"Pueblo" es, en este sentido, una invención, el resultado de una búsqueda afanosamente emprendida por aquella clase media que en los años de la revolución y el romanticismo, se afianza en las letras, el periodismo, la abogacía y el empleo público.

Todavía en el año 1845, la condesa de Teba, con el duque de Alba, el marqués de Alcañices y otros nobles viajan a Toledo, visitan la catedral y recorren, vestidos de corto, sus calles.

Este consciente aplebeyamiento de la nobleza será una corriente de simpatía hacia la gente baja que la Guerra de la Independencia ha lanzado al primer plano de la curiosidad romántica internacional, y que junto a la clase media autóctona, constituyen la exaltación del pueblo como resumen de todas las virtudes, ya que en él residen intactos la entereza, la hombría y el arrojo.

No ciertamente en la plebe que grita "muera la nación y vivan las cadenas", sino en el pueblo auténtico representado por ese zapatero que pierde su vida por suspirar, en voz alta, por una libertad que tanto tarda en aparecer.

El pueblo es así objeto privilegiado del discurso político de una mal definida clase media que, cuando pretende hacer política, le habla, le dirige manifiestos, asume su representación, habla en su nombre y se considera parte de él. No parte cualquiera, sino la superior, su cabeza, como si al pueblo le sobrara razón, pero le faltara cabeza, palabra, dirección.

Proliferan, del lado de la nobleza, las sociedades encargadas de propagar y mejorar la educación del pueblo, las iniciativas por atender sus necesidades materiales y espirituales y hasta para fomentar las virtudes de honradez y previsión.

Y eso mismo, ilustración que ilumine su camino político, es lo que una clase media que ha subido lo suficiente en la administración del Estado, en el ejército o en las profesiones para alejarse del pueblo, - pero no tanto como para ser absorbida en la grandeza - está siempre dispuesta a procurarle, aun con ambigüedad de fondo sobre su propia posición.

La clase media es más ilustrada que el pueblo, pero no podía guiarle si no fuera y se sintiera parte de él. De ahí, la fluida frontera entre el pueblo y sus ilustrados conductores de la clase media, sean empleados del Estado, profesionales o, más habitualmente, militares.

Sin duda, en esa definición de lo que sea el pueblo cuentan, de modo decisivo, las ideas, hasta el punto de que el pueblo reconocerá como suyo, como que le pertenece, a personajes encumbrados por el solo hecho de verse en sus ideas.

Prim, que alcanza los altos rangos del ejército es pueblo y hasta le habla o habla en su nombre porque es un progresista que se levanta contra el latrocinio, contra la reina y su camarilla.

Y Sevillano, un banquero tan rico como astuto y prudente perteneció - cuando ya se había abierto ancho camino en las finanzas madrileñas - a la milicia que recibió alborozada a Mendizábal en 1835 y casi veinte años después citará a la plana mayor de la revolución en su propia casa, para proceder en ella, nada menos, que a la constitución de una Junta de Salvación, Armamento y Defensa.

Mientras esto ocurría, otro banquero, Salamanca, a quien sus pasos le habían conducido hasta el núcleo del poder moderado, presenciaba impotente cómo el mismo pueblo que respetaba las propiedades de Sevillano se transmutaba en turba, para encender una hoguera con sus enseres. Así de imprecisos eran los intereses de clase.

Al principio, cuando en 1835 Mendizábal entró en Madrid, el gran alborozo que brotó en las calles fue compartido por un selecto grupo de aristócratas, no pocos hombres de negocios y ricos banqueros, profesionales y artesanos.

Allí, con el pueblo y hasta enrolados en la milicia estaban el ya mencionado Sevillano, pero también Fagoaga y Dutari, Francisco de las Rivas, Llano y Chávarri, Manuel Cantero y José Safont.

Luego, con la sucesión de revoluciones y la consolidación de la clase política moderada, la abigarrada mezcla irá desprendiéndose de algunos de sus más elevados elementos, pero mientras el pueblo exista como sujeto político, lo que es igual a decir... "mientras salga o se eche a la calle", su composición será siempre plural.

Este pueblo de Madrid - jornaleros, artesanos, tenderos, empleados, profesionales, pequeños propietarios - ni existe en sí mismo, ni está siempre presente como tal en la ciudad, ni constituye una estructura permanente, ni está afiliado masivamente a un partido político, ni forma, por tanto, una clase ni una mezcolanza interclasista. Más bien ocurre todo lo contrario.

Del pueblo presente en las calles de Madrid en 1808 para rebelarse contra el invasor francés, en 1820 para proclamar de nuevo la constitución y hacérsela jurar al rey, en los últimos meses de 1833 para luchar en defensa de la reina, habrán de salir, andando el tiempo, las clases, pero no sin que antes haya pasado por muy diversas experiencias políticas, que acabarán definiendo intereses encontrados.

En una ciudad que comenzó su andadura moderna bajo el abrumador peso nobiliario y clerical, la aparición y configuración de intereses de clases exigirá un largo proceso de diferenciación de la estructural social, de fragmentación o segmentación de una compacta trama urbana y sus diferentes sujetos colectivos.

Es lo que ocurrirá, precisamente, desde los primeros años del siglo XIX y avanzará, de forma notable, con las sucesivas revueltas o revoluciones de 1835, 1840, 1854 y 1868, aunque todavía quede mucho pueblo como agente político en el Madrid de 1931, que alumbrará, como efecto de la última revolución popular, por segunda vez la República.

A lo largo de todo ese siglo que llena la historia del Estado Liberal, el pueblo de Madrid está presente y desaparece, se pone nervioso y se enerva, se muestra enérgico o pasivo, egoísta o generoso, valiente o contentadizo con su suerte, aguerrido o medroso.

Todo dependerá del momento, de si se queda a la zaga o se adelanta a las voces de los que parecen ser sus dirigentes naturales, los jefes militares que anteceden, acompañan o continúan sus manifestaciones de vida.

Ese pueblo, no puede ser tratado como si fuera una clase social con sus estructuras organizativas, sus dirigentes reconocidos, sus programas de acción, sus manifiestos de referencia, sus fracciones. En una ciudad que transforma, a ojos vista su estructura social, el pueblo cambia también en su composición a la par que actúa colectivamente.

Siendo todo esto así, también es verdad que el pueblo no carece de marcos de referencia, orgánicas en primer lugar, programáticas en segundo.

Porque por muy extraño que en la posterior sociedad de clases pueda parecer, existe en el Madrid del XIX una institución verdaderamente popular que resurge cada vez como una especie de ave fénix.

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