe del absolutismo, con el pueblo y su milicia como defensores de la libertad y el orden y guardianes del trono, y terminará con la revolución política que liquidará, supuestamente para siempre, a la monarquía borbónica.

Un pueblo que era invitado, ya desde finales de los años treinta, a "abolir para siempre el trono de esa raza depravada", pero que no tendrá oídos para tan radical propósito hasta 1866, cuando la terrible represión de la revuelta protagonizada por los sargentos y la tropa del cuartel de San Gil, le haga mirar con nuevos ojos a la reina castiza.

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